Nunca fui tuya

Prestamista.

Capítulo 7.

Paul.

—¿Mamá? —pregunté incrédulo.

Dejé el café en la mesa al verla entrar con un bolso colgado del brazo, atravesando la sala hacia el comedor como si la casa fuera suya. Genial, lo que me faltaba. Mi familia revoloteando alrededor.

—No podía seguir sentada en casa con lo de Regina, necesito estar acá. No duermo de la preocupación. ¿Has sabido algo? —se acercó para darme un beso en la frente—. Me imagino cómo estás.

Por el mismo lado ingresó papá, cargando dos maletas con la ropa desordenada, como si hubiera salido corriendo de su propia casa. La camisa a medio arremangar, el cabello revuelto.

—Sí, devastado —comenté, bebiendo café a sorbitos.

Me llegó un golpe seco en la cabeza, me froté molesto.

—Intenta ser más demostrativo —gruñó mamá, fulminándome con la mirada.

—Sí, mamá —respondí con la mandíbula apretada.

Me froté la nuca, fastidiado, no me gusta que estuvieran acá sin avisarme. Justo ahora, en este momento.

—Tus hermanas también querían venir, pero no tenían con quién dejar a tus sobrinos. No estás solo, te ayudaremos con los cuidados de Regina. ¿Con quién está ahora?

Éramos la empleada y yo. Bueno, la empleada, quién es su única amiga y es así, porque le pagamos.

—Con Angie.

Ya han pasado dos semanas y tres días desde que Regina está en cuidados intensivos bajo un coma inducido. Dos semanas y tres días desde que los médicos decidieron sedarla para reducir la presión cerebral y ahora parece que están preocupados. Hay algo nuevo. Algo sobre la falta de oxígeno que se produjo en su cerebro después del golpe contundente.

No me han dicho mucho más.

—Quiero ir a cuidarla. ¿Puedo ir? —preguntó mamá suavemente, le tiene un amor maternal a Regina, por la situación de ella, que no tiene padres y todo ese asunto.

—Claro, mamá. Ve cuando quieras.

—Me voy a cambiar entonces —anunció, y desapareció escaleras arriba con su bolso, dejándome a solas con papá y con el café que ya estaba tibio.

Papá se sentó frente a mí, apoyando los antebrazos en la mesa. Me observó con tristeza, debajo de sus gafas plateada, intentando llegar a mí. Se vino un sermón.

—¿Cómo estás, hijo? En serio.

—Bien —respondí automático.

—Paul —estiró la mano y me agarró del hombro—. Sé que es difícil. No quiero ni imaginar por la situación que estás pasando. Hemos rezado con tu mamá desde que nos llamaste. Se va a mejorar, con mucha fe lo hará. Pobre chica, es tan dulce y...

—Quiero terminar de desayunar, por favor —le corté.

Papá retiró la mano despacio, sin ofenderse, y volvió a apoyar los antebrazos en la mesa. Seguí desayunando.

Mis padres estaban felices con Regina. La adoraban. Para ellos, era la nuera perfecta, dulce, callada, de buena familia. Y querían creer que mi matrimonio era igual al de ellos, no tenían ni idea.

Mi situación no era la suya, mi matrimonio estaba a años luz de ser lo que ellos tenían y jamás lo sería a está altura.

Papá está enamorado de mamá desde que tengo memoria. Mantienen una unión sólida, de esas que resisten todo. Han pasado momentos buenos y malos juntos, y ahí siguen, tomándose de la mano a los sesenta y pico como dos adolescentes.

Eso es amor o lo que la gente llama amor.

En cambio, yo... no puedo decir si alguna vez amé verdaderamente a Regina, no, jamás lo hice, lo sostengo.

Es triste, quizá, porque al principio deseé que así fuera.

Cuando la conocí, cuando me casé con ella, pensé que el amor llegaría solo, pero esa mujer nunca tuvo lo necesario para hacerlo.

No despertaba nada y no pudo hacerlo.

Así que nunca me he enamorado. De ella ni de nadie. No sé lo que se siente. He visto a mi padre mirar a mi madre como si el mundo se acabara en sus ojos, y yo jamás he podido imitar eso.

Supongo que viviré el resto de mi vida infeliz.

—Tengo que ir a trabajar —dije, dejando la servilleta sobre la mesa.

Papá me observó como si acabara de decir una locura.

—¿Es necesario? Puedes descansar. Con tu madre nos encargamos.

—Estoy bien. La empleada ha cuidado muy bien de Regina. Alguien debe seguir facturando dinero, papá —murmuré, abrochándome el saco frente al espejo del recibidor.

—No todo es dinero, hijo. La vida de tu mujer es más importante.

Oculté la mueca.

—Dices eso porque tú y mamá siempre se han conformado con vivir el día —anuncié, ajustándome los puños de la camisa—. Nunca han aspirado a más que ser clase media.

Papá se acomodó las gafas despacio, calmado.

—Y hemos sido felices. No se necesita tanto dinero para ser feliz.

—Claro, como digas —le palmé la espalda al pasar, apenas un roce, y tomé las llaves del coche de la mesa de entrada—. Nos vemos en la noche, papá. Diviértete.

Salí sin esperar una respuesta de su parte, no entendían lo que implicaban tener más que solo para pagar las cuentas y alimentación, para ellos eso había sido la vida, por eso no entendieron cuando mi mundo se vino abajo por la lesión en la rodilla que me imposibilitó calificar para una beca universitaria. Quería más que trabajar en algo decente para apenas llegar al mes, quería ser más.

Al llegar a la oficina, todo parecía normal. Las luces encendidas, el café recién hecho, el zumbido de las computadoras. Pero apenas me senté frente al escritorio, Clara apareció en la puerta con una carpeta y una expresión que no me gustó nada, cerró la puerta a su espalda.

Apenas comenzamos el día, que sean buenas noticias.




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