Capítulo 3.
—Es fácil, solo mueve los pies de esta forma —me dice, deslizando sus pequeños esquís sobre la nieve con facilidad.
Lo hace ver tan facil, le sonrío a la niña llamada Maga. Está a mi lado, apenas me llega a la cintura, y es la hija del guía de esquí. La escuché llamarlo papá hace un rato. Es muy dulce y se ve diminuta debajo de tantas capas de ropa abrigada, el gorro calado hasta las cejas, la bufanda que le tapa media cara, los guantes que le quedan enormes. Apenas asoman sus ojos café oscuro, brillando bajo los lentes como dos chispas curiosas.
—Como esto, ¿ves? —repite, moviendo un pie y luego el otro, y me doy cuenta de que se ha tomado mi aprendizaje como una misión personal.
—Ah, así. Claro. Así parece fácil —digo, aunque mis piernas no opinan lo mismo.
Maga suelta una risita y yo suspiro, clavando los bastones en la nieve. Hace frío, pero el sol de la mañana pega en la montaña y todo reluce. Por un momento, no pienso en Paul. Solo estoy aquí, intentando no caerme frente a una niña de ocho años que esquía mejor que yo.
—¿Cuántos hijos tienes? —pregunta de pronto, con esa inocencia directa que solo los niños se permiten.
Me quedo en blanco unos segundos.
—Ninguno —respondo, y la palabra me sabe rara en la boca—. No tengo hijos.
—Ah —dice Maga, como si acabara de resolver un misterio—. ¿No puedes? —me mira con sus grandes ojos café—. Es que aquí siempre vienen esposos y esposas y tienen hijos. Cuando no, es porque no les gustan los niños. ¿A ti te gustan los niños? —dice moviendo los pies sobre la nieve, sin dejar de deslizarse.
Si fuera por mi, tendria minimo cuatro.
—Sí me gustan —digo con media sonrisa—. Mucho.
—Entonces, ¿por qué no tienes? —insiste, inclinando la cabeza como un pajarito curioso.
Abro la boca y la cierro pensando bien en mis palabras.
—Supongo que todavía estoy esperando el momento —digo bajito.
Maga asiente, muy seria, como si entendiera.
—Bueno, cuando tengas uno, tráelo acá. Yo le enseño a esquiar —sentencia.
Sale disparada colina abajo con destreza que a mí me tomaría años alcanzar. La sigo con la mirada mientras se aleja, su figura pequeña recortándose contra la blancura de la nieve.
Cierro los ojos un segundo, como está la situación, no creo que eso ocurra en mucho tiempo, primero mi esposo tiene que estar interesado en compartir el mismo espacio físico, y segundo, tendría que verme como un interés, algo que desea…
Sonrío con tristeza y me apronto para bajar. Para eso tendría que nacer de nuevo.
Clavo los bastones en la nieve y me impulso colina abajo. El viento me da en la cara y por un momento el frío me distrae del ardor en el pecho y de que no existo en la vida de Paul.
***
Llego a la habitación y el calor me recibe como un abrazo. El frío sale disparado de mi cuerpo apenas cruzo la puerta. Voy directo al baño y preparo la tina mientras me despojo de la ropa, capa por capa. El vapor empieza a llenar el baño. Me inclino para probar la temperatura del agua y al incorporarme, me detengo frente al espejo. La superficie aún no está del todo empañada y me veo reflejada de cuerpo entero.
No me gusta lo que veo, nunca me gusta.
Mis caderas son anchas, demasiado redondas y muslos se tocan entre sí, gruesos. El vientre blando con brazos que no son finos ni delicados. Mi cabello, castaño y largo, cae sobre mi espalda sin gracia y oscuro.
—Una jodida gorda —murmuro con una sonrisa amarga, sin apartar los ojos del reflejo.
Me meto en la tina y dejo que el agua caliente me cubra hasta el cuello, cerrando los ojos suspiro, dejo que el vapor me envuelva. Debería de probar, el medicamento que Paul sugirió.
Podría probarlo y quizá él me miraría distinto, si adelgazo, quizá entonces Paul me vería como lo que soy, su esposa y quizá entonces no le daría vergüenza aparecer conmigo en cualquier lado. Abro los ojos y observo el techo fijamente, las lágrimas mezclándose con el vapor.
¿En qué me convertí? ¿Qué es está mujer? Dios, querer cambiar solo para que él me miré, solo para existir frente en sus ojos y no seguir sintiéndome de está forma, sola e invisible.
Un ruido repentino me despierta de golpe, creo que me había quedado dormido en la tina, el vapor ya se fue y el agua está casi fría. Salgo envuelta en una bata, al cruzar la puerta del baño, lo encuentro.
Paul está ahí, en la habitación, dejando la maleta sobre la cama de una forma malhumorada, tiene el teléfono pegado a la oreja y se ríe. Me quedo quieta, con la bata pegada al cuerpo húmedo, él gira la cabeza y sus ojos se clavan en mí, su sonrisa se borra al instante.
—Después te llamo —murmura al teléfono y cuelga—. ¿Puedes pedir algo para comer? Fue un viaje largo y estoy hambriento.
Hay una ligera emoción de que él esté acá por fin.
—Sí, deja que termino de vestirme —respondo con una sonrisa.
Voy hasta el armario y busco la ropa que colgué, un jean y una blusa floreada. Me visto rápido y me ato el cabello, observándome un segundo antes de salir.
La blusa me queda bien o al menos eso quiero creer, así que regreso a la sala, él está ahí, expectante.
Después de media hora, estamos los dos sentados a la mesa, el camarero acaba de traer los platos y el aroma a carne llena el pequeño comedor de la habitación.
Paul corta su porción con movimientos precisos, la mandíbula apretada y la vista en el celular que no ha soltado desde que llegó.
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segundas oportunidades, amnesia, empoderamiento y trampas femeninas
Editado: 13.05.2026