Nunca fui tuya

Desheredado.

Capítulo 6.

Paul.

Tres años. Tres años atrás había cancelado el seguro. A mis espaldas, sin decirme una sola palabra. La mujer que yo creía ingenua había ido sola a la aseguradora y había firmado la cancelación de cinco millones de dólares. Cinco millones que ya no existían, cinco millones que nunca serían míos.

Levanté la vista hacia su cuerpo inerte tras el vidrio.

—¿Qué más me has ocultado? —murmuré enojado con la mandíbula apretada.

Tomé el abrigo y salí del hospital, necesitaba respuestas. Necesitaba saber qué más me había ocultado.

Veinte minutos después, estaba entrando en la oficina de Richard Murray. Richard era amigo, de los de verdad o al menos de los que convienen. Jugábamos al golf juntos, compartíamos whisky y puros, y me debía más de un favor.

—Paul —dijo al verme entrar, levantándose de su sillón de cuero—. Gratificante visita ¿Cómo te va?

No tenía hoy tiempo de socializar.

—Regina tuvo un accidente. —escupí.

Richard frunció el ceño y rodeó el escritorio para darme una palmada en el hombro en compasión.

—¿Un accidente? ¿Qué pasó? —preguntó tomando asiento en su lugar, detrás del elegante escritorio, detrás fotos familiares, foto de él pescando.

—¿Te acuerdas las estúpidas vacaciones que quería? Bueno, tuvo un accidente ahí n la nieve. No sé, se perdió en el bosque y ahora está en cuidados intensivos. Los médicos no saben si va a despertar o que va a suceder.

—Mierda, Paul... —masculló, señalándome la silla frente a su escritorio—. Lo lamento hermano ¿Quieres algo de beber?

—Si, un café.

Asentí, dejándome caer en el asiento. Richard fue hasta la esquina donde tenía la cafetera y sirvió dos tazas. Me alcanzó una sin preguntar cómo lo tomaba. Ya nos conocíamos.

—Te escucho, cuéntame todo —murmuró.

Richard me escuchó en silencio, sorbiendo su café de a ratos, sin interrumpir. Cuando terminé, dejé la taza en la mesa y lo observé directo a los ojos.

—Necesito que me expliques la situación. ¿Qué pasa si Regina no sobrevive?

Le pidió a su secretaria algo por él telefono y ella entró después de varios minutos con unos documentos que dejó sobre su escritorio, me sonrió al irse.

—Como esposo, estás autorizado para acceder a cierta información patrimonial en caso de incapacidad médica de Regina. Algo ya puedo adelantarte —dice con profesionalismo.

—Adelántamelo entonces, sin vueltas, Robert.

Richard pasó una página. Su expresión cambió apenas, la reconozco bien y supe al instante que lo que venía no me iba a gustar.

—Hace seis meses, Regina modificó su testamento y reorganizó gran parte de sus activos.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

—¿Qué carajo significa eso?

—Que ya no eres el heredero principal de su fortuna, Paul —su voz está tensa.

Silencio. El zumbido del aire acondicionado se volvió ensordecedor. Observé a Richard, esperando que se riera, que me dijera que era una broma.

—¿Y si se muere?

Entrelazó las manos sobre el escritorio, se pasa las manos por el cabello y hay un ligero cambió en el movimiento de su mandíbula.

—Mientras Regina siga con vida, aunque esté en estado crítico, las cosas siguen bajo las disposiciones que ella dejó. Si fallece, el fideicomiso familiar toma el control de todo.

—¿Y yo qué mierda recibo?

Otra pausa, más larga que la anterior.

—Prácticamente nada, Paul.

Me quedé inmóvil, el corazón se me detuvo. La taza de café humeaba frente a mí, intacta. Cinco millones cancelados, el testamento modificado y Los activos reorganizados. Debe de ser una pesadilla. Entonces exploté, me levanté de la silla con tal fuerza que las patas chirriaron contra el suelo y golpeé el escritorio con la palma abierta.

—¿Por qué carajo no me dijiste nada de esto, Richard? —le exigí, furioso.

Richard no se inmutó. Se sacó las gafas y me miró con calma, apreté los puños.

—Es mi cliente, Paul. Si te estoy dando esta información ahora es porque ella me autorizó. Me dijo: "Si algo me pasa, explícale a Paul la situación". Y eso es lo que estoy haciendo.

—¿Te dijo eso? ¿Cuándo?

—Hace seis meses. Cuando modificó el testamento.

Apreté los puños sobre la mesa.

—¿Acaso tienes algo que ver con el accidente? —preguntó de pronto, escrutándome con una seriedad.

Abrí la boca sorprendido, por la acusación. De pronto, todo el mundo parece estar apuntándome con el dedo.

—¡No, mierda! ¡Fue un accidente! —le grité.

Tomé el abrigo del respaldo y salí de allí furioso, sin despedirme, azotando la puerta al salir.

Si ella muere, no obtendré nada. Nada más que el dinero que ya está en mi cuenta. La empresa quedará en manos de un fideicomiso. El seguro no existe. El testamento me borra. Todo por lo que trabajé, todo lo que soporté, todos estos años fingiendo amarla ¿Para qué mierda?

Quedar en la calle. No, no puedo permitir volver a mi vida de antes.

Me apoyé contra la pared del pasillo y respiré hondo, una, dos veces. Regina, la estúpida, que no entendía nada, me había ganado la partida sin que yo me diera cuenta. Y ahora, si se moría, me dejaba en la calle.

Y si despertaba…

Maldita seas. Maldita mil veces.

Llegué al hospital con el pecho ardiendo y las palabras de Richard todavía retumbándome en la cabeza. Sin seguro, sin herencia, sin nada.

Si Regina se moría, yo estaba acabado… Sería mi fin.

Recorrí los pasillos casi corriendo, esquivando camillas y enfermeras, hasta que lo vi. El doctor Fernández salía de una habitación con su bata blanca y su carpeta bajo el brazo.




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