No volví a abrir ningún chat en toda la mañana.
Me obligué.
Me repetí que el silencio también podía ser una decisión.
Pero el problema con el silencio...
es que te deja sola con lo que ya sabes.
En la universidad intenté fingir normalidad.
Tomé apuntes.
Escuché nombres que no me interesaban.
Asentí cuando alguien me habló.
Pero cada vez que mi celular vibraba en la mesa, mi cuerpo reaccionaba antes que yo.
Como si todavía esperara permiso.
Al mediodía fui al baño solo para poder respirar.
Me apoyé en el lavamanos y miré mi reflejo.
Ojeras nuevas.
Una rigidez rara en los hombros.
Como si llevara días sosteniendo algo invisible.
Saqué el celular.
Sin notificaciones.
Mentira.
Había una.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Te está funcionando mal el plan.
El pulso me dio un salto.
¿Qué plan?
Tardó unos segundos.
Hacer como si no te importara.
Me giré para asegurarme de que nadie estuviera detrás de mí.
No había nadie.
¿Cómo sabes dónde estoy?
La respuesta llegó rápida.
No necesito saber dónde estás para saber cuándo te escondes.
Me mordí el labio.
No estoy escondiéndome.
Eso es exactamente lo que hace alguien que se esconde.
Cerré los ojos.
¿Por qué me sigues escribiendo?
El mensaje tardó.
Porque estás empezando a cansarte.
Abrí los ojos.
¿De qué?
De sostener versiones distintas de ti para personas distintas.
Sentí un nudo en la garganta.
¿Eso es lo que quieren?
La respuesta fue extrañamente honesta.
No.
Entonces, ¿qué quieren de mí?
Los puntos aparecieron...
y desaparecieron.
Que seas consistente.
Fruncí el ceño.
No entendí.
Que no te contradigas cuando toque elegir.
Elegir qué.
Escribí.
La respuesta no fue inmediata.
Me llegó cuando ya había salido del baño.
Quién puede ver tu miedo sin usarlo.
Me detuve en mitad del pasillo.
Eso...
eso sí dolió.
Porque no sabía la respuesta.
Mi celular vibró.
Él.
"Bloquéalo. Te está empujando."
Y, casi al mismo tiempo, el tercero.
No lo escuches cuando te ordena.
Mi respiración se volvió corta.
¿Ustedes se hablan entre ustedes?
Escribí al tercero.
La respuesta fue clara.
Lo suficiente para no estorbarle al otro.
Sentí un frío lento.
Entonces... ¿hay reglas?
La respuesta apareció.
Siempre las hay.
¿Y yo?
Escribí.
Tardó.
No.
Eso fue un golpe directo.
Seguí caminando sin saber a dónde iba.
Mi celular vibró de nuevo.
Número desconocido.
El problema no es que te vigilen.
Me detuve.
Entonces, ¿cuál es el problema?
La respuesta llegó enseguida.
Que ya aprendiste a mirar como ellos.
Apoyé la frente contra la pared.
No quería.
No quería eso.
No quería ser parte de nada.
¿Y si me salgo?
Escribí.
Tardó.
Salir no borra lo que ya sabes.
Tragué saliva.
Entonces... ¿qué hago?
El mensaje tardó más.
Cuando llegó, fue simple.
Aprende a quién te duele decepcionar.
Me quedé mirando la pantalla.
Porque entendí algo que no estaba lista para aceptar:
no todos los miedos te paralizan.
Algunos...
te cambian.
Editado: 26.05.2026