Capítulo 5.
Paul.
Dejé el coche en el estacionamiento y seguí la línea de entrada. Las puertas automáticas se abrieron y la recepción del enorme hospital privado me recibió con su olor a desinfectante y su silencio de catedral. Caminé directo al mostrador y di un golpecito en el vidrio para llamar la atención de la recepcionista.
—Me llamaron. Trasladaron a mi esposa desde el hotel Celestia Mountain Lodge. Su nombre es Regina Novak —dije, con voz neutra.
La mujer tecleó sin concederme una sola sonrisa amigable.
—En cuidados intensivos, habitación 75. Avisaré al médico que un familiar llegó. Lo estábamos esperando.
—Sí, gracias.
¿Cuidados intensivos? Resoplé por lo bajo. Llegar al piso fue relativamente fácil. Pasillos blancos, puertas cerradas, nombres escritos al costado de cada una. Me detuve en la setenta y cinco, antes de que pudiera ingresar, escuché una voz masculina a mi espalda.
—¿Usted es el esposo de la señora Novak?
Me volteé. Era un hombre bajo, calvo, con unas enormes gafas de carey. Llevaba una bata blanca con el nombre “Doctor Fernández" bordado en el bolsillo, superior con letras negras. Me estiró la mano.
—Sí, doctor. Paul Novak.
—Lamento mucho el accidente —dijo, y se movió hacia la puerta para abrirla—. Su esposa sufrió un traumatismo craneoencefálico severo. La encontraron con hipotermia avanzada. Estuvo demasiadas horas expuesta en el bosque antes de que la rescataran.
Me quedé callado. Mis ojos se clavaron en la mujer entubada que tenía frente a mí. Regina. Su rostro estaba pálido como la cera, con ojeras azules profundas, y toda su piel parecía amoratada. Se veía muy mal. Una venda enorme le envolvía la cabeza y el latido de su corazón sonaba en la habitación silenciosa, monótono, constante.
Nunca imaginé verla así. Ni siquiera en mis peores momentos de indiferencia.
—¿Ella va a sobrevivir, doctor? —pregunté en voz baja.
El médico bajó apenas la mirada antes de continuar.
—Ahora mismo está en estado crítico. Tiene una contusión importante en el lado derecho del cerebro y presenta edema cerebral. La presión intracraneal aumentó considerablemente cuando ingresó. Tuvimos que intubarla para ayudarla a respirar y mantenerla sedada.
—No entiendo. ¿Qué significa eso?
—Que su cuerpo está luchando. La contusión produjo un sangrado y el cerebro reaccionó inflamándose. En este momento, ella depende completamente del soporte vital y de cómo responda durante las próximas veinticuatro a cuarenta y ocho horas.
¿Así que había una posibilidad de que no despertara? Me guardé las manos en los bolsillos del pantalón.
—¿Ella podría entrar en coma? —cuestioné, asegurándome de entenderlo todo.
El médico sostuvo un silencio tenso antes de responder.
—Si la presión sigue aumentando, sí, y si eso ocurre, el daño neurológico podría ser irreversible.
Irreversible. La palabra me resonó en la cabeza. No quiero tener una discapacitada a la que cuidar. Miré al doctor, sobrepasando en mis opciones, dejando que leyera entre líneas lo que no iba a decir en voz alta, prefiero que ella muera a tener que lidiar con una discapacidad toda mi vida.
—¿Qué van a hacer?
Se acomodó las gafas sin perder el profesionalismo.
—Estamos intentando estabilizarla, señor Novak. Existe la posibilidad de que tengamos que inducir un coma terapéutico para reducir la actividad cerebral y darle una oportunidad de recuperarse.
Cierro un segundo los ojos,
—¿Un coma inducido?
—Sí. Necesitaríamos su autorización para proceder si su estado empeora.
El médico cerró la carpeta clínica con un golpe suave.
—Voy a ser sincero con usted. Las próximas horas van a definir si su esposa vive y en qué condiciones podría despertar. Está exclusivamente en sus manos, así que sería bueno que hable con otros familiares al respecto —me dio un breve toque en el hombro y salió de la habitación, dejándome a solas con el cuerpo inerte de Regina.
Me quedé allí de pie, rodeado por el olor a alcohol etílico, por el ruido rítmico del monitor, por el tubo que salía de su boca y el cableado que la conectaba a las máquinas. Me volteé y salí de la habitación sintiéndome un poco sofocado. Un sudor leve me humedecía la piel. Tomé asiento en el primer banco del pasillo.
¡Mierda, Regina! ¿Qué se supone que deba hacer? ¿Cargar contigo o cargar con tu muerte?
Agaché la cabeza y me acaricié la sien, estresado. La mejor opción que se me ocurría era que ella simplemente se fuera al cielo. Sí. Que quedara con secuelas no era una opción para mí. No iba a ser el enfermero de nadie y no iba a arrastrar a una inválida el resto de mi vida.
Exhalé un suspiro largo y me pasé la mano por el rostro.
—¿Señor Novak?
Levanté la cabeza sin levantarme del banco. Había dos hombres frente a mí, trajeados, con placas en la mano.
—¿Sí? —pregunté, confundido.
—Somos el detective Monson y el detective Maity. Lamentamos la situación de su esposa.
Me incorporé despacio. El tal Monson era alto, de hombros anchos y mandíbula cuadrada, con ese aire de policía de película. El otro, Maity, era más bajo y delgado.
—¿Detectives? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Qué hace la policía acá?
—Solo unas preguntas de rutina, señor Novak —dijo Monson con tono profesional—. Cuando hay un accidente de esta magnitud, sobre todo en una zona turística, se abre un expediente. ¿Podemos hablar un momento?
#31 en Novela romántica
#12 en Chick lit
segundas oportunidades, amnesia, empoderamiento y trampas femeninas
Editado: 13.05.2026