Nunca fui tuya

Aniversario de bodas.

Capítulo 2.

—Señora Novak, bienvenida. En unos minutos llevaremos sus maletas a su habitación.

Me sostiene la puerta y sonrío agradecida. Sin embargo, noto su mirada discreta hacia el interior del coche. Busca a alguien más. No dice nada, pero lo sé.

—Gracias —respondo en voz baja y me adentro en el hotel.

Hace frío a pesar de que el sol es cálido y radiante. Un fin de semana perfecto para chocolate caliente, esquiar y pasar horas agradables en spas e hidromasajes. Subo a la habitación y me quedo de piedra al ver el corazón de rosas formado sobre la cama. Hay un pequeño cartel de bienvenida junto a la clásica ropa interior comestible y diminutos paquetes de chocolate.

"Feliz aniversario, señor y señora Novak".

Me quedo unos segundos mirando las letras. Esas palabras que planeé con tanta ilusión hace semanas, cuando llamé al hotel para pedir que prepararan algo especial, que nos sorprendieran.

Sí... Feliz aniversario, Paul.

Me acerco hasta la decoración y sollozo, cubriéndome el rostro. Ese era el motivo de nuestra escapada romántica de fin de semana, celebrar el aniversario de nuestro matrimonio, sin embargo, estoy aquí, sola y sin tener una noticia de él.

Me siento en el borde de la cama sin importarme desarmar la presentación. Tomo uno de los chocolates y me lo llevo a la boca. Es semiamargo, perfecto. La escena debe de ser las más tonta, en una habitación perfumada, sentada en una cama decorada, comiendo chocolate mientras lloro.

Este se derrite lentamente en mi lengua, observo el corazón de rosas deshecho a mi lado, busco en la cartera el celular y lo enciendo. No hay mensaje. No hay llamada. La pantalla ilumina mi rostro unos segundos antes de apagarse otra vez.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

El teléfono de la habitación suena, sobresaltándome.

—Señora Novak, lamento interrumpirla. ¿Podríamos comenzar con lo programado o prefiere esperar al señor? —una voz femenina gentil, suena del otro lado.

Cierro los ojos un instante, lo programado, todo eso que planeé con tanto detalle.

—Me cambiaré y bajaré. Todo seguirá su curso.

—Perfecto, señora Novak.

Me levanto para desarmar las maletas y guardar los abrigos y la ropa. Me pongo algo cómodo y un abrigo acolchonado antes de salir de la habitación. Recorro los pasillos del hotel. A cada paso, me cruzo con parejas que ríen, se toman de la mano, pasean felices y cómplices.

Un nudo en la garganta me aprieta con fuerza. Es un resort romántico y yo estoy aquí, sola, fingiendo que no me importa.

El hotel es precioso. Las montañas se recortan imponentes tras los ventanales, y el sol todavía brilla, aunque las nubes grises advierten que no será por mucho tiempo.

—Buenas tardes, señora Novak. Soy Lucila. ¿Me recuerda? —una mujer afroamericana de unos cuarenta años me sonríe con calidez.

Le devuelvo la sonrisa.

—Por supuesto. Gracias por ayudarme con los detalles de mi aniversario... —sé qué hará la pregunta en cualquier momento, así que me adelanto, tragándome el orgullo—. Quiero ponerla al tanto, el señor Novak tuvo un inconveniente laboral y se reunirá conmigo en unas horas.

Miento, lo hago en voz baja, casi susurrando, con las mejillas encendidas de vergüenza, Lucila me observa con una expresión comprensiva.

—Se entiende, señora Novak. No se preocupe. Haré que su experiencia sea inolvidable. Yo me encargo personalmente de cada detalle —me indica el camino con un gesto amable—. Ahora acompáñeme. Vamos a dejar atrás todo eso y comenzaremos con una profunda relajación.

La sigo por el pasillo hacia el spa, mis pasos detrás, llegamos y Lucila abre la puerta de la sala de masajes, el aroma a eucalipto y lavanda me envuelve de inmediato. La luz es tenue, la música suave. Hay dos camillas preparadas, una junto a la otra, con pétalos de rosa esparcidos alrededor.

—Ahora la atenderá la masajista. Vendré a buscarla a la hora de la cena, así que relájese —me da una sonrisa—. Lo que desee, no dude en llamar.

El masaje es justo lo que necesito para empezar, relajante y profundo, de esos que deshacen nudos con firmeza, sobre la camilla con mi cuerpo semi desnudo recibí las manos firmes del masajista, que presionaron los puntos exactos.

Cuando salgo de allí, me siento extenuada y hambrienta, con ganas de comer sin importarme el mañana para después subir a la habitación, encender el jacuzzi y sumergirme en un baño caliente hasta que los dedos se me arruguen.

Al llegar al restaurante, el camarero me recibe con una sonrisa y me guía hasta una mesa junto a la ventana. La vista a las montañas es imponente, con las últimas luces del sol filtrándose entre las nubes. Me siento y ajusto la servilleta sobre mi regazo, respirando el aroma a madera y especias que flota en el ambiente.

Es hermoso, el ambiente, alrededor, es tan dulce y romántico.

Entonces la escucho. Una chica está en un pequeño escenario al fondo, con una guitarra entre las manos. Su voz es cálida y melancólica, y canta una balada de amor, dos enamorados que por fin están juntos, haciendo que las parejas alrededor, tomados de la mano, disfruten de la vela.

Un camarero diferente se acerca y deposita un sinfín de artefactos.

—Esto es un solomillo de ternera sellado al momento. Ahora voy a flambearlo frente a usted, señora.

Enciende una llama que recorre el plato en un estallido breve y controlado. El fuego ilumina mi rostro unos segundos, chisporrotea sobre la carne y se apaga dejando un aroma ahumado que me envuelve.




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