Nunca fuimos un error

Capítulo 5 - Inma

Cruzar el salón del desayuno fue como caminar por la cuerda floja sobre un foso de leones. Me había puesto un vestido ligero, me había retocado el maquillaje para ocultar las ojeras de la falta de sueño (y del exceso de placer) y me había colocado mi mejor máscara de "aquí no ha pasado nada".

​El problema es que mis leones se llamaban Eli y Pedro, y me conocían desde que me caía de los columpios.

​—Buenos días —dije, sentándome a la mesa con una rigidez que gritaba culpabilidad.

​—Buenos días, "Inmaculada" —soltó Eli, enfatizando el nombre con una sonrisa maliciosa que me hizo querer hundirme en el café.

​—¿Has descansado bien? Te noto... radiante —añadió Pedro, intercambiando una mirada de complicidad con su esposa.

​—Fenomenal. El aire del campo es lo que tiene —respondí, evitando sus ojos y concentrándome en remover un azúcar que ya se había disuelto hace tres minutos.— Pero dejen de mirarme así. ¿Y ustedes, tortolitos recién casados? ¿Cómo están? ¿Listos para la luna de miel o el banquete de ayer los dejó fuera de combate?

​Intenté que mi voz sonara entusiasta, buscando desesperadamente cambiar de tema. Eli se encogió de hombros con una felicidad que me dio envidia sana, pero no soltó la presa.

​—Estamos de maravilla, Inma. Con muchas ganas de empezar el viaje, pero... nos hemos despertado con una energía curiosa en el ambiente. Como si la fiesta no hubiera terminado para todos a la misma hora —dijo, guiñándome un ojo.

Antes de que pudiera inventar otra réplica evasiva, el aire de la habitación cambió. No necesité levantar la vista para saber que él había entrado. Su presencia era como una descarga eléctrica que me erizaba el vello de la nuca. Lucas se sentó frente a mí.

​Ya no era aquel chico gigante y tímido que se encogía de hombros para no ocupar demasiado espacio. El Lucas de ahora, el que la NBA había moldeado a base de victorias y presión, ocupaba su lugar en la mesa con una seguridad que me resultaba insultante. Ni siquiera parecía cansado; al revés, se veía más despierto que nunca, con esa mirada oscura que me recorría como si todavía estuviéramos entre las sábanas.

​—Buenos días, pareja. Estaban espectaculares ayer —dijo con esa voz ronca que todavía resonaba en mis oídos, saludando a Eli y a Pedro con un choque de manos y una sonrisa genuina.

​Luego, sus ojos se posaron en mí. No me saludó. No hubo un "hola", ni un "buenos días". Solo me dedicó una sonrisa lenta, de esas que no llegan a los ojos pero que lo dicen todo; una sonrisa cargada de la suficiencia de quien sabe exactamente qué marcas llevo bajo el vestido.

​El silencio se prolongó lo suficiente como para que Eli, que tiene el instinto de una hiena para el drama, soltara una risita.

​—¿Y a Inma qué, Lucas? —soltó mi amiga, apoyando la barbilla en su mano con fingida inocencia—. ¿No le das los buenos días a tu compañera de... fiesta?

​Lucas no se inmutó. Mantuvo su mirada fija en la mía mientras estiraba el brazo para alcanzar el cuchillo.

​—Inma y yo ya nos hemos saludado esta mañana, Eli —respondió con una calma que me hizo desear que la tierra me tragara—. ¿Verdad, Inmaculada?

​Sentí que el calor me subía por el cuello. Pedro ocultó una sonrisa tras su taza de café y yo me obligué a clavar la vista en mi plato, rogando que mi pulso dejara de delatarme. Lucas, como si no acabara de lanzar una granada en medio de la mesa, cogió el pan, el queso crema y la mermelada de fresa. Mis manos temblaron bajo el mantel. Sin decir una palabra, empezó a preparar una tostada con una precisión que me revolvió los recuerdos...

De repente, ya no estaba en la finca. Tenía catorce años y estaba en la cocina de Lucas después de un entrenamiento. Él me había prometido alimentarme si lo esperaba. Recuerdo haber estado sentada en la encimera, viéndolo preparar esas mismas tostadas. Recuerdo el sol de la tarde entrando por la ventana y cómo él, al terminar, se chupó con una lentitud inconsciente las puntas de los dedos manchadas de mermelada. En ese instante, algo en mi interior hizo clic. Mis ojos se clavaron en sus labios y solo pude pensar en cómo se sentirían contra los míos.

Aquella noche, hace ocho años, lo averigüé. Aquella primera vez supe que sus besos eran mi perdición, pero eran los besos de un chico que me queria con la ternura de quien descubre el mundo.

​Anoche, sin embargo, lo supe de una forma distinta. Los labios de Lucas ya no eran los de aquel chico. Ahora eran los de un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Me habían explorado entera, sin dejar un solo rincón de mi cuerpo sin probar, con una voracidad y una técnica mejoradas por los años y la distancia que me hacían gemir solo de recordarlo. Si hace ocho años fue un incendio, lo de anoche había sido una explosión nuclear. El Lucas de ahora no solo besaba; reclamaba territorio con una maestría que me dejaba sin defensas.

Lucas deslizó el plato hacia mí, sacándome de mi trance.

​—Toma. Sé que es tu favorito —dijo, y sentí que él podía leer en mis ojos exactamente lo que estaba recordando: el rastro de sus besos en mi piel hace apenas unas horas.

​Lo miré, obligándome a respirar. Sus ojos oscuros me desafiaban, recordándome que él todavía guardaba las llaves de mi memoria y que, por mucho que yo quisiera negarlo, mi cuerpo recordaba su sabor mucho mejor que mi orgullo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.