Alara estaba pensando en las palabras de su maestro; como toda visión era críptica y difícil de entender, pero tenía un detalle particular: una sorpresa. No le gustaban las sorpresas y por eso había buscado al alcalde. Los fríos ojos azules del hombre se posaron sobre ella en el momento en que pasó por la puerta. El escritorio estaba ordenado y estaba segura de que pasaba demasiado tiempo sobre él.
—Buenos días, maestra. —El hombre se puso de pie para recibirla y ya la estaba invitando a sentar con un gesto. —Mi nombre es Aron Smith-Trigger y soy el alcalde de Bosan. ¿En qué puedo servirla?
—Alara Domo-Sareh, Padawan de la Orden, es un placer conocerlo, señor.
—Hace mucho que no tenemos a nadie de la Orden en nuestro planeta, Padawan. Espero que no tengamos nada de que preocuparnos.
—Nada por el estilo, Aron. Estoy investigando una visión de mi maestro, pero me gustaría saber un poco más del pueblo. Vi un par de uniformes del Imperio, ¿ha visto algún Sith últimamente?
—Para nada… Nadie de ese calibre; sus naves recargan agua y metales, nada más. Recordaría a alguien como un Sith.
—Solo quería preguntar, señor. Si causan problemas, es mi deber proteger a la República.
—Lo sé, Padawan, gracias por su servicio a la República. ¿Puedo ayudarla con su misión?
—Necesito encontrar… no sé, probablemente una caverna o cueva. No quiero repetir la visión de mi maestro. Según él, porque conoce el planeta, está cerca de Bosan, pero…
—Hmm. —El hombre se puso de pie para pensar. —Hay varias… Tenemos un experto en el pueblo sobre los alrededores, Shin. Se conoce todo de memoria.
—Ah, él me trajo hasta aquí en su speeder…
—¿De verdad? ¿Y funciona? —El hombre estaba más que sorprendido.
—Por lo que escuché, es un gran mecánico.
—Lo es, pero… Debe estar contento. —Sonrió encantado. —Debería pedir su ayuda, Padawan. Conoce el pueblo mejor que yo.
—Entendido, gracias por todo, Aron. Me gusta mucho su pueblo.
—A nosotros también. Estoy por aquí o en la taberna si me necesita. Que la Fuerza la acompañe.
—A usted, Aron.
Alara se puso de pie para apretar la mano del alcalde; detrás de la puerta estaban Shin y un hombre hablando de la taberna.
—Marcus, esta es Alara.
—Encantada. Shin, el alcalde te recomendó para ayudarme en mi misión…
—¿Misión? —El muchacho estaba sorprendido.
—Estoy investigando una de las visiones de mi maestro; después puedo ponerte al día. Según me dijo, eres el explorador del lugar.
—Es un vago. —Interrumpió jocoso Marcus. —Anda paseando por todos lados sin rumbo alguno. Acepta el trabajo, Shin. Eres el mejor mecánico del pueblo y estás malgastando tu tiempo arreglando… camiones de combustión.
—Es el negocio familiar, Marcus. —El muchacho sonó como su padre.
El hombre gruñó para meterse en la oficina.
—Podemos volver, Shin. No quiero que viajes en la noche.
—Enseguida, por suerte el speeder es rápido.
Alara lo siguió de cerca para sentarse detrás de él con ganas de pedirle permiso de conducir; no sintió ese tipo de amistad todavía. El vehículo era ágil y el muchacho sabía conducirlo. La vista era monótona y un poco aburrida, pero encontró un par de animales interesantes y los famosos silvercats que su maestro había prometido. Entraron al pueblo a toda velocidad y el muchacho la dejó frente a la taberna para volver al taller de su padre. Dentro, la madre estaba hablando con la camarera. La tarde estaba cayendo y la mujer la invitó a sentarse en la barra.
—Buenas tardes, maestra. ¿Cómo le fue con el alcalde?
—No soy maestra, señora. Alara está bien. Me recomendó a su hijo de guía.
—Shin conoce todos los rincones del pueblo… —Tresha la estaba mirando con curiosidad. —Debería ser más vieja para ser maestra, Mara.
—No digas esas cosas, Tresha…
—Es cierto, Mara. Soy una padawan… con experiencia, por eso estoy sola. Así nos prueban antes de promovernos.
—Ah… entiendo, Alara. Ya empezó, Tresha. ¿Dónde está mi hijo?
—Aquí.
Shin apareció detrás de ella para recibir un abrazo y su delantal.
—Tu padre se encarga de la cocina, Shin. Te necesito en las mesas primero.
—Enseguida.
Alara lo vio pasar junto a Tresha mientras una interminable fila de gente entraba a la taberna. Al cabo de cinco minutos, el lugar estaba vivo, repleto y alguien había puesto música en la máquina de la taberna. Los Karadin iban para todos lados y se perdió en la vorágine de la hora pico. Un rato más tarde, Mara tomó su mano para dejarla pasar detrás de la barra y dejarla junto a Shintou. El hombre se limpió las manos para sentarla en la mesa familiar. Luego de un rato, volvió para sentar a su esposa y poner la mesa junto a Shin. El aroma de la sopa era magnífico y todos estaban listos para comer.
