Ese día no escribí a nadie.
Ni a él.
Ni al tercero.
Ni al de las notas.
Pero no porque fuera valiente.
Fue porque tenía miedo de escribirle a la persona equivocada.
Empecé a notar cosas.
Detalles pequeños.
Personas que se repetían en lugares distintos.
Un carro gris que veía dos veces en la misma cuadra.
Un reflejo en una vitrina que no coincidía con mis movimientos.
Tal vez siempre había estado ahí.
Solo que ahora… sabía cómo mirar.
En la tarde decidí volver al café.
No porque quisiera.
Porque necesitaba comprobar algo.
Me senté en la misma mesa.
La misma.
Pedí el mismo café.
Y esperé.
Cinco minutos.
Diez.
Nada.
Me sentía ridícula.
Justo cuando iba a levantarme, el celular vibró.
Número desconocido.
No mires atrás.
Se me heló la espalda.
¿Por qué?
No hubo respuesta.
El segundo mensaje llegó sin aviso.
Porque él sí te está mirando.
No obedecí.
Giré la cabeza.
Lo vi.
No estaba en la calle.
Estaba dentro.
Sentado dos mesas más atrás.
El hombre del café.
El mismo.
Misma ropa oscura.
Misma postura relajada.
Misma forma de observar sin moverse.
Como si el mundo pudiera girar alrededor y a él no le importara.
Mi celular vibró.
No te acerques.
Tragué saliva.
¿Tú estás aquí?
Escribí.
Tardó.
No de la forma en que tú entiendes estar.
El hombre levantó su taza.
Bebió.
Sin dejar de mirarme.
Mi celular vibró otra vez.
Otro chat.
Él.
“Vete ahora.”
Y casi encima:
El tercero.
No te muevas.
Me quedé paralizada.
Dos órdenes.
Contrarias.
Mi cuerpo empezó a temblar.
¿Qué pasa si no hago nada?
Escribí al número desconocido.
La respuesta fue inquietantemente tranquila.
Eso también es una decisión.
El hombre dejó la taza.
Se levantó.
No caminó hacia mí.
Caminó hacia la salida.
Pasó a mi lado.
Tan cerca que pude oler su perfume.
Se detuvo.
Solo un segundo.
Y dijo en voz baja, sin mirarme:
—No todos saben cuándo ya cruzaron.
Se fue.
No me dio tiempo de reaccionar.
Mi celular vibró.
Demasiado tarde.
Escribió el número desconocido.
¿Para qué?
Pregunté.
Los puntos aparecieron.
Para evitar que te usara primero.
Me quedé helada.
¿Usarme para qué?
La respuesta tardó más que todas las anteriores.
Para romper la única regla que todavía te estaba protegiendo.
El aire me faltó.
¿Cuál regla?
El mensaje apareció.
No hablar cara a cara.
Sentí un vacío en el pecho.
Entonces…
¿acabo de romperla?
El celular vibró.
Era él.
“Sí.”
Me quedé mirando la pantalla.
Porque por primera vez…
el peligro no estaba en el chat.
Estaba fuera.
Esperándome.
Editado: 26.05.2026