El curso que había conseguido en la holonet era perfecto para lo que estaba haciendo y lo ayudó con todo lo que necesitaba; el problema era el tiempo. A los gritos, su padre lo estaba llamando para cenar y ayudarlo con la mesa. La costumbre de los Karadin era cenar todos juntos después de liberarse del trabajo de la taberna. El Refugio del Jedi era famoso en el límite habitable del planeta y la Sopa de las Nieves era el plato del pueblo; nada era mejor para sacarse el frío de encima y era así para cada uno de los habitantes, de cualquier raza, de Bosan. Todo el mundo estaba en el lugar y el aroma de la sopa estaba abriendo su apetito. Sentó a su madre en la mesa para servir la comida junto a su padre; la invitada de hoy era Tresha.
—¿Qué te parece, Shin?
Él estaba ocupado con la comida mientras pensaba en lo que tenía que hacer en su speeder.
—No sé qué voy a estar haciendo en esa época del año, Tresha.
—Estúpido. —Su padre siempre hablaba con firmeza. —Así no se responde una invitación de una mujer.
—Ya no disfruto del festival… Pregúntame cerca de la fecha.
Su madre sonrió divertida.
—Debe estar pensando en su speeder, querido.
—¡Mañana va a surcar las nieves!
—¿De verdad? —La muchacha estaba sorprendida.
—No escuches al muchacho, Tresha, viene diciendo eso hace años.
—Pero ahora tengo todas las partes… era la última que me faltaba.
—Veremos, hijo…
—¿Es cierto que van a hacer una votación para elegir el nombre del planeta? —Tresha estaba mirando la sopa con cariño. —Padre dice que es inminente.
—Eso escuché en el taller…
—Es tarde ya, nos conocen como Tryos-4 en toda la galaxia.
—Es un requisito para la República, muchacho. Espero que no arruine los negocios con los Imperiales. Nos guste o no, nos sirven sus créditos.
—Padre dice que tendremos una baja, pero que en poco tiempo nos recuperaremos.
—Me gusta tenerte en casa, Tresha. —Su madre siempre sonreía. —¿Qué van a hacer en el festival?
—Depende si Shin viene conmigo o no. —La sonrisa de la chica estaba llena de picardía. —Mis amigas ya tienen pareja.
Él solo quería volver al taller.
—Pero ya sabes cómo es, le gusta prestarles atención a todas las chicas del pueblo.
—Se cree un donjuán. —Su padre siempre tenía un segundo para criticarlo.
—¿Ya te ofreció el trabajo, Shin? A mí no me quieren en las minas.
—Padre me prohibió aceptarlo.
—No creo que te convenga, hijo. Además, yo te pago mejor.
—No lo sé, no hablamos de números… Tal vez podrías pasar más tiempo con madre en lugar de renegar con los vehículos nuevos.
—No voy a…
—Querido, Shin solo quiere ayudar.
El hombre no quería hablar del tema y últimamente así terminaban todas las cenas.