No les dije nada.
Ni a uno.
Ni al otro.
Por primera vez desde que todo empezó, tomé una decisión sin consultar ninguna pantalla.
El video seguía abierto en la computadora. Lo volví a reproducir en silencio, cuadro por cuadro. No era experta, pero había detalles que no me habían parecido importantes la primera vez.
La posición de la cámara.
La altura.
El ángulo.
No estaba grabado desde un carro.
Estaba grabado desde una ventana.
Del edificio de enfrente.
Eso significaba una sola cosa.
Alguien me observaba desde un lugar fijo.
Tomé mi chaqueta y salí sin revisar el celular.
El ascensor me pareció eterno. Cuando las puertas se abrieron, el pasillo me recibió con ese silencio cargado que ya se me había vuelto familiar.
Crucé la calle.
Miré el edificio de enfrente.
Doce pisos.
Demasiadas ventanas.
Demasiados posibles ojos.
Entré.
No sabía exactamente qué buscaba. Solo sabía que si no hacía algo por mi cuenta, iba a seguir siendo una variable.
La recepción estaba vacía. Un mostrador, una cámara en la esquina y un libro de registro abierto.
Me acerqué.
La hoja del día anterior seguía ahí.
Nombres.
Horas.
Firmas.
Busqué la hora del video.
No estaba.
Fruncí el ceño.
Eso no era normal.
Subí al ascensor con el pulso acelerado.
Presioné el piso desde el que parecía venir el ángulo de grabación.
Séptimo.
Cuando las puertas se abrieron, el pasillo era idéntico al mío.
Mismo color.
Misma iluminación.
Misma sensación de que no debía estar ahí.
Avancé despacio.
Conté puertas.
Una.
Dos.
Tres.
Me detuve frente a la que quedaba justo en línea con mi edificio.
La miré durante varios segundos.
Mi celular vibró.
No lo saqué.
Golpeé.
Toc.
Toc.
Exactamente igual que en el video.
El corazón me golpeaba tan fuerte que sentí que me iba a delatar.
Nadie abrió.
Esperé.
Volví a tocar.
Nada.
Cuando estaba a punto de irme, escuché un movimiento al otro lado.
Una cerradura.
La puerta se abrió apenas.
Una mujer me miró con desconfianza.
—¿Sí?
Me quedé en blanco un segundo.
—Disculpa... ¿tú grabaste un video anoche?
La pregunta salió sin filtro.
Su expresión cambió.
Cerró un poco más la puerta.
—¿De qué hablas?
Tragué saliva.
—Del edificio de enfrente.
Silencio.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—No —dijo.
Demasiado rápido.
—Y no vuelvas a tocar aquí.
La puerta se cerró.
Me quedé mirando la madera durante varios segundos.
Mi celular vibró.
Lo saqué.
Dos mensajes.
Al mismo tiempo.
"¿Dónde estás?"
Y debajo:
No hagas esto sola.
Me apoyé contra la pared.
Ellos lo sabían.
Los dos.
Bajé por las escaleras.
No quise esperar el ascensor.
Cuando salí a la calle, tenía las manos heladas.
Escribí una sola frase.
Ya no voy a elegir entre ustedes.
Pasaron segundos.
Llegaron dos respuestas.
Una detrás de la otra.
"Eso no es una opción."
Y luego:
Lo acabas de convertir en una.
Miré la pantalla.
Y por primera vez desde que todo empezó...
sonreí sin ganas.
Editado: 26.05.2026