No volví a ese café.
No respondí ese día.
No hice nada...
y aun así, sentía que todo seguía avanzando sin mí.
Esa noche revisé la puerta tres veces.
La ventana dos.
El celular... demasiadas.
Silencio.
Por primera vez en días, silencio real.
Me senté en la cama con la sensación de que algo faltaba.
Y entonces lo entendí.
No era tranquilidad.
Era espera.
El celular vibró.
Número desconocido.
Lo miré durante varios segundos antes de abrir.
Ya no puedes volver atrás.
Tragué saliva.
Nunca pude.
La respuesta llegó rápida.
Eso creías.
Me levanté y caminé por el cuarto.
Entonces dime qué cambió.
Los puntos aparecieron...
desaparecieron...
volvieron.
Que ya no eres invisible.
Sentí un escalofrío.
Nunca lo fui.
Para ellos, sí.
Apreté el celular.
¿Quiénes son "ellos"?
El mensaje tardó más de lo normal.
Cuando llegó, fue distinto.
Más frío.
Más directo.
Los que no escriben.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
Miré la puerta.
El pasillo.
La ventana.
¿Los de las notas?
Algunos.
¿Y los otros?
Silencio.
El celular vibró otra vez.
Pero no fue el mismo chat.
Otro número.
Nuevo.
Abrí.
No abras la puerta mañana.
Se me heló la sangre.
¿Quién eres?
No respondió.
Mi celular vibró otra vez.
El primero.
"No le hagas caso."
Y casi al mismo tiempo:
El tercero.
Haz exactamente lo contrario.
Me quedé quieta.
Tres voces.
Tres órdenes.
Una decisión.
¿Qué pasa mañana?
Escribí.
Esta vez ninguno respondió.
Ninguno.
El silencio volvió.
Pero ya no era vacío.
Era presión.
Me acerqué a la puerta.
Apoyé la mano en la cerradura.
Fría.
Real.
Y por primera vez desde que todo empezó...
no sentí miedo de lo que había afuera.
Sentí miedo de lo que ya había adentro.
El celular vibró una última vez.
Pantalla negra.
Un mensaje que no venía de ningún chat abierto.
Sin número.
Sin nombre.
Solo una frase.
Ya abriste una vez.
Me quedé inmóvil.
No necesitas hacerlo otra vez.
Leí el mensaje una y otra vez.
Y entonces entendí.
No se trataba de una puerta.
Nunca se trató de una puerta.
Se trataba de mí.
De lo que permití.
De lo que respondí.
De lo que ya no podía borrar.
Apagué el celular.
Pero no me moví.
Porque sabía algo con una certeza que no podía explicar:
mañana...
alguien iba a tocar.
Editado: 26.05.2026