Capítulo 8.
Paul.
Hace dos tardes sacaron a Regina del coma inducido. Aún no ha pasado nada. Sigue con el respirador y no ha despertado. Ya han pasado un mes y dos días desde el accidente, y yo estaba jodidamente aterrado, porque en estos días se definía también mi futuro. Si ella no despertaba, me darían la posibilidad de desconectarla.
Regina moriría.
Me quedaría con la deuda de Frank y sin un puto centavo.
—¿Estás bien? —mamá ingresó a la cocina. Dejé de revolver el café para observarla.
—Sí.
Caminé hacia la heladera y coloqué un poco de leche en la taza, para después meterla en el microondas. Estábamos a mitad de la noche. Papá estaba con Regina en el hospital, desde hace semanas se turnaban entre los dos.
—Es triste, ¿no crees? Que ningún familiar de ella la haya visitado un solo día —dijo mamá suavemente, mientras se sentaba en el taburete.
—Nunca han estado en su vida. No es algo que me afecte después de tanto. Son una escoria.
Ella sonrió. Tiene arrugas cuando sonríe, pliegues a los costados de los ojos.
—Es una buena mujer. Y estoy orgullosa de que hayas decidido cuidarla. Fue duro para ella perder a sus padres de esa forma. Bueno, nadie debería pasar por eso.
Me quedé en silencio, oyendo la compasión que tiene mi mamá por Regina.
—Es tarde. Deberías ir a descansar —dije, caminando hacia el microondas para abrirlo después del pitido.
—Sí... —bostezó, apretando la bata contra su cuerpo—. Tengo fe de que mañana despertará.
—Mañana tengo que ir a Boston. Tengo que reunirme por un proyecto.
—Estás trabajando demasiado. Eso, más lo de Regina... es demasiado —se acercó y me abrazó, apoyando su rostro en mi cabeza—. No te olvides de ti, de tus emociones, de que eres humano. Hay veces que se te olvida que hay más en esta vida que eso que ambicionas. Más, y tarde o temprano lo descubrirás. Espero que no sea por las malas.
Me palmeó la espalda y se fue.
Me quedé solo en la cocina, con la taza humeante entre las manos y pensando en sus palabras. No sé si por la hora o porque su voz era tierna y firme, como si viera por encima de mí, como si supiera que la vida me ha consumido en la oscuridad.
Mis emociones, mi humanidad...
Está corrompida.
Hace mucho que dejé de ser el hombre que mi madre cree que soy o quizá nunca lo fui, si yo quizá nací con esta ambición retorcida y solo necesitaba el ambiente adecuado. El dinero, el poder y el control, eso era lo único que me importaba ahora mismo.
Apuré el café de un trago y apagué la luz de la cocina, mañana viajaba a Boston e intentaría salvar lo que quedaba del dinero que poseía en mi crédito personal. Debía tener un respaldo antes de que la fe de mi madre se acabará para Regina.
***
—¿Necesitas compañía?
La música se vio interrumpida por una voz femenina a mi lado. No estaba de humor. Boston había sido una mierda. La reunión, por alguna razón, había salido mal. Bueno, todo había salido mal en los últimos días. Así que estaba allí, ahogándome en alcohol en el bar del restaurante, con las manos apoyadas en la barra, agotado.
Al voltear la cabeza, la vi. Era una mujer joven, de cabello castaño y una sonrisa agradable. Tenía los ojos brillantes, vestía un vestido ajustado, azul satinado, y sostenía una copa de vino blanco entre los dedos.
—No —respondí, y volví la vista al vaso de whisky que tenía frente a mí—. No necesito compañía, gracias.
—Todos los que están solos en una barra a esta hora necesitan compañía —dijo, y se sentó en el taburete de al lado sin pedir permiso—. Solo que no siempre lo saben.
—Mira, aprecio el gesto, pero...
Extendió una mano.
—Me llamo Erin. Y tú tienes cara de que alguien debería escucharte, o al menos distraerte. No busco nada, solo hablar.
La observé de reojo. Era insistente y bonita, y yo estaba demasiado borracho para seguir discutiendo con una desconocida en un bar de Boston. Así que levanté mi vaso y brindé en el aire, sin mirarla.
—Paul.
—Paul —repitió, saboreando mi nombre—. Bien, Paul. ¿Qué te trajo a Boston? ¿Negocios o placer?
—Negocios. Y salieron mal.
—Entonces necesitas otra copa. Y yo te acompañaré, el vino ya no es lo mío.
La luz de la mañana me golpeó en el rostro. Abrí los ojos de a poco, con la boca pastosa y la cabeza a punto de estallar. Joder ¿Dónde estoy? Las sábanas eran blancas, ajenas, y cuando intenté moverme, noté que estaba desnudo. Solté la sabanas dejándola caer. Parpadeé varias veces, tratando de ubicarme.
Al levantar la cabeza, la vi. Erin estaba allí, envuelta en una bata corta, con el cabello revuelto y una pequeña sonrisa.
Sostenía un vaso de jugo de naranja en la mano.
—Buenos días, Paul —saludo y extendió su vaso a mi dirección—. Toma, creo que lo necesitas.
Me incorporé despacio, apoyando la espalda contra el respaldo de la cama. Acepté el vaso sin decir nada y bebí un sorbo. El jugo estaba frío. Ella se sentó en el borde del colchón y me observó.
—Anoche hablaste mucho —comentó.
Hago una mueca.
—No recuerdo nada.
Volví a beber otro sorbo.
—Eso imaginé, no te preocupé. No hiciste nada de lo que tengas que arrepentirte. Solo hablamos y es todo. No me acuesto con hombres casados y —señala mi cuerpo—. Tuve que sacarte la ropa, no me gusta la ropa del día en ella y la puse a lavar, estará limpia en un rato.
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segundas oportunidades, amnesia, empoderamiento y trampas femeninas
Editado: 02.06.2026