— ¿Estás bien?
— Sí.
— ¿Me estás mintiendo?
Las risas y murmullos en el entorno eran como miles de voces gritando directamente al tímpano de Charly, de forma tan aguda y desgarradora que, en lugar de las habituales punzadas en la cabeza, parecía que un martillo golpeara directamente su cerebro.
Y no, no esta exagerando.
— Por supuesto. — Le sonrió a su mejor amiga, o al menos lo intentó.
El dolor amenazaba con convertirse en migraña, y no ayuda estar atrapada entre maleantes sin educación ni pizca de respeto. La voz del adulto encargado de dar el mismo largo y aburrido discurso de bienvenida de cada año sonaba a través de la bocina. En realidad, no hacía más que empeorar las cosas.
Por una razón, Charly lo llama con cariño “Centro juvenil de tortura psicológica”.
Ni siquiera han empezado las clases y ya puede ver a varios chicos deseando estar nuevamente en la cama, como si sobrevivir al lunes fuera su única meta y, de alguna manera, ya estuvieran fracasando miserablemente.
Sentía su desayuno revolverse en el estómago mientras observaba a su alrededor. Supuestos compañeros que más bien parecían lobos buscando carne fresca, almas ingenuas listas para explotar con fines siniestros… Quizás sí exageraba. Pero había dormido apenas tres horas, y la agonía valía la pena: terminar ese libro había sido lo mejor de su semana, y su final, lo suficientemente hermoso como para hacerla llorar a las cuatro de la madrugada, casi siendo descubierta.
Desafortunadamente, al juzgar cómo se sentía moribunda, su cuerpo no compartía su entusiasmo.
¿Horrible? Sí. ¿Inesperado? No tanto.
De todos modos últimamente no ha podido dormir tranquilamente.
El director —ese tirano con aire de soberbia— seguía hablando sobre un nuevo comienzo de ciclo de martirio, la mayoría de los estudiantes lo ignoraban. Charly tampoco le prestaba atención; estaba demasiado ocupada con sus manos temblorosas, el cansancio, el martilleo constante en la cabeza...
Una mano sacudió su hombro.
— Maldita mentirosa. —Becca le siseó con su rostro arrugado en preocupación, aunque sus palabras eran directas y su toque brusco— ¿Te mojaste en la lluvia otra vez? Últimamente llueve mucho y tú nunca llevas un paraguas a la mano.
Charly quiso culpar al clima por su estado. Al menos así tendría una explicación más fácil.
— Estoy bien, estoy bien. Solo… me llevé un susto tremendo esta mañana.— Se inclinó hacia Becca cuando esta envolvió un brazo alrededor de su cuello.
— ¿Casi te atropellan otra vez?
— No. Es solo que…
— ¿Estás en la semana de la ketchup?
— ¿Qué? No.
— ¡Ah, ya sé! ¡Andrew Logan te habló esta mañana!
— ¡Cierra el hocico! —Chilla Charly cubriendo rápidamente la boca de Becca con ambas manos, sintiendo cómo sus mejillas se coloraban. Las miradas curiosas de los demás estudiantes caían sobre ellas.
Charly bajó la cabeza, avergonzada, mientras que los ojoz verdes se Becca irradiaban travesura.
¿Mejor amiga? Ni de broma. Ella es más bien su bullying más íntimo. Respiró hondo y apartó sus manos con fé de que Becca no dirá otra estupidez.
La sonrisa que se dibujó en el rostro de su amiga le hizo reconsiderar su opinión.
— No, esta vez no fué él. —Refunfuña esperando que eso sea suficiente.
Aparentemente no.
— Entonces... —Empieza nuevamente Becca con un falso tono ligero— ¿Qué sucede?
Charly desvió la mirada, apretando el borde de su casillero entre los dedos. Hay demasiada gente, demasiados chismosos.
Hablar de Giselle es complicado.
Pero hablar de las pesadillas continúas… es más complicado.
Soñé con su cuerpo, ¿Sabías que era tan diminuta? Estaba sucia y quebrada, empujada en el hueco de un árbol, al juzgar por como sus extremidades quedaron dobladas en ángulos antinaturales, fué a la fuerza y sin cuidado alguno. El aire estaba denso y cargado del zumbido de las moscas. Las criaturas se retorcían entre sí y entre sus heridas abiertas, y aún así, sus ojos lechosos parecían mirar mi alma, fijos, juzgándome...
—… Mal sueño —murmuró, casi tragándose las palabras mientras cerraba de golpe el casillero, deseando que la tierra la tragara.
Becca no intenta investigar más al respecto, al menos no de inmediato, ama que sea lo suficientemente conciente para pensar sus próximas palabras, pero Charly ya podía ver los engranajes girando en su cabeza. No necesita un interrogatorio express.
Afortunadamente, la campana sonó antes de que Becca abriera la boca. Charly salió del pasillo prácticamente corriendo hacia su primera asignatura, como si cada segundo contara. La pesadilla seguía latiendo en su pecho, húmeda y densa, como si no hubiera despertado del todo mientras Becca la llamaba, pero no la seguía.
Nunca pensó que caminaría a clases de matemáticas tan rápido en su vida.
(...)
El aire estaba demasiado frío para ser otoño.
Charly avanzaba por el sendero con pasos furiosos, casi arrastrando los zapatos de práctica sujetos por los cordones en una mano. Cada paso pesaba más que el anterior, y la suela rozaba la tierra con un sonido áspero, repetitivo… irritante.
Quería patear algo.
Una piedra.
Una raíz.
A Donny Carmichael.
La molestia le hervía bajo la piel, densa y amarga, aunque no habría sabido decir por qué. Solo estaba ahí, estorbando en su pecho, empujándola a seguir caminando más rápido de lo necesario.
Las nubes se acumulaban sobre las copas oscuras de los árboles, prometiendo otra lluvia como la del sábado por la noche. El silencio era espeso… incómodo. Incluso su propia respiración sonaba fuera de lugar.
—No debí irme tan tarde… —dice entre dientes. El sol ya se estaba ocultando, y pasear por el bosque a oscuras no parecía nada divertido.
El sonido seco de una ramita al romperse detrás de ella la congeló en el lugar.
Quizá no fuera nada, pero un presentimiento terrible le erizó la piel y le hizo sentir el corazón golpeando con furia, como si quisiera huir hacia un lugar más poblado.