Nunca mezcles trabajo y ron

Capítulo 1

Renata Aguirre tenía dieciocho minutos para salvar la noche más importante del contrato.

La cocina del *Estrella del Sur* olía a mantequilla quemada, a pánico y a los restos de un

lomo que alguien había dejado demasiado tiempo en la plancha. A su alrededor, el pase se

movía como una máquina a punto de romperse: cuchillos golpeando tablas, gritos de

"¡marchando!", el extractor rugiendo sobre sus cabezas como si también él estuviera nervioso

por la gala de esa noche.

Primera noche de gala de la temporada. Doscientos veinte pasajeros. Mesa del capitán

completa. Y Renata, sous chef en formación, con la responsabilidad de que los entrantes

salieran perfectos si quería que Bianchi —el chef ejecutivo, su jefe, su ex, la persona que más la

conocía y menos la entendía— la tomara en serio de una vez.

—Renata, la crema de zapallo se está cortando.

La voz de Tomás, uno de los cocineros de línea, le llegó con ese tono de quien ya sabe que

va a recibir un grito y lo acepta con resignación. Renata dejó el cuchillo, se limpió las manos en

el delantal y se acercó a la olla en tres pasos.

—No se está cortando. Se te está por cortar. Hay diferencia. —Bajó el fuego, agregó un

chorrito de crema fría, batió con movimientos cortos y seguros hasta que la textura volvió a ser

sedosa—. ¿Ves? Paciencia, no pánico.

—Vos decís eso como si tuvieras las dos cosas.

—Tengo una de las dos. Adivina cuál.

Tomás sonrió y volvió a su estación. Renata no sonrió. No porque no le hiciera gracia

—Tomás le caía bien, era de los pocos que no la trataban como si su intensidad fuera un

problema a resolver— sino porque no tenía margen esa noche para gastar energía en nada que

no fuera la comida saliendo perfecta, a tiempo, y sin que Bianchi tuviera una sola razón para

mirarla con esa media sonrisa condescendiente que usaba cuando algo salía mal en su estación.

Llevaba tres semanas a bordo del *Estrella del Sur* y todavía no se acostumbraba a verlo

cruzar la cocina como si fuera el dueño del barco entero. Técnicamente lo era, en lo que a

cocina se refería. Chef ejecutivo, con veinte años más de carrera que ella y la autoridad de

firmar o frenar su ascenso a sous chef titular con una sola palabra en el informe de fin de

temporada.

2Hacía dos años, en un restaurante en Puerto Madero, esa misma autoridad había sido lo

primero que la enamoró de él. Ahora era lo que la mantenía despierta de noche.

—Mesa doce pide que le expliquen el maridaje del entrante —anunció una mesera

asomándose por la ventanilla del pase—. Dicen que el mozo no supo explicarles bien.

—Eso no es cocina, eso es bar —dijo Renata sin levantar la vista del plato que estaba

armando—. Que baje alguien de arriba.

—El jefe de barra dice que está solo, tiene la barra explotada.

Renata soltó el aire despacio. Dieciocho minutos se habían convertido en doce, y ahora el

bar de arriba también quería que ella resolviera sus problemas.

—Decile que en cinco minutos bajo.

No bajó en cinco minutos. Bajó en once, después de dejar la crema de zapallo lista, después

de gritarle a un ayudante que picara el perejil más fino, después de que Tomás le jurara que

podía sostener el pase solo un momento. Subió la escalera de servicio hacia el bar principal

limpiándose las manos en el delantal, ensayando mentalmente una explicación corta y

profesional sobre reducción de vino tinto y notas de pimienta que pudiera dar en treinta

segundos y volver corriendo abajo.

No llegó a decir ni una palabra.

Cuando entró al área del bar —luces bajas, música de piano en vivo, pasajeros con copas de

champagne charlando como si el barco no fuera, en el fondo, una cocina gigante flotando sobre

el mar— se encontró con una escena que no esperaba: un mesero, colorado hasta las orejas,

señalándola a ella desde el otro lado de la barra.

—Fue un error de la cocina —decía el mesero, casi gritando por encima de la música—, la

chef mandó el plato sin avisar que llevaba nueces, y el señor de la mesa doce es alérgico. Casi—

—Yo no mandé ningún plato con nueces sin avisar —cortó Renata, con la voz que usaba en

el pase cuando algo se estaba por cortar y no tenía paciencia para el pánico ajeno—. La ficha de

alergias la reviso yo misma antes de cada gala. Si hubo un error, no fue en mi estación.

—Bueno, alguien tiene que explicarle al pasajero—

—Explicale vos. Es tu mesa.

El mesero abrió la boca para responder algo, probablemente para seguir echándole la culpa

porque era más fácil que admitir el suyo, cuando una voz nueva se metió en la conversación

desde el otro extremo de la barra.

3—Che, tranquilos los dos. —El acento era marcado, extranjero, con esa cadencia arrastrada

que Renata identificó al instante como australiano—. Nadie se murió. El señor de la doce está

vivo, tomando su segunda copa de Malbec, aparentemente encantado con la vida. Podemos

discutir de quién fue la culpa después de la gala, ¿no les parece?

Renata giró la cabeza hacia la voz.

Detrás de la barra, un tipo alto, con el pelo despeinado de una manera que parecía

intencional aunque probablemente no lo era, sostenía una coctelera en cada mano como si

fueran extensiones naturales de sus brazos. Sonreía con la clase de tranquilidad que solo tiene la

gente que nunca tuvo que pelear de verdad por nada.

—Yo no estoy discutiendo de culpas —dijo Renata, más cortante de lo que pretendía—.

Estoy aclarando un hecho.

—Ah, perdón, "aclarando un hecho" —repitió él, con un tono que dejaba claro que la estaba

cargando apenas un poco—. Sonaba a discusión desde acá.

—¿Y vos quién sos?

—Matt. —Le tendió la mano por encima de la barra, todavía con la coctelera en la otra—.




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