Nunca Fuimos Nosotros

PRÓLOGO

PRÓLOGO

Las luces de la fiesta se mezclaban frente a mis ojos como manchas de colores imposibles de distinguir. Alguien reía cerca de mí. Alguien intentaba decirme algo...pero yo....yo no escuchaba nada.

Seguí bebiendo.

Una copa más.

Y luego otra.

Como si el alcohol pudiera hacer desaparecer su nombre.

Como si pudiera arrancarme de la cabeza la forma en que sonreía cuando intentaba ocultar algo.

Como si pudiera olvidar a....Raisa.

Pero no funcionó.

Porque estaba en todas partes.

En cada canción.

En cada silencio.

En cada pensamiento que intentaba evitar.

Me levanté tambaleándome y busqué mi celular.

No sabía si quería escuchar su voz o simplemente asegurarme de que seguía ahí.

La llamé.

Esperé.

Y entonces escuché:

—El número que marcó no existe.

Fruncí el ceño.

Volví a marcar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Nada.

La misma voz.

El mismo mensaje.

El mismo vacío.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Salí de la fiesta sin despedirme de nadie.

Corrí.

No sabía hacia dónde.

Solo corrí.

La lluvia comenzó a caer antes de que pudiera darme cuenta.

Abrí nuestro chat.

Mis manos temblaban.

Empecé a escribir.

Borré.

Volví a escribir.

No sabía qué decir.

Porque las palabras que debía haber dicho llevaban demasiado tiempo llegando tarde.

¿Puede alguien desaparecer tan rápido?

¿Puede alguien cansarse de esperar?

Caí de rodillas sobre el pavimento mojado.

La pantalla del celular se volvió borrosa.

No sabía si era la lluvia o las lágrimas.

—No...no hagas esto.

Y entonces la recordé.

La última noche.

La última vez que la tuve tan cerca que por un momento creí que todavía podía arreglarlo todo.

Estábamos acostados en su cama.

La habitación permanecía en silencio.

Solo podía escuchar su respiración.

La rodeé con los brazos y la acerqué un poco más a mí.

Como si eso fuera suficiente.

Como si pudiera retenerla de esa forma.

—Te quiero, señorita.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba apenas.

—Solo cuando estás ebrio.

—No.

Tragué saliva.

—Yo siempre te he querido.

Ella soltó una pequeña risa.

Pero no tenía nada de alegría.

—No lo suficiente como para elegirme.

No supe qué responder.

La abracé con más fuerza.

—Raisa, yo...

—Debes irte antes de que amanezca.

Se giró para darme la espalda.

Sentí un nudo en la garganta.

Intenté acercarme otra vez.

Intenté aferrarme a ella porque no estaba listo para...una última vez.

Entonces escuché:

—¿Por qué la elegiste a ella?

El mundo pareció quedarse inmóvil.

Durante unos segundos observé el techo.

Buscando una respuesta que no tenía.

—No la elegí.

Raisa se giró lentamente.

Sus ojos encontraron los míos.

—¿Entonces?

Bajé la mirada.

—Solo pasó.

El silencio que siguió fue insoportable.

—Yo... no quería lastimarla.

Raisa permaneció inmóvil.

Tan inmóvil que por un instante pensé que no había escuchado.

Hasta que habló.

—Entonces elegiste herirme a mí.

No hubo gritos.

No hubo reproches.

Solo esa frase.

Y fue suficiente.

Porque no encontré ninguna forma de decirle que estaba equivocada.

Ni ninguna forma de demostrar que tenía razón.

Fue lo último que recuerdo.

Sus palabras siguieron persiguiéndome durante días.

Durante semanas.

Tal vez durante mucho más tiempo...y ahora estaba aquí sin ella.

—Luriel...




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