Nuevos Rumbos (rev.2)

3 - Shin y Alara - 1 #3

Shin tenía nuevas cosas para hacer por las mañanas y todas implicaban a su speeder. Volvió del taller para sacar la basura y ayudar a su madre con el desayuno. Cuando terminó, fue en busca de Alara; la puerta estaba abierta y golpeó con suavidad para llamar su atención. La mujer estaba sentada en el suelo, brillando en un tenue azul. Era un destello sutil y tranquilizador. Volvió a la realidad cuando la mujer lo sacudió un poco.
—¿Shin? ¿Estás bien?
—Ya está el desayuno.
—¿Por qué pareces confundido?
—Estabas brillando… ¿Cómo haces eso?
—¿Lo viste?
Alara agarró su cara para apretarlo con cuidado; sus manos estaban tibias.
—Es raro que la gente vea la Fuerza de esa manera… pero no eres sensible. —Ahora estaba apretando sus hombros. —Ni un poco…
—Ah… No sé, era azul.
—Asombroso, tal vez estaba meditando profundamente. —La mujer miró hacia arriba. —Me gustaría ese desayuno.
—Por aquí… espero que no se haya enfriado.
Shin dejó a la mujer en la mesa para ir en busca de lo suyo, ya que su madre lo había liberado por el día. Se sentó frente a ella pensando en el calor de sus manos.
—Ya tengo el speeder listo y terminé con lo que tenía que hacer por aquí. Madre y padre fueron de compras en el camión al mercado, así que podemos salir cuando quieras.
—Gracias por el desayuno, Shin.
—De nada… ¿Qué hacen los Jedi en su tiempo libre?
—Hmm, no tenemos tiempo libre. Usualmente meditamos o entrenamos; a mí me gusta ayudar con los más pequeños.
—Ah…
—¿Y tú?
—Depende del día, me gusta estudiar mecánica, así aprendí a reparar vehículos de este siglo y me gusta reparar todo tipo de aparatos; de ahí salió el proyector musical.
—Esa máquina parece antigua.
—La encontramos con mi tío en la ciudad… Le cargo todo lo que traiga el convoy.
—Tienes un don para revivir objetos, Shin.
—Eso dice padre… él es el que tiene el don. Nada es más antiguo que un motor de combustión. Especialmente en este planeta, todo se congela.
La Jedi sonrió divertida.
—Excelente desayuno.
—Vamos a necesitar las calorías, tengo un lugar para mostrarte a la pasada.
Shin despejó la mesa para terminar frente a la taberna. Cerró todo para sentir las manos de Jedi en su abdomen antes de salir disparados hacia el sur. La ruta era un camino en los infinitos campos de nieve; a lo lejos podían ver los famosos campos de agua y algunas granjas de hielo. Lo poco que se sembraba en el planeta estaba en el ecuador. Una colina acabó con la monotonía del viaje; Shin los detuvo cerca del centro. La metálica plazoleta parecía de otro mundo y la Jedi saltó a escanearla con su holo.
—¡Increíble!
—No sabemos qué es, pero… me pareció algo que el tal Syo estudiaría. Alguna vez escuché que hay por todos los rincones de la galaxia; suena a patrañas.
—A mi maestro le van a gustar estas lecturas. Según él, hubo muchas civilizaciones galácticas antes de la nuestra y esto es un vestigio de ellas. En este caso parece ser Kwar o Rakata, pero… no soy una experta.
—Pensé que iría a interesarte… o tu maestro al menos. —Shin tuvo que acariciarse las manos por una brisa. —No sé cómo no te estás congelando.
—Es una técnica. Viene siendo útil estos días. —La sonrisa de Alara era magnífica. —También sirve para el calor.
—¿Calor?
—Sí, en el desierto, por ejemplo.
—¿Desierto? Eso es un… mar de arena, ¿no?
—Exactamente, Tatooine es todo desierto; la arena se mete en todos lados.