—Cuenten la historia, madre. Yo sé que quieren hacerlo.
—No queremos aburrirla, querido.
—Yo siento curiosidad, Mara. Esta sopa es increíble… me gusta mucho el caldo y puedo saborear cada ingrediente.
—Muchas gracias, Alara. Es una historia bastante aburrida, pero… Mi familia solía tener un negocio como este en Ord Mantell, un poco más urbano. Yo ya salía con tu padre en esa época, querido.
—Lo sé, madre… y era todo un galán. Seguro se pasaba todo el día trabajando con el abuelo en su taller.
La madre sonrió divertida con la respuesta de su hijo.
—Se pasaba todo el día conmigo en la cocina.
—Y después el vago soy yo.
—Tienes suerte de que yo sea tu padre, muchacho. El mío te hubiera sentado a memorizar el orden de las estanterías en el taller.
—Yo ordeno las estanterías del taller… y las tengo memorizadas.
—Cierra el pico.
—¿Te mostré la foto, Alara?
Mara se puso de pie para descolgarla y dejarla entre ellas.
—Shin es parecido a mi padre.
—Es cierto, Shin… tan parecido que podrías ser su hijo.
—Eso dice Cen… —Shin ya había escuchado eso miles de veces.
—¿Cómo sigue la historia, Mara? Esto también es increíble…
—Es el plato de mi esposo, Alara. Es genial con la carne… Un día estábamos con mi madre preparándonos para el almuerzo y una explosión nos interrumpió. Por suerte, puede sacarla de la cocina a tiempo, pero el techo bloqueó todas mis salidas.
—Yo estaba del otro lado de la ciudad, pero me subí al speeder de mi padre en el momento que vi el humo en el cielo. La taberna estaba en llamas, pero… nada me detuvo.
Alara podía ver los recuerdos en sus ojos.
—Entró por atrás, pero otra explosión nos volvió a bloquear la salida.
—En ese momento solo pude aferrarme a ella…
—De repente, todo empezó a flotar en el aire y una silueta nos invitó a salir.
—En el momento que estuvimos a salvo, dejó caer todo y se marchó…
—Ese día decidimos mudarnos y hacer nuestra propia vida…
—Mi hermano vive por aquí, en la ciudad. —Mara había contado la historia muchas veces. —Así que esta es nuestra manera de agradecerle a la Orden.
—Ah, ahora entiendo el nombre. Supongo que estaría ocupado si se marchó de esa manera.
—¿Hay muchos Jedis en la galaxia?
—Menos de lo que creen; nos movemos mucho.
—¿Dónde entrenaste? —El muchacho estaba lleno de curiosidad.
—En Coruscant, pero me moví a Karastros, en el sistema de Karalira.
—Ah, asombroso… Se ve que viajan mucho.
—Bastante, estoy en este planeta siguiendo las visiones de mi maestro…
—¿Cómo se supone que puedo ayudarte?
—No lo sé todavía, estoy buscando una cueva… una cueva en la que se hagan fiestas o algo por el estilo Las visiones de mi maestro no son demasiado claras… especialmente cuando me las da a mí.
Shin estaba pensando.
—Puedes tomarte el día, muchacho, pero nada de holgazanear.
—No lo molestes, querido. ¿Qué pasó con el festival, Shin? ¿Vas a ir con Tresha? Te preguntó tres veces hoy…
—Espero que haya respondido como un caballero.
—No sé, madre… ¿Algún detalle más de…?
—Syo Vakarian… Dijo algo de que a veces se olvidan del lugar.
—Ah, tengo un par de lugares…
—También serviría decir que mi maestro es un gran estudiante de la Fuerza; se dedica a encontrar secretos y organizaciones olvidadas por la galaxia.
—Hmm… se me ocurren un par de lugares, pero son lejos, cerca de Lo-Haran.
—Van a estar ocupados, muchacho.
—Eso parece…
Mara la estaba mirando con curiosidad.
—Escuché que iba a estar despejado, Alara. Cuida a mi hijo, por favor.
—No se preocupen, Mara. Soy una Jedi…
—Y con esa descripción… van a pasear un rato. Hijo, ¿hablaste con Marcus? Tresha me dijo que te estaba buscando.
—Un rato, me ofreció otra vez el trabajo, padre. Me pagaría mejor que tú.
El hombre gruñó para seguir comiendo.
—¿Qué hago?
—Pensar que voy a ser mantenido por mi hijo.
—No está tan mal, padre. Tendrías más tiempo para estar con madre y trabajar en la cocina.
—A mí me gustaría eso. —Mara sonrió entretenida.
Los Karadin eran una familia unida.