Bianchi tenía una regla que nunca decía en voz alta pero que aplicaba con la precisión de
una receta: nunca mostrar duda delante de la brigada.
Lo había aprendido hacía veinte años, en una cocina de Buenos Aires donde un chef gritón
y brillante le había enseñado, entre otras cosas, que la autoridad no se explicaba, se ejercía. Que
un chef ejecutivo indeciso era un chef ejecutivo muerto, profesionalmente hablando, y que la
calma que proyectaba frente a su equipo valía tanto como cualquier plato que saliera de su
cocina.
Esa mañana, mientras revisaba las órdenes de mercadería para la semana en su pequeña
oficina junto a la cocina principal —un cuartito sin ventanas que olía permanentemente a café
frío—, Bianchi no sentía ninguna de esa calma. La sentía actuada, que no era lo mismo, pero
que a esa altura de su carrera manejaba casi tan bien como la real.
Golpearon la puerta. Renata asomó la cabeza sin esperar respuesta, como hacía siempre, con
una carpeta bajo el brazo.
—Los pedidos de la semana que viene —dijo, dejando la carpeta sobre el escritorio—.
Ajusté las cantidades de pescado, la semana pasada nos sobró demasiado.
—Buen ojo.
—Es lo que hago.
Bianchi levantó la vista de los papeles y la miró un momento de más, el tiempo suficiente
para que ella lo notara y desviara la mirada hacia la carpeta, como si necesitara ocuparse las
manos con algo.
Habían pasado dos años desde Puerto Madero. Dos años desde que la había visto entrar a su
cocina por primera vez, veintitrés años, recién salida de un instituto gastronómico con más
ambición que experiencia, y esa mirada particular que tenían los cocineros de verdad —la de
alguien que no estaba ahí para pasar el rato, sino para quedarse—. Bianchi la había contratado a
ella entre quince candidatos porque, a diferencia del resto, Renata no había tratado de
impresionarlo con vocabulario técnico ni con anécdotas de dónde había trabajado antes. Le
había mostrado, sin decir una palabra de más, un plato de mollejas que todavía Bianchi
recordaba con precisión: el punto exacto de cocción, el balance de acidez, algo en la
presentación que sugería una persona que entendía no solo la técnica sino el porqué detrás de
cada decisión.
1El día de la inauguración de *Fuego*, el restaurante que Bianchi había abierto con su propio
nombre en la carta después de quince años trabajando para otros, Renata había sido la primera
persona en llegar y la última en irse. Bianchi la recordaba esa noche, con el pelo escapándosele
del rodete igual que ahora, gritando órdenes al pase con una autoridad que no le correspondía
todavía por rango pero que se había ganado, esa misma noche, en tiempo real, frente a él y
frente a toda la brigada.
Habían empezado algo un par de meses después. Nunca fue una decisión consciente,
ninguno de los dos lo hubiera llamado así si alguien les hubiera preguntado en su momento.
Fue, más bien, una serie de decisiones pequeñas que se acumularon: quedarse después de cerrar
a tomar una copa de vino "para revisar el menú", un beso que ninguno de los dos buscó pero
que tampoco evitó, meses de algo que en la cocina todos sabían y nadie mencionaba, porque
Bianchi era el dueño y Renata su empleada más talentosa y las dos cosas juntas hacían que
cualquier comentario fuera peligroso para quien lo hiciera.
Bianchi no se arrepentía de haber empezado esa relación. Se arrepentía, todavía, dos años
después, de cómo la había terminado.
No había sido una ruptura limpia. Había sido meses de indecisión de su parte —miedo a lo
que la gente pensara, miedo a que la relación afectara el restaurante que tanto le había costado
abrir, miedo, en el fondo, a lo mucho que Renata significaba y a lo poco preparado que estaba él
para algo tan serio— que se resolvieron, finalmente, de la peor manera posible: alejándose de a
poco, dándole cada vez menos responsabilidad en la cocina sin explicarle por qué, hasta que ella
entendió, sin que él se lo dijera con todas las letras, que la relación se había terminado y que su
lugar en el restaurante también empezaba a peligrar.
Renata renunció antes de que él tuviera que decidir si la despedía. Bianchi todavía
recordaba la carta de renuncia, escrita a mano, sin un solo reproche en el texto, lo cual de alguna
manera dolía más que si lo hubiera insultado.
Dos años después, cuando su nombre apareció en la lista de postulantes para el puesto de
sous chef en formación del *Estrella del Sur* —el barco donde Bianchi había aceptado, meses
antes, dirigir la cocina principal por una temporada, después de que *Fuego* cerrara sus puertas
en una decisión que prefería no explicar a nadie que se lo preguntara—, Bianchi había dudado
antes de aprobar su contratación.
La aprobó de todas formas. Le dijo a recursos humanos que era, sin discusión, la candidata
más calificada. Era verdad. También era verdad, aunque no se lo dijo a nadie, que una parte de
él quería la oportunidad de arreglar algo que llevaba dos años sin poder arreglar del todo.
No estaba resultando como esperaba.
2Renata en el *Estrella del Sur* era una versión más dura de la que había conocido en
*Fuego*: más cortante, más rápida para poner distancia, con una regla —que él había
escuchado mencionar entre el personal, nunca de la boca de ella misma— de no mezclar nunca
más trabajo y romance. Bianchi entendía perfectamente de dónde venía esa regla. Sabía, con la
claridad incómoda de quien conoce su propia culpa, que él era la razón exacta por la que existía.
—¿Algo más? —preguntó Renata, todavía de pie frente al escritorio, con esa formalidad
que usaba con él y con nadie más en el barco.