Nunca Fuimos Nosotros

EL MÁGICO OASIS

CAPÍTULO 4

La dinámica entre Luriel y yo ya estaba marcada. No había una sola vez en la que no chocáramos. Lo intentaba —de verdad que lo intentaba—, pero mientras más lejos quería mantenerlo, más cerca parecía estar. Como un parásito.

Sofía, mi amiga más cercana, también lo era de él, de Lucas, de Ema y de Lía. Por alguna razón que nunca terminé de entender, Lía me odiaba. Ema me caía bien.

Pero ¿Lucas?

Lucas era exactamente el tipo de chico que jamás querría cerca: nunca venía a clases, siempre hablaba de beber o de ir a El Oasis, como si no tuviera una vida, ni un plan, ni un mañana. Y aun así, cuanto más lo evitaba, más insistía en hablarme. Exactamente igual que Luriel.

Sofía era el puente directo hacia ellos, aunque no se parecía en nada a ese grupo. Era introvertida, reservada, y si lograbas entrar un poco en su confianza, te dejaba asomarte a su mundo interno.

Luriel, en cambio, parecía disfrutar buscándome pelea cada vez que podía.

—Solo quiero que ese idiota esté lejos de mí —esbocé con fastidio.

—Tranquila, Raisa. No le hagas caso. Luriel es un niño —opinó Sofía.

—Solo no quiero pensar de más. Debemos centrarnos en el examen de matemática —expresé con preocupación. Sofía y yo estábamos al borde de reprobar.

—Ni me lo recuerdes, ando hecha un lío —dijo frustrada—. Si reprobamos sería terrible.

—Ni lo menciones, si eso pasara…

No terminé la frase porque Luriel chocó conmigo. Lo ignoré, pero Lucas no perdió la oportunidad.

—Chocaste con un pequeño problema —dijo, enfatizando el “pequeño” mientras me miraba.

Ambos rieron como niños. Yo seguí de largo.

—Raisa, vayamos hoy al Oasis. Será divertido. Vamos, Sofía —insistió Lucas.

—Gracias, pero no puedo —respondí.

Antes de que preguntara el motivo, un compañero apareció y aproveché para irme con él.

Los días pasaron con una normalidad engañosa. Luriel comenzó a faltar más de lo habitual. El profesor de matemática fue claro: junto a Lucas y otros dos, ni siquiera un milagro los salvaría de reprobar.

Sofía y yo caminábamos por los pasillos coordinando tareas cuando Ema nos alcanzó.

—Raisa, ¿podrías explicarme el trabajo de Ética? En serio no entendí nada —dijo con su sonrisa amable.

—Debemos hacer el borrador del ensayo con el tema que el docente asignó y, si lo aprueba, entramos al sorteo para exponer.

—Gracias, de verdad. Estaba perdidísima.

—No hay problema.

Ema se fue poco después. Sofía y yo seguimos hablando. Ella creía firmemente que el amor lo era todo. Yo, en cambio, me negaba a esa posibilidad. Adoraba mi libertad.

Éramos opuestas. Y aun así, ser su amiga era increíble. Ella me enseñaba a ser más humana; yo le enseñaba fuerza emocional.

No recuerdo exactamente cómo pasó, pero de pronto Luriel me llevaba cargada en la espalda.

Fue uno de esos días extrañamente tranquilos. Discutimos, como siempre, pero sin veneno. Él estaba menos irritable. Yo, menos a la defensiva. Entonces lo provoqué. Le dije que con el alcohol encima y ese cuerpo descuidado no tendría la fuerza suficiente para cargarme.

Apostó que sí.

—Te llevaré en brazos —dijo, acercándose demasiado.

—¿Estás loco? Mejor en la espalda. En brazos no.

Y lo hizo.

Caminó así durante un rato. Su espalda era cálida. Estable.

Y su aroma… no era perfume. Era él. Su olor natural.

Me di cuenta demasiado tarde de que estaba sonriendo.

Como una idiota.

—Ok, suficiente. Bájame.

Lo hizo con cuidado.

—¿Lo ves, señorita? Puedo contigo.

—Sí… ya lo noté.

Reímos. Y entonces ocurrió algo extraño.

Nos quedamos mirándonos. No fue incómodo. Fue… quieto. Como si el mundo hubiese bajado el volumen por un segundo.

Hasta que Lucas apareció con Sofía y Ema.

—Chicos, ¿hoy qué sale? —preguntó, con ese entusiasmo suyo que siempre me agotaba.

—Tenemos que hacer las diapositivas para la exposición —intervino Ema.

—Te dije que lo haríamos rápido —respondió Lucas.

Cuando vi acercarse el autobús universitario, no lo pensé dos veces.

—Debo irme. Nos vemos.

No esperé respuesta.

Creí que mantener distancia con Luriel evitaría cualquier desastre.

Me equivoqué.

Un 19 de julio, todo se jodió.

Era el cumpleaños de mi amiga Paola. Queríamos ir a El Oasis, y así lo hicimos. La mayoría de universitarios frecuentaba ese lugar porque abría temprano, a las 3:30 de la tarde. Recuerdo que esa fue apenas la segunda vez que entré.

Compramos una jarra. Yo sostenía el ticket sin saber muy bien qué hacer con él. Primero buscamos un lugar. Avanzábamos con dificultad entre cuerpos, risas y música, cuando escuché una voz que no quería oír.

Lucas.

Y como si la vida disfrutara de empujarme hacia lo inevitable, Luriel estaba ahí.

—Raisa, ¿qué haces aquí? —preguntó Lucas, sorprendido.

—Lucas… —sonreí forzada—. Es que…

—No creí que vinieras —intervino Ema.

—Es el cumpleaños de mi amiga, Paola.

No alcancé a decir más. Lucas me quitó el ticket de la mano.

—Lo cambiamos por una sellada completa, ¿les parece?

Paola asintió de inmediato. Y así, sin decidirlo del todo, nos quedamos con ellos.

Lucas y Luriel bailaban como si el ridículo fuera un deporte olímpico.

—Siempre hacemos show —decían.

Yo solo pensaba en mi padre. En qué diría. En qué pasaría si se enteraba.

—Creí que la señorita no venía a huecos como este —dijo Luriel, acercándose.

—La señorita también sabe divertirse —respondí, sin mirarlo.

Las horas pasaron. No bebía. Solo me dejaba llevar por la música. Hasta que mi celular vibró.

Papá.

Sentí cómo se me helaba la sangre. Corté la llamada y escribí rápido:

“Estoy en clases, no puedo contestar. Te aviso cuando salga.”

El “Ok” me dio un respiro. Pero ya eran las 6:30.

Demasiado tarde.

Dije que me iria, Lucas se ofreció a acompañarme pero me negué, alegando que podía sola, Lucas insistió tanto que al final le dije:




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