Shin vio a la mujer escanear cada rincón del lugar y al rato ya estaban viajando hacia el sur. Pasaron la línea polar y ahora solo había glaciares a su alrededor. El speeder estaba cortando la nieve a toda velocidad; ya sabía dónde iban a frenar. El solitario árbol era uno de los pocos que vivían en esa región del planeta. Dejó el speeder bajo su sombra y para mirar de cerca a la Jedi. Su sable era un poco más grande de lo que esperaba. La mujer estaba mirando al árbol con curiosidad.
—Madre dice que son territoriales… No sé mucho de árboles.
—Es como si el suelo estuviera un poco más caliente y la Fuerza estuviera revoloteando en este lugar. ¿Por eso elegiste este lugar?
—No… ahora vas a ver.
Alara notó que estaba mirando su cintura con curiosidad.
—Puedes preguntarme lo que quieras…
—¿Qué color es? El sable…
Alara sonrió para levantar su mano. De la nada, el sable llegó hasta sus dedos y Shin nunca iba a olvidar el zumbido; era verde. A la Jedi le gustó la cara de asombro de su compañero.
—¿Ese verde? ¿Se llama… menta? Madre siempre lo nombra.
—¿Lo reconociste?
El sable se apagó para volver a colgarse en su cintura.
—Madre siempre lo nombra como si fuera algo común, no sé qué será…
—¿Dónde vamos, Shin?
—Por aquí.
Alara empezó a caminar frente a él, como si supiera el camino.
—Tu madre me pidió que te cuidara, Shin.
—No sé cuánto me necesitas… Sigue el camino de piedras.
La Jedi era ágil y no hacía un solo sonido al caminar; él era lo contrario, sus botas resonaban entre los glaciares. El viento se silenció cuando entraron a una abertura en el hielo; todo estaba oscuro y él sabía qué hacer. Pasó junto a la Jedi para encontrar la caja de las luces. Con un clic, el lugar se iluminó después de que el generador se encendiera.
—Ah, ya veo… ¿Hacen fiestas?
—Cuando iba a la escuela, era el lugar perfecto para escapar de tus padres.
El lugar estaba iluminado y podía ver la evidencia de las fiestas.
—Ya veo… la visión de mi maestro lo predijo.
—¿De verdad?
—No le cuentes a nadie, pero me dijo que era un lugar de travesuras. No sé qué habrá visto, no tengo ese talento.
—Ah… asombroso. Estuve buscando tu planeta y está bastante lejos. ¿Cómo puede saber estas cosas?
—Nada es imposible con la Fuerza de por medio, Shin.
La mujer sonrió divertida.
—Por aquí…
Shin caminó hasta el fondo del salón, siguiendo las últimas de las luces a un rincón. Una oscura cueva era lo único que había y no podía verse nada más allá de unos metros. Shin encendió la linterna en su abrigo para iluminar dentro.
—Este es el lugar… Una vez fui hasta el final por una apuesta, pero…
Alara estaba revisando los costados y lo giró un poco para usarlo de linterna.
—Estabas preparado, Shin.
—Sí… Al final hay algo, pero no sé qué es.
La mujer caminó sin reparo alguno después de encender su sable. La luz verde iluminaba sus pasos.
—Sígueme de cerca.
El joven se acercó con cuidado para prestarle atención al lugar, pero el zumbido del sable era lo único que se llevaba su atención. La cueva era de hielo y al final parecía empezar a fusionarse con el terreno. Alara levantó su sable y dejó que se acercara a su lado.
—Es una entrada, Shin… este es el lugar que buscaba. ¡Gracias!
—No tenía tanta luz cuando llegué hasta este lugar…
—Parece olvidado y no creo que tenga energía para abrirse.
La mujer estaba usando su holo para escanear la entrada. Él estaba mirando los detalles; el portón parecía un bloque sólido de metal y no sabía de dónde venía.
—Podría ser… no sé. Necesito abrir esto. Un paso atrás, Shin.
