No me moví.
Ni un paso.
Ni un centímetro.
Sentía el teléfono temblando en mi mano y los golpes al otro lado de la puerta como si estuvieran ocurriendo dentro de mi pecho.
Toc.
Toc.
Toc.
Tres golpes.
Siempre tres.
Mi respiración salía demasiado rápido.
Demasiado corta.
Demasiado rota.
—No abras... —susurré.
No sabía si me lo estaba diciendo a mí.
O a algo más.
El celular volvió a vibrar.
Pantalla negra.
Sin notificación.
Sin chat.
Solo palabras.
Ya no están esperando.
Tragué saliva.
¿Qué significa eso?
No apareció respuesta.
Por primera vez...
silencio.
Un silencio peor.
Porque ya había aprendido algo:
cuando ellos callaban...
algo se movía.
Me obligué a caminar.
Un paso.
Dos.
Tres.
Hasta la puerta.
Pegué la oreja lentamente.
Nada.
No respiraciones.
No pasos.
Nada.
Demasiado nada.
Y eso lo hacía peor.
El teléfono vibró otra vez.
No mires por la mirilla.
Sentí algo frío subir por mi espalda.
No iba a hacerlo.
No pensaba hacerlo.
Pero mi cuerpo...
mi cuerpo ya tenía costumbres que mi cabeza no controlaba.
Me acerqué.
Lento.
Muy lento.
Y miré.
Oscuridad.
No alguien.
No una silueta.
Oscuridad.
Como si algo estuviera tapándola.
Como si alguien...
estuviera exactamente al otro lado.
Retrocedí de golpe.
No.
No.
No.
El teléfono vibró.
Te dije que no miraras.
—¿Quién eres? —pregunté esta vez en voz alta.
Mi propia voz sonó extraña.
Pequeña.
Cansada.
El teléfono vibró.
Todavía haces la pregunta equivocada.
Sentí rabia.
Por primera vez...
rabia.
—¡Entonces dime cuál es! —grité.
Silencio.
Mi respiración.
Mi corazón.
Mi miedo.
Y entonces...
algo cambió.
No afuera.
Adentro.
El ruido.
El refrigerador.
La electricidad.
El pequeño sonido constante del apartamento.
Todo se apagó.
Oscuridad.
Completa.
—No...
Mi voz salió demasiado baja.
Demasiado temblorosa.
Intenté moverme.
Buscar el celular.
La linterna.
Algo.
Lo que fuera.
Pero el teléfono vibró antes.
La pantalla iluminó apenas mis manos.
Y apareció una frase.
Ahora sí están adentro.
Sentí que el aire desaparecía.
No.
No.
No.
Esto no.
No así.
Encendí la linterna del teléfono.
La luz recorrió la sala.
La cocina.
Las paredes.
Todo igual.
Todo vacío.
Todo—
Me congelé.
La pared.
Frente a la puerta.
Tres líneas.
Marcadas.
Oscuras.
Como si alguien hubiera pasado algo filoso.
Lento.
Deliberadamente.
Tres.
Iguales a las marcas.
Mi respiración empezó a romperse otra vez.
No.
No.
No.
El teléfono vibró.
Ya no están esperando entrar.
Miré la pared.
Las líneas.
Mi brazo.
La puerta.
Todo al mismo tiempo.
Todo demasiado rápido.
Demasiado.
Demasiado.
Y entonces lo escuché.
Detrás de mí.
Una voz.
Baja.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Ya empezaste a entender.
Me giré.
Tan rápido que casi caigo.
La linterna tembló.
La luz recorrió la sala.
La cocina.
La oscuridad.
Nada.
Nadie.
Pero algo...
algo dentro de mí supo una verdad horrible antes que mi cabeza pudiera aceptarla.
La voz...
no había venido del apartamento.
Había venido...
justo detrás de mí.
Mi celular cayó al suelo.
La linterna quedó apuntando hacia un lado.
La sala se llenó de sombras deformes.
Respiré rápido.
Una vez.
Dos.
Tres.
No había nadie.
No podía haber nadie.
Yo había cerrado.
Había puesto seguro.
Había revisado.
Dos veces.
Tres.
Entonces...
¿cómo?
Me agaché para recoger el teléfono.
Y lo vi.
Mi mano tembló.
La tercera marca.
Ya no parecía una línea.
Ahora tenía pequeñas divisiones.
Como si algo estuviera formándose.
Como si no hubiera terminado de aparecer.
—No... no...
Retrocedí.
Choqué contra la pared.
El celular vibró.
No mires tanto las marcas.
—Déjame tranquila...
Ya no funciona así.
—¿Qué quieren?
Silencio.
Por unos segundos.
Y después:
Queremos lo mismo que tú.
Fruncí el ceño.
No entendía.
¿Qué?
Los puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Entender.
El aire se sintió más pesado.
—Yo no quiero esto...
Pero respondiste.
—No sabía...
Lo sabemos.
Sentí ganas de llorar.
De apagar todo.
De desaparecer.
Miré la puerta.
Seguía cerrada.
Miré la ventana.
Cerrada.
Todo cerrado.
Entonces...
¿por qué sentía que ya no estaba sola?
El celular vibró otra vez.
Un mensaje nuevo.
Uno diferente.
Número desconocido.
No era ninguno de antes.
Abrí.
Y sentí el cuerpo congelarse.
Solo había una foto.
Mi puerta.
La puerta de mi apartamento.
Tomada...
desde adentro.
Editado: 26.05.2026