Nunca fui tuya

Desaparecida.

Capítulo 4.

Paul.

—No le cerraba la ubicación, estaba obstinado y no dejaba de decir que el informe ambiental marcaba riesgos, que todavía no tenía luz verde, quería replantearlo.

—Ese terreno es estratégico, no vamos a frenar por un informe preliminar. La inspección se va a destrabar y la habilitación también. Necesito ese proyecto en marcha cuanto antes.

Dejé la taza de café con un golpe seco en la mesita a mi lado y me incorporé para observar la oscuridad por la enorme ventana. Estaba cayendo nieve y parecía que lo haría durante toda la noche, había un viento que mecía los árboles con fuerza. El paisaje era imponente ante mis ojos.

—Ese terreno lo compré por una razón, mi intuición no falla y no voy a perder millones por burocracia. Así que espera a la reunión del martes y hablaré directo con él.

—Paul, ¿y si...?

—El martes, Logan.

Le corté antes de que me desesperara más. Me llevé los dedos al puente de la nariz y presioné. Ese nuevo proyecto me tenía agotado, apenas se acomodaba algo y aparecía otro obstáculo para frenarlo.

Me dejé caer en el sofá, apoyé los pies sobre la mesita y mis ojos fueron directo al mensaje sin responder. Dolce. Una exnovia de la preparatoria con la que tuve un romance corto, intenso y fugaz. Cada vez que subía una foto mostrando su cuerpo esbelto, me enviaba otra en privado, sugerente, provocadora, y esta no fue la excepción.

Abrí la imagen sin expectativa, la observé unos segundos, muy linda, si, más allá de eso no me interesaba. Era una loca buscando atención, siempre lo fue, aunque estuviera buena.

Cerré el chat sin responder y volví a mirar hacia la ventana. Estaba oscuro y era un poco extraño que Regina no hubiera regresado, aunque no me preocupaba. Después de la pelea supuse que prefirió quedarse en otro lado.

Me excedí con ella, lo sabía, pero insistió tanto en ese patético viaje que me hizo explotar. No entendía todo lo que dejaba de lado, como si el dinero cayera del cielo. Para ella habría sido así, nacer en cuna de oro, mantener las uñas intactas y no sudar. Debería agradecerme por mantenerle la empresa a flote, por seguir a su lado a pesar de todo.

Tenía que fingir que me importaba, cuando no lo hacía. Lo único que me mantenía casado era la empresa y si todo seguía como ahora, pronto sería completamente mía. Se la quitaría de las manos, la dejaría y me divorciaría sin pensarlo un segundo.

—Eres tan ingenua —arrastro en voz alta.

De pronto la puerta se abrió de golpe, el picaporte chocó con la pared como si un viento agresivo la hubiera empujado. Me levanté extrañado y me acerqué al pasillo, no había nadie, cerré la puerta con el ceño fruncido.

Muy raro.

Volví al sofá y me serví otro café. Estaba tibio ya, lo bebí de un trago mientras revisaba otra vez el celular y apoyé la cabeza contra el respaldo cerrando los ojos un momento y antes que pueda darme cuenta, estoy durmiéndome.

Cuando desperté, la habitación estaba silencio, vacía, el reloj marcaba casi las diez. Me incorporé despacio, con el cuello entumecido por la mala postura.

Tenía hambre.

Me eché el abrigo por encima y bajé al restaurante. Ya estaba casi vacío a esa hora, solo alguna pareja de enamorados en un rincón y el personal recogiendo las mesas. Me senté directamente en la barra y pedí un sándwich y un whisky.

La música de fondo era un jazz suave, apenas un murmullo que acompañaba sin molestar. Me quedé ahí, masticando despacio, bebiendo a sorbos cortos, con la mirada perdida en las botellas alineadas detrás de la barra.

Todo estaba tan tranquilo.

Cuando terminé, firmé la cuenta y subí de vuelta a la habitación, fruncí el ceño, todavía no hay rastro de Regina.

Me di un baño rápido y con una bata salí, abriendo la computadora sobre la cama y me acomodé contra las almohadas, para trabajar. Tenía correos acumulados, informes por revisar y el trabajo no esperaba por mí.

Terminé el whisky y dejé el vaso en la mesita de noche. El sueño me pesaba en los párpados después del baño caliente y la comida. Cerré la computadora sin molestarme en apagar la lámpara. Me dejé caer de lado sobre la cama tomándome toda la cama para mi y acomodándome debajo de la colcha cálida.

Regina no había vuelto y no me importaba. Debe de estar su habitual berrinche por ahí. Cerré los ojos y me dormí en cuestión de segundos, con el celular en silencio sobre la mesita y la cama vacía a mi lado, como todas las noches.

***

A la mañana siguiente, me desperté temprano, apenas el sol empezaba a filtrarse por las cortinas, me estiré sin prisa, ocupando todo el colchón, y me quedé unos segundos mirando el techo antes de incorporarme. Hoy me iba, regresábamos a la ciudad. Me vestí, un suéter de lana negra y los pantalones de vestir que había colgado la noche anterior, después de lavarme los dientes, ajusté el manos libres y marqué el número de mi secretaria mientras bajaba hacia la planta baja.

—Buenos días, Paul —la voz de Clara sonó clara y eficiente al otro lado.

—Buenos días, Clara. ¿Qué tienes para mí?

—La agenda está cargada, nada que no puedas manejar. A las once tienes la videollamada con los inversores, a la una el almuerzo con el abogado, y a las cuatro te esperan en la obra para la inspección. ¿Te confirmo todo?

—Confírmalo, y agrégame una reunión con Logan a primera hora del miércoles. Quiero verle la cara cuando le diga que el proyecto sigue adelante.




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