A las tres y media de la madrugada, el *Estrella del Sur* por fin se quedaba callado.
Matt secaba la última copa de la noche con un trapo que ya había dejado de estar limpio
hacía un par de horas, y disfrutaba ese silencio particular que solo existe después de una gala: el
murmullo del motor bajo cubierta, el chapoteo distante del mar contra el casco, y nada más. Ni
música, ni pedidos, ni pasajeros preguntando si el barco se movía siempre así o si eso era
normal.
—Otra noche que sobrevivimos —dijo Priya, dejando caer sobre la barra una bandeja vacía
de copas de champagne—. ¿Contás las botellas o las cuento yo?
—Las cuento yo. Vos andá a dormir, mañana te toca abrir.
—Vos también abrís mañana.
—Yo duermo menos que vos. Es un talento.
Priya, jefa de meseros del bar principal y la persona más cercana que Matt tenía a bordo
—lo cual, pensó él sin decírselo a nadie, no era decir mucho después de tres meses ahí—, se rió
y empezó a juntar su delantal.
—¿Es verdad lo que dicen? —preguntó, ya con la chaqueta puesta—. ¿Que te bajás en
Barcelona?
—¿Quién dice eso?
—Todo el mundo. Dicen que ya avisaste en recursos humanos.
Matt siguió secando la copa, aunque ya estaba seca.
—Avisé que mi contrato original era hasta Barcelona, sí. Todavía no decidí si lo extiendo.
—Vos nunca lo extendés.
No era una pregunta, y Matt no la trató como tal. Contó las botellas de la estantería en
silencio —trece de ron, ocho de gin, cuatro de un whisky carísimo que casi nadie pedía—
mientras Priya lo miraba con esa expresión mitad cariño, mitad resignación que ya le conocía de
otros bartenders, otros meseros, otra gente de barco que había visto llegar y despedirse en el
mismo puerto, con la misma sonrisa, sin dar demasiadas explicaciones.
—Un día vas a encontrar un barco que valga la pena quedarse —dijo ella, ya de camino a la
salida.
1—Este vale la pena. Por eso llevo tres meses.
—Tres meses es poco, Matt.
—Tres meses es un montón, para mí.
Priya negó con la cabeza, sonriendo, y se fue sin insistir más. Sabía, como todos a bordo
después de un rato de conocerlo, que con Matt había un límite invisible: se podía bromear con el
tema, rozarlo, pero no empujarlo demasiado. Del otro lado de ese límite había algo que él no
compartía con nadie del barco, y probablemente con nadie en general.
Terminó de cerrar el bar solo, como le gustaba. Apagó las luces principales y dejó
encendida solo la lámpara de la caja registradora, un ritual pequeño que hacía todas las noches
sin pensarlo demasiado: contar el efectivo, ordenar las botellas por tipo, doblar los trapos. Le
gustaba ese momento. Era lo más parecido a quietud que se permitía tener.
Se sentó en un banco alto detrás de la barra, sacó del bolsillo trasero un cuaderno pequeño,
de tapa de cuero gastada, que llevaba encima desde hacía más años de los que le gustaba
admitir. No era un diario —Matt se hubiera reído si alguien lo llamaba así—. Era, más bien, una
lista. Nombres de barcos. Fechas de embarque. Fechas de baja. Algún puerto anotado al
margen, cuando algo pasaba ahí que valía la pena recordar.
*Estrella del Sur* — mayo.
Todavía no había fecha de baja al lado. Por primera vez en mucho tiempo, no la había
puesto de entrada, como solía hacer con cada barco nuevo, casi como una promesa que se hacía
a sí mismo antes de empezar: *esta vez tampoco te vas a quedar demasiado.*
Pasó las páginas hacia atrás sin proponérselo del todo. *Ilusión del Pacífico* — ocho
meses, la estadía más larga que había tenido en cualquier barco, hasta que un día simplemente
decidió que era momento de bajarse, sin una razón concreta que pudiera explicarle a nadie, ni
siquiera a sí mismo del todo. Antes de eso, *Reina del Norte* — cuatro meses. Antes, un barco
más chico, de nombre que ya casi no recordaba bien, en el que había durado apenas seis
semanas porque el jefe de bar resultó ser un tipo que le recordaba demasiado a alguien que Matt
prefería no recordar en absoluto.
Antes de los barcos, había una vida en tierra que aparecía en el cuaderno solo una vez, en la
primera página, con una letra más joven y menos cuidada que el resto: una dirección en Perth,
tachada. No borrada del todo, solo tachada, como si una parte de él necesitara que siguiera ahí,
ilegible pero presente.
Cerró el cuaderno.
2No era el tipo de persona que se quedaba mirando fotos viejas ni que le explicaba a nadie
por qué ciertas cosas dolían más de lo que deberían después de tanto tiempo. Prefería, siempre,
la versión con humor: *me gusta el mar, me gusta moverme, no aguanto la rutina.* Era verdad,
en parte. La otra parte —la que tenía que ver con una casa en Perth, con una promesa que no
había podido cumplir, con la sensación exacta de quedarse quieto el tiempo suficiente para que
alguien empezara a depender de él de nuevo— esa parte se quedaba en el cuaderno, tachada
pero presente, y ahí se iba a quedar.
Guardó el cuaderno en el bolsillo y empezó a apagar la última luz cuando escuchó pasos en
la escalera de servicio. Pasos rápidos, cansados, con ese ritmo particular de alguien que llevaba
dieciséis horas de pie y todavía no se permitía caminar despacio.
Renata apareció en el umbral del bar, todavía con la chaqueta de cocina puesta, el pelo
escapándosele de la cola en mechones que ya no tenían intención de portarse bien.
—¿Seguís acá? —preguntó ella, sorprendida, como si esperara encontrar el bar
completamente vacío.
—Cerrando. ¿Vos qué hacés despierta? Pensé que la cocina cerraba antes que nosotros.
—Cierra antes. Pero Bianchi quiso revisar el menú de mañana antes de dejarme ir. —Se
apoyó contra el marco de la puerta, con el cansancio de alguien que llevaba semanas sin bajar el