No tiré la nota.
La dejé sobre la mesa toda la noche, como si al perderla de vista pudiera fingir que no existía. Dormí poco, mal, con sobresaltos constantes. Cada ruido se me metía en los huesos, cada sombra parecía moverse cuando no la miraba directamente.
Al amanecer, lo primero que hice fue revisar el celular.
Silencio.
Ni mensajes.
Ni correos.
Ni números desconocidos.
Esa calma no era alivio. Era preparación.
Guardé la nota en el bolsillo de la chaqueta antes de salir. No sabía por qué, pero sentía que deshacerme de ella sería peor. Como borrar una prueba que todavía no entendía.
En la calle, la gente seguía con su vida. Risas, conversaciones, pasos apresurados. Me sentí fuera de lugar, como si estuviera caminando dentro de una escena que ya había ocurrido sin mí.
En el transporte público, alguien se sentó a mi lado.
Un hombre.
Común.
Demasiado común.
No me miró. No dijo nada. Aun así, mi cuerpo se tensó. Contuve la respiración, esperando sentir esa vibración conocida en el bolsillo.
Nada.
Cuando se bajó, dejó algo sobre el asiento.
Un papel doblado.
Lo tomé con torpeza, mirando alrededor. Nadie parecía haberlo notado. Lo abrí con cuidado.
No confíes en quien responde demasiado rápido.
Sentí un frío lento instalarse en el pecho.
El celular vibró en ese mismo instante.
Número desconocido.
"No leas lo que no entiendes."
El contraste fue brutal.
¿Me estás siguiendo?
Esta vez tardó.
"No hoy."
¿Entonces quién?
"Alguien que cree que puede ayudarte."
Me bajé del transporte dos paradas antes de lo habitual. Caminé rápido, con la sensación constante de ser observada desde algún punto que no lograba identificar.
Entré a casa y cerré con llave.
Saqué las dos notas y las puse una junto a la otra sobre la mesa.
—Esto no tiene sentido —murmuré.
El celular vibró otra vez.
"Tiene demasiado."
¿Ustedes se conocen?
Los puntos aparecieron... se detuvieron... reaparecieron.
"Nos cruzamos."
Esa respuesta no me gustó.
¿Qué quiere esa persona de mí?
La respuesta llegó sin rodeos.
"Que te calles."
Me senté, sintiendo cómo el miedo empezaba a mezclarse con rabia.
¿Y tú qué quieres?
El mensaje tardó más de lo normal.
"Que escuches."
¿A quién?
Leí la respuesta con el pulso desbocado.
"A quien no puede escribirte."
Miré las notas otra vez.
El papel del café.
El papel del transporte.
Dos advertencias.
Dos voces.
Y yo en medio.
Entonces entendí algo que me erizó la piel.
No estaba atrapada en una conversación.
Estaba en medio de un conflicto.
Y lo peor no era que todos supieran cosas sobre mí.
Lo peor era que yo no sabía nada sobre ellos.
Gracias por leer, Curiosos.
¿A quién creen que debería escuchar ella: al que escribe... o al que deja advertencias en silencio?
Editado: 26.05.2026