La nieve pasaba frente a él de la manera más monótona posible; su cabeza estaba en otro lado, pero quería hacer buena letra con su padre; hoy era el conductor. El camión era más antiguo que la galaxia y echaba humo al pasar por la blanca calle que atravesaba los campos de hielo en las afueras de Bosan. Shin siempre había soñado con explorar la galaxia, o por lo menos conocer un planeta que no fuera una pelota de hielo, pero el destino lo tenía atrapado en su planeta natal. Aburrido, miró hacia su padre, que venía con los ojos en su tableta holográfica, para hacer conversación.
—Hielo en el lugar equivocado. —Sonrió para molestarlo.
—Cierra la boca, muchacho. Recuerda que estos trabajos nos dan de comer.
—Siempre lo mismo.
—Hoy estás conduciendo… —Su padre lo miró sonriente. —Creo que volveremos a lo de siempre, entonces.
—Paso… ¿Estamos cerca?
—Dos kilómetros más.
—Tienes que admitir que tenemos suerte… Quedan pocos motores de estos por el planeta.
—Pronto tendrás que poner la comida en la mesa, hijo.
—No sería demasiado problema… Deberías intentar aprender un poco sobre motores modernos, padre.
—Ya estoy grande para aprender, Shin. Aquí. Yo me encargo del cliente.
Shin saltó del camión luego de ponerse los guantes mientras era azotado por la ventisca; el viento congeló sus pestañas y tuvo que apretar su abrigo antes de ponerse a trabajar. Los campos de hielos de Kyros-4 eran famosos y útiles para la ruta, llevando agua a lugares inexplorados o ricos en metales. El congelado planeta era una colonia nueva y nunca había entendido por qué alguien visitaba el lugar. Las minas tenían algo que aportar, pero siempre supuso que minar en 1G era más fácil que armar una estación para pelearse con un asteroide. Saltó bajo el antiguo camión para dar un par de golpes con su llave; había hielo en el lugar equivocado. Cuando terminó, notó a su padre hablar con la clienta mientras él juntaba sus herramientas; un mensaje en su holocom lo trajo de vuelta: era hora de ayudar a su madre.