No me moví.
El hombre seguía ahí, a unos metros, con el celular en la mano. No avanzaba. No retrocedía. Solo esperaba.
Yo tampoco respiraba.
El mensaje seguía brillando en la pantalla como una cicatriz reciente.
"Pero ya estás aprendiendo a tener miedo."
Guardé el celular lentamente, sin apartar la mirada de él. Si corría, confirmaría algo. Si gritaba, me expondría. Así que hice lo único que me pareció sensato: fingí normalidad.
Tomé mi bolso.
Pagué en la caja.
Salí del café.
El aire golpeó mi cara como una bofetada. El ruido de la calle volvió a inundarlo todo: motores, voces, pasos. El mundo seguía girando, incluso cuando el mío se había detenido.
Caminé.
Un paso.
Luego otro.
Esperando sentirlo detrás de mí.
No pasó.
Me atreví a mirar de reojo. El hombre seguía en el mismo sitio, ahora mirando su celular, como cualquier otra persona en la calle. Por un segundo pensé que todo había sido una paranoia. Que mi mente había unido puntos que no existían.
Entonces mi celular vibró.
Número desconocido.
"Él no escribió."
Me detuve otra vez.
¿Cómo lo sabes?
Mis dedos temblaban al escribir.
La respuesta tardó.
Demasiado.
"Porque si lo hubiera hecho, ya estarías corriendo."
Tragué saliva.
¿Entonces quién es?
Vi cómo el hombre levantaba la vista, no hacia mí, sino hacia la esquina. Como si hubiera recibido una señal invisible. Luego guardó el celular y se alejó, perdiéndose entre la gente.
El mío vibró de nuevo.
"Alguien que cree que te encontró."
El miedo se transformó en algo peor.
Confusión.
—¿Me estás siguiendo? —susurré, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.
Una mujer pasó a mi lado y me miró raro. Bajé la cabeza y seguí caminando, más rápido.
No obtuve respuesta.
Seguí avanzando dos cuadras.
Tres.
Nada.
Cuando ya empezaba a pensar que el silencio era peor que los mensajes, el celular vibró otra vez.
"Nunca me sigues. Siempre te adelantas."
Me apoyé contra una pared, sintiendo cómo el pulso me temblaba en las manos.
Dime quién eres.
Los puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Aparecieron otra vez.
"Todavía no."
"Pero ahora sabes algo importante."
¿Qué?
Miré alrededor, alerta, cansada, expuesta.
La respuesta llegó cuando ya estaba a punto de guardar el celular.
"No todos los que te miran saben lo que hacen."
Leí el mensaje dos veces.
Tres.
Y entonces lo entendí.
No era uno.
Nunca había sido uno.
Y el verdadero problema no era el que me observaba desde la calle.
Era el que sabía exactamente cuándo mirar.
Gracias por leer, curiosos
¿Crees que la persona del chat quiere protegerla o está jugando con ella desde el principio?
Nos leemos el próximo capítulo.
Editado: 26.05.2026