Alara encontró dormido a su compañero de viaje; no se atrevió a despertarlo. Habían hablado por horas antes de que Keyfour los mandara a dormir. El joven estaba abrazando su mochila y el visor del casco estaba bloqueando la luz del hangar. Eran la única nave y Keyfour ya estaba listo para el mantenimiento. Habían llegado después del mediodía y era hora de presentar a su amigo al Consejo. Sacudió sus hombros con cuidado para que se siente de un salto.
—Todavía no salió Tryos, Ma… —Sus manos estaban acariciando sus ojos, que se abrieron en sorpresa cuando encontró los suyos. —Perdón, madre, siempre me despierta para que la ayude con el desayuno.
—Aquí podrías ayudar con la merienda a esta hora…
Shin salió de la nave para revisar sus alrededores con detenimiento.
—Asombroso… ¿Somos los únicos?
—Por ahora. ¿Quieres ir al baño?
—Estoy bien.
—Sígueme, es fácil perderse en el Templo.
Como siempre, todo estaba ordenado y la puerta se abrió para ella.
—Hasta luego, Keyfour…
El droide los despidió con unos pitidos mientras pasaban al pasillo. Notó a su dormido compañero revisar todo con sus ojos y atravesaron el pasillo para terminar en el vestíbulo. Los aprendices los saludaron a la pasada mientras Shin se apoyaba contra la baranda a ver la fuente.
—¿Qué es eso?
Alara estaba entretenida con la expresión en su cara.
—Es un holocron… ¿Puedes sentir la Fuerza?
El muchacho la miró confundido.
—No sé…
—Perdón, solo te estoy probando. En lugares como estos, un gran artista de la Fuerza puede crear algo así. Este lugar es perfecto para aprender a meditar.
—¿Esos son… ¿Jedis?
—Son los aprendices. Por esto se decía que eras viejo, Shin.
—Eh, no me gusta esa sonrisa… ¿Tú eras así de pequeña cuando te encontraron?
—Exactamente. Tenemos que subir, sígueme. Después damos un paseo.
Alara encaró por la escalera para saludar a un grupo que bajaba; Shin llamaba la mirada de todos. Terminaron frente a una gigantesca puerta, pero su compañero estaba mirando la fuente desde otro ángulo.
—Me gusta el ruido del agua… ¿Por qué sale de ese lugar?
—Es parte de la sala, ya vas a ver.
Alara levantó la mano para que la puerta se abriera.
—¿Usaste la Fuerza?
—Sí… ¿Cómo lo sabes?
El muchacho estaba mirando de cerca la puerta.
—Creo que brilló por un segundo…
—Peculiar. Por aquí, Shin. No pises el agua.
Por el centro de la puerta fluía un pequeño río de agua que caía hacia la fuente del vestíbulo. Shin saltó hacia su lado para seguirla de cerca. El salón tenía unas cuantas sillas, pero las personas estaban cerca del centro, donde el símbolo de la Orden estaba tallado en el suelo y remarcado por el agua que fluía por los trazos. Los tres maestros estaban mirando un holograma que los iluminaba. Alara movió sus manos para abrir las cortinas e iluminar el lugar.
—Maestros…
Los tres se giraron a recibirlos para distraerse con su compañero.
—Les presento a Shin Aleaus Karadin… Deberías atender tu holo, maestro.
—Lo he olvidado en mi recámara, padawan, me distraje con los aprendices en el patio.
—Claro…
—¿Quién es tu compañero, Alara? —Una Togruta estaba mirando a su amigo.
—Me estaba preguntando lo mismo, ¿cómo te fue en Kyros-4, padawan? ¿Tienes algo para mí?
Alara tomó una bocanada de aire mientras dejaba su holo entre sus manos.
—La primera lectura es asombrosa…
Miró a Shin para notarlo nervioso y un poco confundido.
—Es de una estructura de metal; Shin conocía el lugar y supuso que iba a interesarte.
—Gracias, Shin. —Su maestro siempre sonreía.
—De nada.
—La segunda lectura es de la cueva de tus visiones… Shin sabía exactamente dónde estaba.
—Gracias, Shin…
—De nada.
—Kizaa… tal vez de los Grises.
