Nunca Fuimos Nosotros

PROMESAS LETALES...

CAPÍTULO 5

Descubrí muy pronto que, si no la hacía enojar, Raisa no me veía.

Podía pasar a su lado, decir su nombre, existir con normalidad… y nada.

Pero bastaba una provocación mal colocada, una ironía, una palabra de más, para que levantara la mirada con ese gesto afilado que me atravesaba como una advertencia.

Ahí estaba.

Ahí me miraba.

Así que sí.

Aprendí a buscarla desde el conflicto.

No era que me gustara discutir.

Era que era la única forma que tenía de entrar en su mundo sin pedir permiso.

Raisa siempre estaba rodeada de silencios bien puestos.

De límites invisibles.

De una corrección que no admitía errores.

Sofía era el puente hacia ella, y al mismo tiempo era el puente hacia nosotros.

Lucas, Ema, todos orbitamos alrededor de ella gracias a Sofía.

Lucas era Lucas: impulsivo, ruidoso, incapaz de tomarse nada en serio.

Yo sabía que Raisa nos metía a todos en el mismo saco. Especialmente a mí.

El día que chocamos en el pasillo no fue un accidente.

La vi venir.

Pude esquivarla.

No quise.

Lucas, por supuesto, no perdió la oportunidad de burlarse.

Yo reí, no porque me estuviera burlando de ella, solo porque era la única forma de tenerla cerca.

Cuando Lucas insistió con ir a El Oasis, Raisa se negó de inmediato.

No me sorprendió.

Ella siempre decía que no antes de pensar si quería decir que sí.

Luego apareció un compañero y se fue con él.

No supe por qué eso me molestó.

Después empecé a faltar a clases, no porque no me importara, solo había demasiados problemas en mi vida y solo necesitaba tiempo. Solo tiempo.

No sé cuándo fue, pero de repente me hice más cercano a Lucas y Ema.

Ambos eran buenos amigos y se prestaban para hacer de cada salida un show inolvidable.

Ema era espontánea como Lucas; eso hacía que todo fuera más fácil con ella.

Es decir, no pensaba demasiado como Raisa. Con ella podía actuar como un niño loco sin pensarlo demasiado.

Creo que eso era lo mejor de ser amigos: Lucas y yo podíamos ser grandes idiotas y ella aun así nos apoyaría.

La observaba en silencio las pocas clases a las que iba, cuando Ema la mencionó.

—Eso dijo Raisa —dijo, viendo a Lucas.

—¿Raisa? ¿Qué dijo? —pregunté, ocultando mi interés.

—Sobre el trabajo de ética —respondió Lucas sin entusiasmo.

—Sí, decidí preguntarle a ella porque es…

Ni siquiera dejé que Ema terminara de hablar.

—Es perfecta —dije sin más.

Ema y Lucas me miraron y yo solo reí incómodo.

No fue lo que dije, sino cómo lo dije.

El día de la “apuesta” fue un día raro, de esos que nunca había existido hasta entonces.

Raisa y yo estábamos tranquilos. Discutimos, sí, pero sin veneno.

Como si ambos estuviéramos cansados de pelearnos.

Ella me provocó.

Dijo que con alcohol encima y ese cuerpo descuidado no podría cargarla.

Aposté.

No sé por qué acepté.

Orgullo, supongo.

O ganas de demostrarle algo que ni yo tenía claro.

—Te llevaré en brazos —dije, acercándome demasiado.

Ella negó.

Así que la llevé en mi espalda.

Pesaba menos de lo que imaginé.

Se quedó quieta, confiada, como si no le diera miedo caer.

Quizás aún tenía en mí los efectos del alcohol y por eso sentía que ella me desarmaba.

Su olor no era perfume. Era ella, simple, presente.

Cuando la bajé, me sonrió.

Y por un segundo… el mundo se quedó en silencio.

Hasta que Lucas, Sofía y Ema aparecieron, rompiendo el momento como siempre.

Maldije en mis adentros.

Raisa se fue rápido cuando llegó el bus.

Ni siquiera esperó respuesta.

Creí que ahí quedaba todo.

Me equivoqué.

El 19 de julio la vi en El Oasis.

Yo estaba con Lucas y Ema, solo porque sí, no había un motivo. Lucas insistió, Ema apoyó y, bueno, ¿qué más daba? Cualquier lugar era mejor que casa.

Me sorprendí mucho cuando la vi.

No pensé que fuera a ir.

Nunca iba a lugares así, hasta llegué a creer que era una alucinación mía.

Lucas fue el primero en hablarle.

Ema parecía genuinamente sorprendida.

Raisa sonreía forzada.

Cuando Lucas cambió el ticket por una sellada completa, supe que ya no había vuelta atrás.

Bailamos.

Hicimos el ridículo.

Como siempre.

Ella no bebía.

Solo bailaba.

Las luces golpeaban su rostro, sus movimientos… de repente todo se volvió más lento.

Todos alrededor dejaron de importar. Solo Raisa.

—Creí que la señorita no venía a huecos como este.

—La señorita también sabe divertirse.

Reí ante su respuesta.

Cuando vi que quería irse, Lucas insistió en acompañarla.

Ella se negó.

Y entonces dijo mi nombre.

—Luriel me acompañará.

No pregunté. Solo asentí.

La guié por ese lugar tan conocido para mí, pero noté que ella podía perderse con facilidad, así que tomé su mano sin pensarlo.

Era suave, demasiado suave.

Quizás era la fuerte música, pero sentí mi corazón vibrar.

Las luces, la música, todo desapareció.

Solo existía ese contacto y la certeza incómoda de que algo estaba cambiando.

Afuera le dije adiós.

No quise soltarla primero.

Lo hizo ella.

Corrió.

—Adiós, señorita —dije después de volver a entrar.

Esa noche pensé demasiado.

Me dije que no importaba.

Que era el ambiente.

Que no era yo.

Mentira.

Días después la vi escuchando música, mirando por la ventana.

Aislada.

Lejana.

¿En qué piensa? Me preguntaba.

Raisa era el tipo de chica que era como un mapa invisible.

Cuando crees que la conoces, en realidad no lo haces.

Cuando la abracé por su cumpleaños no lo planeé.

Solo lo hice.

—Feliz cumpleaños, señorita.

Sonrió.




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