Nunca fuimos un error

Capítulo 3 - Inma

Tener a Lucas Beltrán observándote fijamente a las ocho de la mañana, con el torso desnudo y esa mirada de "sé exactamente lo que estás pensando", debería ser ilegal. El silencio en la habitación era tan denso que podía oír el zumbido de mi propia sangre. Necesitaba aire. Necesitaba mi armadura. Necesitaba desesperadamente que esto fuera solo una noche de boda que se nos fue de las manos.

​—Bueno... —empecé, forzando una voz que pretendía ser casual, pero que sonó irritantemente rota—. Supongo que esto es lo que pasa cuando hay barra libre y demasiada nostalgia en el ambiente. Una noche para el recuerdo, Lucas, pero...

​—No te atrevas —me cortó. Su voz no era alta, pero tenía la contundencia de un golpe—. No te atrevas a terminar esa frase, Inmaculada.

Se inclinó un poco más sobre su codo, acortando el poco espacio que quedaba entre nosotros. Parecía ocupar cada rincón de aire disponible. Me sentí pequeña, atrapada bajo esa mirada oscura que me leía como si fuera uno de esos libros que solíamos comentar hace años.

—Ibas a decir que fue un error, ¿verdad? —continuó, y una chispa de rabia, o quizás de dolor antiguo, cruzó sus ojos—. Llevas ocho años escondiéndote detrás de esa palabra. Pero no voy a dejar que lo hagas otra vez. No hoy.

​Mi garganta se cerró. Un error.

De repente, la habitación desapareció y me vi proyectada años atrás. El mismo escenario, pero con diferentes miedos. Me recordé a mí misma despertando enredada entre las sábanas blancas, sintiendo el calor abrasador de un Lucas más joven que me abrazaba como si fuera su última tabla de salvación.

​Aquella noche, él me había destrozado el alma sin querer. Me había susurrado entre besos y caricias que me hacían flotar: «Pídeme que me quede y lo hago. No me voy a Estados Unidos, Inmaculada. Solo tienes que pedírmelo».

El pánico que sentí en ese momento fue el más puro de mi vida. ¿Cómo iba a pedirle eso? Él tenía la oportunidad de su vida, la NBA lo esperaba, sus sueños estaban a un vuelo de distancia. Yo lo amaba tanto que la idea de que algún día me mirara con resentimiento por haberle cortado las alas me aterraba más que perderlo. Por eso, en lugar de decirle que lo amaba, en lugar de rogarle que se quedara, elegí la salida más cobarde y efectiva.

Me alejé de su contacto, me envolví en la sábana y, con el corazón hecho trizas, le solté la mentira más grande de mi vida: «Esto fue un error, Lucas. Solo ha sido el impulso de la despedida».

​Ahora, ocho años después, Lucas estaba aquí otra vez, con más músculos, más seguridad y la misma capacidad para desarmarme con solo pronunciar mi nombre.

​—No fue un error, Inmaculada —dijo él, devolviéndome al presente, su mano subiendo para atrapar mi barbilla con una firmeza que me impidió apartar la vista—. Y esta vez no te vas a escapar de mí diciendo estupideces.

​—Lucas, las cosas han cambiado... —logré articular, aunque mis manos temblaban bajo la manta.

​—Nada ha cambiado —replicó él, acercándose tanto que su aliento rozó mis labios—. Sigues temblando cuando te toco y sigues mintiéndote a ti misma. Mírame a los ojos y dime que lo de anoche contra aquel árbol fue "un error de la barra libre".

El pánico es un motor extraño; a mí me dio por la verborrea. Sentir el peso de su mirada y la verdad de sus palabras me estaba asfixiando, así que hice lo único que sé hacer cuando me siento acorralada: intentar huir y hablar hasta que el aire se agote.

​—Es tarde, Lucas. Joder, mira la hora que es, los de la limpieza de la finca deben estar a punto de entrar, y Eli y Pedro... bueno, tienen el desayuno con las familias y yo soy la dama de honor, no puedo desaparecer así como así, qué van a pensar, además tengo que buscar mi vestido que probablemente esté hecho jirones o lleno de barro por tu culpa y mi coche está en el parking principal y...

Intenté apartar la sábana para levantarme, moviéndome de forma espasmódica, pero mis manos temblaban tanto que me enredé con la tela. Lucas no se movió ni un milímetro. Seguía ahí, apoyado en su codo, observando mi espectáculo de nervios con una calma desesperante, como quien ve a un pájaro aletear inútilmente dentro de una jaula de oro.

​—... y mi móvil, no sé dónde está mi móvil, seguro que tengo mil llamadas y mis padres se van a preguntar si me ha pasado algo en la carretera y...

​—Inmaculada —pronunció mi nombre con esa gravedad que siempre me detenía el pulso.

​—No, en serio, Lucas, me tengo que ir, muévete un poco, por favor, que con ese tamaño es imposible salir de la cama sin pedir permiso y...

No me dejó terminar.

Con un movimiento rápido y certero, propio de sus reflejos en la pista, atrapó mis muñecas y me atrajo hacia él. Fue como si un imán gigante me succionara de vuelta al centro de la cama. Mi espalda golpeó el colchón y, antes de que pudiera soltar otra excusa, él se cernió sobre mí, bloqueando el sol, bloqueando el mundo, bloqueando mis mentiras.

​Me calló de la única forma que sabía que no podía combatir: con su boca.

Fue un beso lento, agónicamente profundo, de esos que te roban el alma por la garganta. No fue la urgencia salvaje del jardín; esto era algo mucho más peligroso. Era un beso caliente, que sabía a posesión y a una verdad desnuda. Su lengua reclamó la mía con una calma que me desarmó, recorriendo cada rincón de mi boca como si estuviera firmando un contrato de propiedad que yo ya había aceptado anoche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.