—Estoy orgullosa de ti, Alara. Todavía no lo has golpeado.
—¿Por qué trajiste a Shin? Está todo en el holo.
—Maestro, a veces quiero olvidar mi entrenamiento solo para darte un coscorrón.
Los tres sonrieron por el comentario.
—Si me prestaras atención, ya sabrías la historia. Deberías haber meditado más tu visión; resulta que había más para encontrar en el planeta.
Los tres ahora la miraban a ella.
—¿Recuerdas la sorpresa? Estaba almorzando una deliciosa sopa en Bosan cuando una Sith entró por la puerta. Había una hermosa melodía de fondo… que fue interrumpida por un relámpago. Esos duelen más de lo que dicen.
—¿Estás bien? —Los tres preguntaron al unísono.
—Sí… Shin me salvó. ¿Quieres contarles tu parte de la historia? Yo apenas recuerdo lo que pasó.
—No sé, ¿lo que te atacó fue un relámpago? Yo escuché un estruendo desde la cocina.
—Es una técnica Sith, Shin. Ellos usan su… desprecio para potenciarlo. —Syo lo estaba mirando de cerca. —¿Cómo salvaste a mi padawan?
—No sé… Me asomé de la cocina por los zumbidos de los sables y encontré a Alara temblando en el suelo.
—Ah, era como que… no sé, me apretaban los nervios. ¿Qué puedes hacer para combatirlo, maestro?
—Encontrar tu centro, el dolor es pasajero, Alara. Ahora que conoces la sensación, es más fácil enfrentarse a la angustia.
—No es algo que puedas aprender en el templo, padawan.
—Por eso preguntaba, maestra. Shin, esta es es…Kysho, mucho gusto, Shin.”
—Aola. Sigue con la historia, por favor.
—No sé qué pasó… vi el sable volar hacia ella y solo quise salvarla.
—Yo escuché su grito y sentí que un remolino pasó por la taberna. Hace mucho que no sentía un empujón como ese, maestros, me recordó a los del maestro Ch’Chok.
Shin estaba avergonzado.
—Nada de qué avergonzarte, Shin… La Sith no sobrevivió al ataque, estaba fuera de balance y terminó…
—Podemos imaginar el resto, padawan. —Syo estaba apretando sus hombros. —Pero es imposible.
Kysho se acercó y apoyó su mano sobre la frente de Shin mientras Aola apretaba sus manos.
—No es sensible… —Ambas concluyeron al instante.
Syo hizo lo mismo.
—Asombroso… ¿Estás diciendo que usó la Fuerza?
—Yo pensé que había imaginado cosas también, pero… me vio meditar y hoy notó cómo abrí la puerta, además… Lo encontré moviendo una botella.
—¿De verdad? ¿Quieres intentarlo de nuevo, Shin?
Las mujeres lo miraban de cerca.
—No creo que sea posible. —Aola estaba segura. —No creo que pueda abrirse a la Fuerza a esta edad.
—Ah, la Fuerza se manifiesta de muchas maneras, maestra. —Syo sonrió divertido mientras miraba de cerca a su compañero.
Una mesa con copas y una jarra terminó entre ellos.
—Shin no sabía que podía manipular la Fuerza en ese momento.
—Y un sentimiento lo ayudó… —Kysho dio un paso hacia atrás para ver qué pasaba.
—Forzó a la Fuerza a ayudarlo, como un Sith.
—No saltes a las conclusiones más obvias, maestra. ¿Cómo puede ser un Sith sin saberlo? Shin, mueve algo con tu telequinesis.
—Yo…
—Haz lo mismo que hacías cuando te encontré, Shin. No te preocupes. —Alara quería tranquilizarlo.
Shin se paró frente a la pequeña mesa para intentar repetir su hazaña. Levantó su mano para prepararse. Estaba copiando su postura y recibió una sonrisa de su maestro.
—Tiene una gran maestra…
—Me vio abrir la puerta de tu cueva, maestro…
—Sh. —Kysho chistó para silenciarlos.
Alara vio la mesa levitar frente a ellos sin poder creer a sus sentidos.
—¿Qué esto, Alara? —Aola estaba más que sorprendida. —¿Por qué no puedo sentirlo?
