Nunca Fuimos Nosotros

PELEAS DE NIÑOS...

CAPITULO 2

Las actividades continuaban y una de las profesoras, con un entusiasmo que no compartí, anunció que aprenderíamos a preparar pachamanca. Una comida que se cocinaba bajo tierra.

El ambiente estaba relajado, casi festivo. El sol brillaba sin reservas y lo único realmente bueno de todo aquello era que no habría clases.

Yo estaba al lado de Derek cuando Lexy se acercó con una sonrisa demasiado animada para mi gusto.

—Deberíamos ayudar a nuestros compañeros —propuso.

Miré a lo lejos. El grupo parecía desenvolverse bien sin nosotras.

—No creo que nos necesiten —respondí, sin darle demasiada importancia.

Lexy insistió. Derek, después de pedirle que me cuidara, se fue. Yo dudé unos segundos antes de aceptar. No tenía nada mejor que hacer.

Fue entonces cuando escuché su nombre.

Luriel.

Lexy lo llamó y, sin advertirme, me pasó el teléfono.

—Habla tú.

Lo tomé, algo desconcertada.

—Hola… soy Raisa. Estamos con Lexy. Queremos ayudar. ¿Dónde están?

La respuesta llegó tras una breve pausa, con un tono tranquilo, casi indiferente.

—Estamos en el bosque.

—Está bien. Vamos para allá.

Corté sin hacer más preguntas.

No conocía a muchos del grupo. Solo a Frank, amigo cercano de Luriel, con quien tenía algo más de confianza.

Ese día había cometido un error básico: casaquilla negra, tacones y bolso. Claramente no era el atuendo ideal para internarse en un bosque.

Cuando llegamos, la voz de Frank nos guió. Caminé con cuidado, midiendo cada paso.

Luriel recogía ramas con facilidad. Frank se movía entre los árboles como si conociera el terreno desde siempre.

Cuando Luriel me vio, apenas sostuvo la mirada antes de decir:

—Creí que vendrían hombres.

Algo se tensó en mí de inmediato.

Crucé los brazos y sonreí, no por diversión, sino por orgullo.

—También podemos cargar ramas. No parece tan complicado.

—Mmm… —murmuró—. No lo sé.

Rodé los ojos.

Lexy intentó convencerme de recoger algunas, pero negué con la cabeza.

—¿Esperas que cargue eso? Puedo ayudar, pero no así, además, ¿como llevaremos eso?

—En el brazo —respondió Lexy, como si fuera lo más obvio del mundo.

Definitivamente no.

Lexy se unió a Luriel. Yo me quedé cerca de Frank, tomando fotos del lugar. Al final, llevé algunas ramas, más por compromiso que por entusiasmo.

Después de un rato, Luriel cargó todo lo reunido.

—Con esto basta.

Frank y Lexy lo ayudaron. Yo caminé unos pasos detrás.

Frank se giraba de vez en cuando, atento a que no tropezara. Se lo agradecí en silencio.

En medio del camino, Luriel murmuró algo.

—No importa… —dijo, sin detenerse.

—¿Qué pasó? —pregunté a Frank.

—Se cortó —respondió.

—¿Está bien?

—Sí.

Eso fue todo.

El regreso fue agotador. Llevaba un paraguas para protegerme del sol. Frank lo sostuvo por mí hasta llegar al grupo.

—Gracias —le dije.

Apenas llegamos, me alejé. No disfruté la actividad ni el campo. Me senté con Ariana, esperando que el día terminará.

Pero Axel inició una conversación.

—¿De qué colegio vienes?

—De uno particular —respondí—. Nunca estudié en un estatal.

No le di mayor importancia a mis palabras… hasta que escuché la voz de Luriel.

—Ah… o sea que eres pituca.

Lo miré, sin disimular la molestia.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada —respondió—. Solo que ahora todo tiene más sentido.

—¿Más sentido?

—La actitud. Cómo hablas.

—¿Y cómo hablo, según tú?

—Un poco… por encima.

Su sonrisa no era cruel, pero tampoco amable. Era inquisitiva.

—¿Engreída? —pregunté—. Porque decir “creí que vendrían hombres” tampoco fue muy humilde.

—No es lo mismo.

—Claro que lo es.

Nos sostuvimos la mirada. Ninguno parecía dispuesto a ceder.

Entonces Axel intervino, como si quisiera aliviar la tensión.

—El comedor ya debe estar abierto, iré a hacer fila —comentó.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Eso no es solo para los beneficiarios?

Axel asintió.

—Sí, pero si haces fila alcanzas.

—Debe ser agotador.

—Lo es —sonrió—, pero vale la pena. Aunque sería increíble ser beneficiario.—Raisa, ¿nunca has pensado en solicitarlo?

Negué casi de inmediato.

—No creo que me lo den —respondí—. Es para gente de bajos recursos y…

Me detuve.

Demasiado tarde.

No vi el cambio en su rostro hasta que ya había hablado. No fue indignación. Fue algo peor: incomodidad.

—Quiero decir —añadí rápido—, no porque sea algo malo, sino porque…

—Porque no encajas —interrumpió Luriel.

Lo miré.

—No he dicho eso.

—No —concedió—, pero lo pensaste.

Un calor incómodo me subió por el cuello.

—Tienes una manía con malinterpretarme —respondí.

—Y tú con defenderte —replicó—, incluso cuando no hace falta.

Nos sostuvimos la mirada unos segundos más.

No era una pelea ruidosa.

Era algo peor: una grieta silenciosa.

Me aparté del grupo poco después. No tenía ganas de seguir ahí.

Ese fue el instante exacto en que decidí que alguien como Luriel era un no absoluto.

No lo pensé demasiado.

Las decisiones importantes, al menos para mí, siempre habían sido así: rápidas, limpias, sin espacio para el error.

Aun así, mientras me alejaba del grupo, algo incómodo se me quedó adherido al pecho.

No era enojo.

Tampoco culpa.

Era esa sensación desagradable que solo él parecía saber provocar. Esa noche, el teléfono vibró.

Número desconocido:

Compañera, buenas noches. ¿Sabe el nombre del director de estudios de la carrera?

Suspiré antes de responder.

Nada me irritaba más que la informalidad innecesaria.

—La verdad no lo recuerdo, compañer@.

Respondí con educación mecánica, convencida de que ahí terminaría todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.