No salí al día siguiente.
Apagué el celular.
Corrí las cortinas.
Evité los espejos.
No era miedo a lo de afuera.
Era miedo a confirmar lo de adentro.
El apartamento se volvió pequeño.
Cada sonido parecía más fuerte.
Cada silencio... más pesado.
Intenté distraerme.
Ordené cosas que ya estaban ordenadas.
Limpié superficies que no lo necesitaban.
Encendí la televisión sin escucharla.
Nada funcionó.
Porque había algo que no podía dejar de sentir:
esa presencia.
No como una persona.
No como un ruido.
Sino como una idea que no se iba.
El celular vibró.
Lo había apagado.
Lo miré.
Pantalla negra.
Y aun así...
vibró otra vez.
Lo tomé con cuidado.
Se encendió solo.
Un mensaje.
Sin número.
Sigues intentando ignorarlo.
Se me tensaron los hombros.
¿Ignorar qué?
Los puntos aparecieron lentamente.
Lo que ya cambió.
Miré mis manos.
Todo igual.
¿De qué hablas?
El mensaje tardó.
De lo que ya no puedes borrar.
Fruncí el ceño.
Eso no tiene sentido.
El celular vibró otra vez.
Revísate.
Sentí un frío seco recorrerme la espalda.
No.
No iba a hacerlo.
No iba a entrar en ese juego.
Dejé el celular en la mesa.
Me di la vuelta.
Caminé hacia la cocina.
Abrí la llave del agua.
La dejé correr.
El sonido llenó el espacio.
Tapó el silencio.
Tapó los pensamientos.
Tapó todo...
menos la sensación.
Miré mis manos bajo el agua.
Normales.
Nada raro.
Nada distinto.
Respiré.
¿Ves? Nada pasa.
Me dije.
Pero cuando levanté la vista hacia el reflejo del acero del fregadero...
lo vi.
En mi muñeca.
Una línea fina.
Roja.
Como si alguien hubiera pasado la uña con demasiada presión.
Solté el agua de golpe.
Me acerqué más.
La marca no estaba abierta.
No sangraba.
Pero estaba ahí.
Reciente.
Imposible de ignorar.
El celular vibró.
Corrí hacia la sala.
Ahora sí lo ves.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
¿Qué es esto?
Los puntos aparecieron.
Una consecuencia.
¿De qué?
La respuesta llegó sin pausa.
De responder.
Me quedé mirando la marca.
No recuerdo haberme hecho esto.
El mensaje tardó un segundo.
No necesitas recordarlo para que haya pasado.
Tragué saliva.
¿Me estás haciendo daño?
El celular vibró otra vez.
No directamente.
Eso fue peor.
Entonces, ¿quién?
Silencio.
Luego:
Alguien que ya sabe cómo entrar.
El aire se me fue de los pulmones.
Miré la puerta.
La ventana.
El pasillo.
Todo cerrado.
Todo seguro.
Y aun así...
no.
El celular vibró de nuevo.
Otro mensaje.
Esto es lo primero que puedes ver.
Se me heló la sangre.
¿Lo primero?
La respuesta fue lenta.
Sí.
Miré mi muñeca otra vez.
La línea parecía más marcada.
Más visible.
Más real.
¿Y lo que no veo?
Escribí con los dedos temblando.
El mensaje tardó.
Más que todos los anteriores.
Cuando llegó...
ya no quería leerlo.
Pero lo hice.
Eso es lo que más te está cambiando.
Solté el celular.
Cayó al suelo.
No lo recogí.
Me quedé mirando mi reflejo en la pantalla negra.
Y por primera vez...
no me reconocí del todo.
Gracias por leer, Curiosos.
Editado: 26.05.2026