Kysho apoyó la mano sobre el hombro de Shin, que se asustó por la sorpresa. Su maestro estaba atento y atajó la explosión de vidrio y agua con un escudo.
—Ah… perdón, yo…
—En esta ocasión, el miedo usó su cuerpo, Aola… ¿Será un sombra como Alara?
—Es más que eso… —Sonriente, Syo se acercó a mirarlo. —Nada… Es como si fuera parte de…
—Está mimetizado con la fuerza del ambiente, Syo. Es una sombra… Leí sobre ellos en los Archivos.
—Oh, qué sorpresa, Shin… Ah, él era la sorpresa, Alara.
Alara lo codeó entre las costillas.
—Auch…
—Ya te lo había dicho, maestro.
Aola sonrió divertida.
—Se lo estaba mereciendo, Alara… Es el primero que veo con mis ojos; Ch’Chok siempre cuenta de su amiga.
Alara sintió que alguien abrió la puerta, cosa que hizo saltar a Shin en su lugar.
—¿Sintió a Lak? —preguntó asombrada Kysho.
—Estaba pensando en eso, maestra. Nos salvó de un pedazo de techo en la cueva; yo iba a atraparlo con mi telequinesis, pero él reaccionó antes.
—Buenos días… Maestro Lak, mucho gusto.
—Hola…
Alara separó a Shin de los maestros para cuidarlo un poco.
—¿Qué está pasando, padawan?
—Tenemos noticias, Lak… ¿Qué quieres de nosotros, padawan?
—Que lo entrenen, todavía no sé si la Sith lo estaba buscando a él o a mí… Escuché que sus rastreadores usan diferentes métodos que los nuestros; tal vez no sea invisible para ellos.
Los maestros intercambiaron una preocupada mirada.
—Shin, necesitamos un rato… Alara, lleva a tu amigo afuera y vuelve, te necesitamos para tomar la decisión.
Alara tiró de la mano de Shin para dejarlo frente a la entrada.
—¿Estás bien? Son un poco intensos cuando se interesan en algo…
—Sí, no sé qué hice… pero cuando me distraje, todo vino de vuelta a mi mente y…
—No te preocupes, Shin. Eres un neófito; estoy sorprendida de que puedas reproducir esa técnica a voluntad.
—¿Qué va a pasar?
—No sé, ahora nos vamos a enterar. No rompas nada y quédate por aquí.
Alara volvió al salón a encontrar a los maestros hablando; la conversación ya estaba trillada.
—Forzó a la Fuerza para ayudarlo, maestro, ese es el problema. —Aola estaba fija en su postura.
—Lo dices como si el muchacho supiera lo que está haciendo, maestra. —Syo era más flexible.
Alara odiaba que se llamaran por sus títulos; eran todos maestros en esa sala.
—Estoy con Syo en este caso. —Kysho la estaba mirando a ella.
Lak nunca había hablado demasiado y siempre era el último en dar su opinión.
—No deberíamos aceptarlo, sería un problema para los otros aprendices y es demasiado adulto para abrirse a la Fuerza.
Alara se acercó a Syo, que la metió en el semicírculo.
—Opina, padawan. ¿Por qué deberíamos entrenar a Shin?
—Ya lo dije antes, maestro… Los Sith no tienen reparos a quién eligen, o por lo menos eso siempre dicen ustedes. Es la primera Sith que conozco, segunda…
—Eso es un buen punto.
—¿Qué pasa si cae, maestro? Estaríamos armando al enemigo.
—¿Por qué tiene que caer? Ya salvó a mi padawan, Aola, fue lo primero que hizo.”
—¿Y?
—¿No crees que la Fuerza nos está dando un mensaje?
—¿Por qué te sorprendió la Sith, Alara? —Lak siempre analizaba el combate primero.
—Me senté a almorzar… Shin me dice que esa mujer estaba en el pueblo hace unos días; tengo que admitir que no he detectado nada. Tal vez era una sombra como yo; solo la sentí cuando abrió la puerta y me interpuse entre el relámpago y uno de los comensales para salvarlo.
—Ah, no dijiste eso, padawan.
—Es irrelevante… No llegué a levantar el sable; casi me remata con él. Shin me salvó, simple y llanamente.
