Se escucharon las risas masculinas en la sala de conferencias. El humo del cigarrillo se enroscaba en el aire mientras detrás no solo se veía la vista clara de la ciudad, sino también, pegada a una pizarra, la maqueta de lo que pronto sería el nuevo complejo hotelero. La reunión había terminado hacía una hora y media, pero León seguía ebrio y sin la menor intención de volver a su casa.
Nunca la tenía. No existía razón que lo obligara a regresar allí. Se sentía más cómodo entre sus amigos y el nuevo socio, que también estaba ligeramente más borracho que él.
Sus ojos recorrieron con descaro a la asistente. Una joven rubia, delgada, de cintura pequeña, que se contoneaba frente a su mirada. Se repetía que no era tan idiota como para dar el siguiente paso, pero sí lo suficiente para seguir disfrutando de la vista que ella le regalaba.
—¿Cómo está la señora Bianchi? Escuché que tuvo un accidente y permaneció semanas en coma.
Las risas se apagaron de golpe. Los rostros se giraron hacia él.
—Estás arruinando el ambiente —chirrió León, con los dientes apretados, mirando a uno de los abogados de la compañía—. ¿Por qué hablamos de mi esposa en un momento de festejo?
El abogado entreabrió los labios, avergonzado por haber roto la fiesta. Los ojos azules y fríos de León se clavaron en él. Hablar de su esposa era una de las cosas que más odiaba. Bueno, solía decirles a los desconocidos que era un hombre soltero, pero quienes lo conocían sabían bien del vínculo que lo ataba a Regina. Al fin y al cabo, ella era la dueña de la empresa, aunque llevaba todo años apartada. No soportaba los recuerdos que esté lugar le generaban: sus padres murieron en un accidente aéreo justo cuando ella terminaba la preparatoria y fue incapaz de pisar acá.
Quedó sola, rodeada de familiares que solo esperaban llevarse su trozo de pastel.
León la salvó, si es que podía llamarse así. Se casó con la mujer que ningún hombre deseaba. Con la gorda de la que todos se burlaban en el colegio, incluido él. Después de una lesión en la rodilla que le anuló la beca para la universidad, tuvo que improvisar un nuevo cambio de rumbo de su vida.
Recordó entonces cómo una de sus exnovias le había susurrado que Regina lo acosaba. Aunque si él se ponía a pensar, nunca la había visto ni siquiera en los pasillos. Y así fue como diez años después, con casi veintinueve años, manejaba toda la fortuna que los padres de ella le habían dejado.
Justo cuando él estaba a punto de hablar y retomar el ambiente, la puerta se abrió y ella se presentó ante ellos. Hubo un silencio fúnebre.
Regina tenía moretones visibles sobre su piel blanca. Llevaba un encantador vestido rojo que nunca antes se habría atrevido a ponerse. Sus pechos resaltaban y sus ojos grises estaban realzados por un delicado delineado.
—Buenas noches, señores —dijo y luego miró a su esposo con los ojos entrecerrados—. Estuve llamándote. ¿Podrías haber respondido mis mensajes siquieras?
Ingresó y cerró la puerta con suavidad. Todos los presentes, quedaron impactado, Regina estaba frente a ellos, conociendo su apariencia por primera vez.
—Estoy en una reunión. Ocupado. Ve a casa y después hablamos —respondió él, fastidiado porque todos estaban observando la escena.
—No —interrumpió molesta—. Quiero hablar contigo y con tu abogado.
Miró al hombre y le sonrió. Luego deslizó desde la esquina de la mesa de vidrio unos papeles que llegaron a la manos de él.
—Es el divorcio, León.
Se alejó un poco volteándose, lista para marcharse de ahí, sin embargo, se detuvo y giro su cabeza para observarlos.
—Muy pronto caballeros, las reuniones serán conmigo. Así que espero más cordialidad de su parte.
La boca de León estaba en el suelo y se pellizcó. Una de sus peores pesadillas se estaba volviendo realidad y supo que todo comenzó hace un mes y tres semanas atrás para ser exactos, después de las malditas vacaciones que lo cambiaron todo.
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Hola mis preciosas ¿Cómo están? ¿Listas para está nueva aventura?
Está vez venimos con Regina y León...
Una historia corta, romantica, resfrescante y llena de lección.
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