Alara caminó por el pueblo en busca de Shin para encontrarlo pateando una pelota en una plaza. Todo Bosan estaba hablando de él y quería encontrarlo antes que el resto. Se acercó a él para notar lo angustiado que estaba y ver la confusión en sus ojos. Quería darle un poco de espacio, así que se sentó en una hamaca a esperar por él. El joven la miró por un instante para patear la pelota un poco más. Luego de un par de pelotazos, se sentó en la hamaca que estaba junto a la suya. Nunca había tenido el tacto de sus maestros, pero necesitaba decir algo.
—¿Estás bien? —Solo salieron la mitad de las palabras que quería decir.
Se percató de que todo era nuevo para él.
—Es normal que te sientas así, Shin. No hiciste nada malo. Gracias por salvarnos.
—La… la maté y no sé…
—Tengo que disculparme, Shin. Yo era la que debía protegerte. Usaste la Fuerza, eso hiciste. —Ahora se había percatado de la verdad: Shin había usado la Fuerza a través de sus sentimientos, como un Sith. —He visto ataques como ese antes, pero ejecutados por Jedis con años de experiencia. La Fuerza se manifiesta de muchas maneras y a veces no puedes contenerla. —Shin estaba limpiándose la cara con las mangas de su abrigo mientras ella decidía que no podía juzgarlo por lo que había pasado; ni siquiera sabía que podía usar la Fuerza hasta hace unos instantes. —No te preocupes… Eres extraño, Shin. Después de esto debería poder sentirte a través de la Fuerza, pero… aquí estás, como el día que te conocí.
—No quería matarla…
Shin no podía dejar de llorar y ella no sabía qué hacer.
—Shin…
Sin percatarse de lo que hacía, se puso de pie para abrazarlo.
—No llores… gracias por salvarme. Mi maestro va a estar ofendido.
Shin se puso de pie para llorar sobre su hombro.
—Perdón…
—No sé cómo voy a pagarte por esto, Shin. No todos los días me salva un muchacho de una taberna… y la taberna de tu madre es la más tranquila que he visitado.
El comentario lo sacó de su estupor.
—Perdón…
—Ten cuidado con las lágrimas, Shin… no quiero que se congelen.
El muchacho se limpió la cara con cuidado.
—¿Soy un Jedi?
—No, eres un adepto a la Fuerza. Un Jedi es un miembro de la Orden, como mis maestros o yo. Te faltan años y años de entrenamiento.
—Ah…
—¿Quieres dar un paseo?
Alara tiró de su brazo para llevarlo hacia el mercado; tuvo que tomar su mano para atravesar la multitud. Este era el otro lugar para almorzar. Había una plaza central repleta de puestos y no sabía qué elegir. Su compañero estaba un poco perdido en sus pensamientos, pero ella quería distraerlo un poco.
—Tú conoces el mercado mejor que yo, Shin… ¿Qué podemos comer?
El muchacho tiró de su mano para acercarla a un puesto que estaba atendiendo una cereana. Tenía una larga trenza y un delantal.
—¡Shin! Todo el pueblo está hablando de ti…
—Hola, esta es Alara.
—Mucho gusto.
La Jedi se apuró para cambiar de tema.
—Gracias por salvar a tu madre… ¿En qué puedo servirles?
—Dos tortillas, Kin-Gi. Deberíamos ir a ayudar a madre…
—Primero comamos algo…
Alara sabía que tenía razón, pero ella había anunciado que iba a encargarse de él. Los murmullos eran extraños y terminaron sentados en un banco.
—Toda la comida de este pueblo es espectacular, Shin.
—Es mi puesto favorito…
—Come, así ayudamos a tu madre. También tenemos música…
Frente a ellos había un grupo de abrigados músicos.
—Gracias, Alara…
—No hice nada, no sé cómo voy a pagarte por esto.
—No me debes nada.
La respuesta del joven puso una sonrisa en su cara.
—Así es el camino del Jedi, Shin. ¿Por qué es tan fácil hablar contigo?
—Iba a decir lo mismo… —El joven mordió la tortilla.
—La comida es tu punto débil…
Por lo menos era el suyo.