El muchacho se corrió hacia atrás para ver a la mujer acomodar su postura. Bajó ambas manos después de apagar el sable. Shin la vio esforzarse, como si levantara algo, mientras algo se quebraba en las alturas; no podía ver el techo y la cueva empezó a temblar a su alrededor. El gigantesco portón amagó a moverse por un instante y terminó trabado en la abertura del techo. Miró hacia arriba, pensando si el techo iba a poder resistir mucho más de lo que estaba haciendo la Jedi.
—Alara…
La mujer lo miró para relajar la postura.
—¿Estás bien? Necesito levantar un poco más la compuerta, no te preocupes.
Shin estaba un poco más nervioso de lo que quería, pero su compañera no tenía el más mínimo síntoma de temor en su cuerpo. Todo empezó a sacudirse a su alrededor. La compuerta se levantó un poco más, pero en ese momento escuchó algo quebrarse en las alturas y, sumado a que su cuerpo quería moverlo del lugar, embistió a Alara para moverla del lugar. La mujer rodó por el piso para ponerse de pie y mirarlo con fiereza. Podía anticipar el grito en su cara, pero un pedazo de hielo cayó en el mismo lugar donde solían estar parados.
—Buenos reflejos… —Su cara había cambiado por completo. —Iba a detenerlo con mi telequinesis, Shin, pero gracias por ahorrarme el esfuerzo.
—De nada…
Shin no quería seguirla, pero la mujer ya había pasado, con demasiada gracia, por la abertura. La mano se asomó para ayudarlo. Se tiró al piso para embarrarse y terminar en un vestíbulo. Las paredes eran de piedra y su linterna estaba iluminando el piso mientras se sacaba la tierra de encima. Dio un paso en falso para que su frente golpee la pared y termine en el piso. Su linterna iluminó un hueso, que lo hizo saltar del susto.
—Está muerto hace tiempo, Shin… Esa linterna es bastante práctica, por aquí. Esto me suena a Kizaa.
—¿Kizaa?
—Los Magos de Kizaa eran una agrupación de practicantes del Lado Oscuro. Tenían monasterios por la galaxia. Una secta dentro de los Sith.
La mujer caminaba con decisión y firmeza a través de la oscuridad mientras él acariciaba su frente maldiciendo en silencio. Alara los detuvo frente a los restos de lo que solía ser una fuente o una estatua.
—Esto es increíble… Gracias, Shin. Mi maestro va a estar encantado… No toquemos nada, va a querer hacer una investigación apropiada. Es más… debería hablar con el alcalde.
Shin no estaba impresionado, pero el lugar no le agradaba demasiado.
—De nada… No esperaba esto al final de la cueva.
—Tal vez sea un templo de los Grises… No lo sé. Mejor salgamos de aquí, Shin. No quiero que te lastimes.
—Es solo un golpe…
—Ahora quiero una de esas linternas…
La mujer tomó su brazo para guiarlo hacia afuera; no tardaron demasiado en cruzar la compuerta y salir de la cueva.
—¿Ya está?
—¿Decepcionado? A mí suele pasarme lo mismo. Mi maestro tiene una visión de algo asombroso, pero eso pasó hace tanto tiempo que solo encuentras ruinas o menos…
—Es poco para una visión.
—Así es la vida del padawan. —Sonrió divertida. —Eres… No sé cómo explicarlo, es fácil hablar contigo.
—Yo me siento igual. Volvamos; si se nos hace muy tarde, se me van a congelar los dedos.
El speeder estaba en el lugar que lo habían dejado y supo que la mujer quería conducir.
—¿Manejaste uno de estos antes?
—Algunos. —Su sonrisa era espectacular.
—Ten cuidado… con el acelerador es volátil.
Alara saltó a su lugar para esperar por él.
—Ponte el casco, Shin.
Todavía no estaba preparado para prestar su speeder, pero la sonrisa de la Jedi era difícil de resistir.




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