CAPITULO 3
Desde que conocí a Raisa, con ella era extrañamente agotador.
Siempre había algo.
Una mirada.
Un comentario.
Alguna frase que terminaba sonando peor de lo que quería decir.
Y aun así...
quería seguir molestándola.
Quería verla fruncir el ceño otra vez.
Quería seguir provocándola.
Era la única forma que había encontrado para llamar su atención...porque Raisa era difícil, jodidamente difícil.
Cuando escuché su voz en la llamada que hizo Lexy, me quedé quieto unos segundos.
¿Alguien como ella queriendo ayudar?
Respondí sin demasiado interés. Estaba seguro de algo: Raisa no vendría.
Me equivoqué.
Al levantar la mirada, ahí estaba. Tan correcta como siempre.
Tan fuera de lugar.
—Creí que vendrían hombres —dije, solo para verla reaccionar.
Funcionó.
Había aprendido que la única forma de acercarme a ella era provocarla. Forzarla a mirarme, aunque fuera con molestia.
Conseguí su número en el grupo del semestre y usé la excusa más estúpida para escribirle. Sus respuestas eran breves. Impecables. Con una ortografía tan perfecta que me daban ganas de discutir solo por eso.
No era tonta.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Cuando la universidad entró en toma, supe que quería estar ahí. Ver qué pasaba cuando todo se detenía. Encontré un acceso por el bosque y, mientras caminaba, pensé que esa era la excusa perfecta para escribirle otra vez.
Luriel:
Compañera, buenos días. ¿Por qué no hay nadie en el salón?
Su respuesta llegó rápido. Como siempre, corta. Hasta que uno de sus mensajes me obligó a detenerme...pues yo le había dicho que todos los días eran iguales y que no había nada de especial en vivirlos, pero...
—No lo son. Solo lo parecen cuando no sabes dónde mirar.
Me quedé pensando demasiado tiempo en esa frase.
Seguí caminando hasta que vi a dos personas a lo lejos. Lucas y Ema. Los reconocí enseguida. Mis compañeros de carrera. Saludé levantando la mano.
—¿Qué hacen acá? —pregunté.
—Curiosidad —respondió Lucas—. Y porque nadie nos dijo que no viniéramos.
Ema asintió, cruzándose de brazos.
—Además, no hay algo más interesante para hacer.
Lucas sonrió, como si acabara de tener una idea mejor.
—Entonces deberíamos ir a beber a El Oasis —dijo—. Ya que estamos aquí.
Ema levantó la mirada de inmediato.
—Me parece bien —respondió—. Total, no hay clases.
Los observé un segundo.
Ema hablaba con naturalidad, sin calcular demasiado sus palabras. No pedía permiso. No se justificaba.
Raisa habría hecho una pausa.
Habría pensado en mil razones antes de aceptar o rechazar...o mejor dicho, nos hubiera dado una clase de moral educativa, algo tan "cerebrito" como ella.
—¿Quiénes más podrían ir? —preguntó Lucas—. Creo que Lía… o Sofía, ¿no?
Ema se encogió de hombros.
—Sofía seguro acepta.
—Si ella viene, podría traer a su amiga.— comenté, pues sabía que no hacía falta decir su nombre.
—Sofía dijo que Raisa no bebe —comentó Ema.
Lucas soltó una risa.
—Ya lo creo. La pequeña pitufina es interesante… siento que siempre me mira con desprecio.
—Bueno —dije—, Raisa es “doña perfecta”.
Lo dije en broma.
Pero algo en el pecho se me apretó.
Raisa habría fruncido el ceño.
O habría fingido que no le importaba si hubiera escuchado que la llamaba así.
Tal vez habría sonreído con educación y se habría ido antes de tiempo.
Ema, en cambio, se reía sin pensar demasiado. Su presencia era liviana, fácil.
Y aun así…
Pensé en cómo Raisa habría reaccionado a la invitación.
En cómo habría analizado cada palabra.
En cómo, probablemente, habría dicho que no… aunque quisiera decir que sí.
Y por alguna razón, terminé imaginándola allí.
Lo cual era ridículo.
Cuando las clases volvieron a la normalidad, los docentes nos llevaron a conocer los talleres de comunicación. Cabinas, cámaras, micrófonos.
Ema y Lucas reían por cualquier tontería.
Raisa no.
Raisa miraba todo con un entusiasmo casi reverente. Juraría que podía ver el brillo en sus ojos, en sus grandes ojos cafés...
Me subí a una escalera vieja apoyada contra un árbol. Me parecía más divertida que ese recorrido absurdo. Pero minutos después estaba ahí, observando cómo las cámaras llenaban el espacio.
Pensaba en irme cuando Raisa pasó a mi lado.
Sonreía.
Una sonrisa brillante, curiosa.
Parecía una niña pequeña descubriendo algo nuevo.
Tan dulce.
Tan peligrosa.
Si todos fuéramos lo que aparentamos,
el mundo sería un sitio cómodo.
Un lugar donde nadie sorprende
y nada duele más de la cuenta.
Pero Raisa no cabía en lo cómodo.
Era un caos cuidadosamente ordenado,
un archivo perfecto con contenido explosivo.
Esa tarde le escribí solo para saber qué hacía.
O eso me dije.
—Parecías una niña pequeña. Muy tierna.
Admití, cualquier otra chica habría hecho un escándalo.
Un ¿de verdad lo pensaste?
Un gracias con corazones.
Raisa no.
Le restó importancia, como si no hubiera significado nada.
Como si yo no hubiera visto lo que vi.
Su emoción.
Su forma absurda de maravillarse con lo mínimo.
Esa intensidad silenciosa que no pedía atención… pero la robaba igual.
Todo en ella tenía un magnetismo incómodo.
Había algo raro en ella.
No era la más divertida.
Ni la más sociable.
Y definitivamente tampoco la más sencilla.
Pero tenía esa extraña capacidad de quedarse en mi cabeza más tiempo del necesario.
Lo cual era molesto.
Raisa era entretenida, sí.
Incómodamente entretenida.
Porque discutía por cosas absurdas.
Porque parecía vivir diez pasos por delante del resto.