—Sigue sin gustarme que lo primero que hizo haya sido usar sus emociones… —Aola estaba fijada en eso.
—Creo que ya no hay mucho para discutir. —Syo ya estaba cansado. —Votemos…
—Yo quiero que aceptemos al muchacho. —Kysho estaba mirando hacia la puerta. —No podemos rechazar aprendices solo porque las tradiciones lo dictan. Ese hombre ya puede usar técnicas que los aprendices tardan años en aprender.
—Yo estoy con Kysho. Que sea adulto no significa nada… Está escrito que hemos entrenado a varios. —Syo sonrió para ella. —Además, sería un gran aporte de mi padawan favorita.
—En contra. —Lak siempre era lacónico en sus comentarios.
—Estoy en contra también, no me gusta cómo usa sus emociones y no sabemos nada de él.
—Mesero, mecánico y se quedó en su planeta para ayudar a sus padres… Le gusta reparar cosas, tenía un magnífico holo repleto de música y revivió un speeder en su tiempo libre.
—Nos vendría bien un mecánico… Dinos qué piensas, Alara.
—Deberíamos entrenarlo, no quiero que… ustedes saben, nada es al azar en esta galaxia. No quiero que lo dejemos libre y termine en las manos equivocadas.
Syo sonrió encantado.
—Creo que eso dice todo, amigos. Dos y medio contra dos… ¿Qué les parece?
—Al entrenarlo, podemos cerciorarnos de que no caiga al lado oscuro. —La estaba mirando con detenimiento.
—¿Medio voto? Es una padawan. —Aola opinó para molestarla. —¿O tienes noticias?
—Eh, podemos hacer dos por uno. Alara, ve por el muchacho. ¿Qué le dijiste a su familia?
—Que iba a avisarles si se quedaba con nosotros… Ya vengo.
Alara caminó hacia afuera para encontrar a Shin asomado por la baranda, intentando espiar los detalles del holocron que flotaba en el centro del vestíbulo. Se apoyó a su lado para seguir el lento y placentero movimiento de la construcción.
—Este lugar es asombroso… ¿Es nuevo? Escuché decir que habían venido hace poco…
—El templo ya existía, una parte al menos; se nota en las estatuas y las paredes. Era un templo de los Grises.
—Asombroso… ¿Qué pasó?
—Tengo noticias, por aquí.
Shin la siguió de cerca para terminar enfrentado a Syo.
—Bienvenido, Shin. Lo primero que quiero hacer es agradecerte por salvar a mi padawan. Uno pensaría que con tantas misiones bajo la túnica debería haberte salvado a ti, pero así son las cosas con el Lado Oscuro. Uno puede entrenar para todo y descubrir algo nuevo al día siguiente.
—No confundas más a nuestro amigo, maestro. —Alara se detuvo detrás de él.
—Tenemos noticias, Shin, noticias importantes. La primera no te incumbe a ti. Alara, es tiempo de que crezcas; desde el día de hoy eres Caballera. Ya tenemos planeada la ceremonia, pero va a tener que ser otro día. Ya tengo un magnífico aprendiz para que sigas tu camino dentro de la Orden.
—Gracias, maestro.
—Felicitaciones… —Shin no sabía si podía hablar, pero no se contuvo.
—Gracias, Shin…
—Shin, supongo que querrás saber qué te depara el destino. Lo primero que voy a decirte es que la Fuerza no siempre hace obvio cuál es el camino a seguir… Auch, padawan.
—Me resbalé, maestro. El suelo está húmedo.
Todos los maestros dejaron escapar una risa.
—Alara, te presento a tu aprendiz. Va a ser un desafío, pero tendrás la ayuda de todos nosotros.
La Jedi no podía creer lo que su maestro decía.
—Es un gusto, Shin. Nos conoceremos más tarde. —Aola lo miró de cerca para luego apretar las manos de Alara. —Felicitaciones, Alara. Recuerda que el título trae responsabilidades.
—Lo sé, maestra… gracias. —La Jedi tenía los ojos clavados en su nuevo aprendiz. —¿Están seguros?
—La Fuerza lo puso frente a ti por algo, padawan. —Syo sonrió divertido.
Alara recibió las felicitaciones sin saber qué le deparaba el destino.