Shin despertó sin ganas de salir de la cama, pero se obligó a ir a la cocina para ayudar a su madre con el desayuno. Comió en silencio mientras sentía los ojos marrones de Alara sobre él para luego limpiar y terminar en la calle. La gente que solía saludarlo lo ignoró y los niños de la plaza, con los que solía jugar, fueron alejados por sus padres para dejarlo pasar. Todo el pueblo estaba hablando de él, pero había un lugar donde siempre era bienvenido: el taller. La visita diaria de Tresha no existió y solo su padre vino a molestarlo. Hoy iba a dedicarse al camión, se cambió y terminó trabajando todo el día sin parar; no almorzó y, para cuando se percató de la hora, el atardecer ya estaba sobre él. Su madre tampoco lo había mandado a buscar para trabajar y temió por el estado de la taberna; tal vez la gente estaba esquivando el negocio por su culpa. Luego de limpiarse un poco y cerrar el portón, se fue a practicar con su bláster al galpón abandonado; hoy no había nadie y la periferia del pueblo estaba desierta. La vieja fábrica tenía varias líneas de montaje, que poco se habían usado, convertidas en líneas de tiro; las paredes estaban quemadas por los disparos de los tiradores. Todo adulto tenía que poder manejar uno para protegerse de los silvercats, o por lo menos eso decía su tío; hoy lo estaba extrañando. Los blancos eran botellas y solo disparó dos veces antes de volver a pensar en lo que había pasado en la taberna. El casco, la voz monstruosa y el zumbido de los sables; todo estaba una vez más en su cabeza. Lo único que no entendía fue el ruido que había escuchado desde la cocina; según Alara, había sido un relámpago; tal vez fuera algo típico de un Sith. Miró sus manos sin saber qué había hecho, sin poder quitarse la pálida cara de la mujer de su mente. Copió la postura de Alara para intentar repetir lo que había hecho, mover su sable; él quería mover una de las botellas. No hubo efecto alguno, así que cerró los ojos para concentrarse un poco más. Sentía que estaba copiando a su padre con el soldador o a su madre en la cocina, imitando los movimientos con la intención de aprender algo de ellos. Sintió algo extraño en el aire y cuando abrió los ojos vio a la botella que estaba intentando mover flotar sobre la oxidada línea de montaje. Iba a festejar, pero un ruido lo asustó, metiendo en su cabeza el recuerdo de la Sith lastimando a Alara. Todo estalló en miles de pedazos y lo único que pudo hacer fue cubrirse con las manos. El ruido había sido la Jedi.
—Eres asombroso, Shin…
Alara levantó su mano derecha para ordenar todos los vidrios contra un rincón.
—Tenía pensado preguntarte si querías venir conmigo al templo, pero… ahora estoy obligada a llevarte. ¿Me estabas copiando?
—Perdón…
—No te preocupes… Me gustaría poder enseñarte, pero tenemos reglas en la Orden. Los maestros van a decidir si te entrenan o no.
—¿Y si no me quieren?
—Te traigo de vuelta, Shin. Tú también tienes que querer. Esto es bastante simple, mi deber es ponerte frente al Consejo; ellos decidirán si quieren entrenarte o no; si fuera por mí, lo haría simplemente por el talento que tienes.
—Debería hablar con mis padres…
Shin seguía mirando sus manos.
—¿Conocías a la Sith? —Alara estaba hablando con mucho cuidado.
—Creo que sí, la atendí un día de estos… Me había invitado a una fiesta.
—Mara me dijo algo por el estilo.
Alara tomó su mano para arrastrarlo hacia afuera, no podía creer que su mano estuviese cálida y no la detuvo para ponerse los guantes. Caminaron por el pueblo para terminar en la cocina. Su madre se lanzó a sus brazos para besarlo y apretarlo como siempre hacía.
—Mara, Shintou… Shin va a venir al templo conmigo.
—Yo… quiero ir, pero si me neces…
—Haz lo que sientas correcto, hijo.
—No queremos atraparte aquí, Shin. Podemos arreglarnos solos, pero…
—No se preocupen por él, si no lo quieren, lo traigo de vuelta. —La sonrisa de Alara fue calmante para los tres. —Y si lo aceptan, me encargaré de avisarles.
—No te preocupes por nosotros, Shin.
—No digas eso, querido… es como que quieres que se vaya.
Shintou se rascó la cabeza.
—Siempre vas a ser bienvenido en casa, hijo… Recuérdalo.
—Ma…
—Al fin vas a conocer las estrellas, muchacho.
—No había pensado en eso…
—Y más te vale que no te estés yendo por lo que dicen en el pueblo, voy a…
—Querido…
—Perdón, preciosa… es que nunca me había sentido así. Hablan de él como si fuera un monstruo y lo único que fue hacer es salvarlos.
—Es mi culpa, Shintou. Debería haber hecho algo más… —Notó que la mujer recordó algo y clavó sus ojos sobre él. —¡Tú eras la sorpresa!
—¿Qué?
—Mi maestro anunció una sorpresa; yo siempre asumo que son sus ruinas o que se derrumbe el suelo bajo mis pies, pero esta vez… fuiste tú.
Shin se rascó la cabeza.
—Así encontramos adeptos, pero es la primera vez que me pasa. Aunque ahora que lo pienso la Sith también fue una sorpresa. —La mujer se cruzó de brazos para pensar. —Tal vez los dos…
—¿Estuve en una visión?
—Las visiones de mi maestro no son muy claras, Shin. No te preocupes.
Mara lo apretó con fuerza.
—Gracias por salvarnos, hijo…
—No digas eso, Ma… Padre dice que soy el hombre de la casa cuando está en el taller.