Desperté con el celular en la mano.
No recordaba haberme quedado dormida así, pero ahí estaba, caliente aún, como si hubiera vibrado hace segundos. Lo primero que hice fue revisar la pantalla.
Nada.
Ningún mensaje.
Ninguna notificación.
Ningún número desconocido.
El silencio otra vez.
Me senté en la cama y respiré hondo. Me dije que era bueno. Que eso era lo que quería. Que bloquearlo había funcionado. Que tal vez todo había sido una coincidencia exagerada por el cansancio, el miedo y mi tendencia a imaginar escenarios peores de lo que son.
Pero mi cuerpo no estaba convencido.
Me levanté, me duché, me vestí. Revisé la cerradura dos veces antes de salir. En la calle, el mundo seguía siendo exactamente el mismo: buses pasando, personas caminando rápido, vendedores gritando ofertas que nadie escuchaba.
Y aun así, sentía que algo se había desplazado.
Como si ya no caminara sola, aunque no pudiera ver a nadie.
En el transporte público, abrí el chat bloqueado. No para escribir. Solo para confirmar que seguía ahí. Que era real. Que no me lo había inventado.
El nombre seguía siendo el mismo: Número desconocido.
Pensé en desbloquearlo.
No lo hice.
Guardé el celular y miré por la ventana. Mi reflejo me devolvió una mirada cansada, alerta. Ya no era solo miedo. Era expectativa. Una parte de mí —la que no quería admitir— estaba esperando algo.
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue revisar si alguien había entrado. Todo estaba en su lugar. Demasiado.
Me senté en el sofá y dejé el celular sobre la mesa. Pasaron minutos. Luego una hora. El día avanzó lento, pesado, como si el tiempo también estuviera vigilándome.
Entonces vibró.
No el mío.
El de mi computadora.
Un correo nuevo.
Asunto: No debiste bloquearme.
El aire se me fue de los pulmones.
Me acerqué despacio, como si el mensaje pudiera morderme. El remitente era una dirección genérica, imposible de rastrear a simple vista. Abrí el correo con el corazón golpeándome el pecho.
No me gusta cuando finges que no me necesitas.
Tampoco cuando te mientes.
Hoy miraste tres veces tu celular esperando que vibrara.
Y no lo hizo.
Me llevé una mano a la boca.
Eso era verdad.
El correo continuaba.
El hombre del café no volverá.
Pero otros sí.
Cerré la computadora de golpe.
No.
No, no, no.
Tomé el celular y desbloqueé el número con manos torpes.
¿Por qué haces esto?
¿Por qué no me dejas en paz?
Esta vez respondió de inmediato.
"Porque ya no sabes cómo estar en silencio."
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá.
Eso no es cierto.
"Hoy no apagaste el celular ni un solo minuto."
El estómago se me encogió.
¿Me estás observando ahora?
Tardó un poco más.
"Ahora mismo no."
Eso no me tranquilizó.
¿Entonces cuándo?
Los puntos aparecieron lentamente.
"Cuando empiezas a sentirte segura."
Cerré los ojos.
Esto se está volviendo normal, escribí.
Y eso me asusta más que al principio.
La respuesta llegó con una calma insoportable.
"Eso significa que estás aprendiendo."
Aprendiendo qué.
"A no ignorar las señales."
Abrí los ojos y miré la puerta de mi apartamento. La cerradura. La ventana. El reflejo oscuro del vidrio.
No escribí nada más.
Tampoco bloqueé el número.
Y esa fue la parte que más me aterrorizó.
Gracias por leer, Curiosos.
¿Creen que ella todavía tiene control... o ya empezó a perderlo sin darse cuenta?
Editado: 26.05.2026