El comedor de tripulación del *Estrella del Sur* tenía, oficialmente, capacidad para ochenta
personas. Extraoficialmente, a las cuatro de la tarde —esa hora muerta entre el almuerzo y la
preparación de la cena, cuando medio barco dormía la siesta y el otro medio fingía estar
haciendo algo productivo— rara vez había más de diez.
Renata encontró a Matt sentado solo en una mesa del fondo, con los pies apoyados en la
silla de enfrente, comiendo directamente de un tarro de aceitunas que evidentemente había
robado de algún lado de la cocina.
—Esas son mías —dijo ella, dejándose caer en la silla libre más cercana, demasiado
cansada para indignarse en serio.
—Eran tuyas. Ahora son de quien las come.
—Es una filosofía interesante.
—Es la única que me funcionó en la vida.
Renata le sacó el tarro sin pedir permiso, comió una aceituna, y se lo devolvió. Matt la miró
con una ceja levantada.
—¿Eso qué fue?
—Impuesto por robo. Un veinte por ciento.
—Muy generoso de tu parte, dejarme el ochenta.
—Soy una persona razonable.
—Sos una persona que hace media hora le gritó a un mesero por poner mal una cuchara.
—No le grité. Le expliqué, con firmeza, que la cuchara de servir sopa no va del mismo lado
que el tenedor de postre.
—Con firmeza. Claro.
—¿Vos qué hacías acá, comiendo aceitunas robadas a las cuatro de la tarde en vez de
trabajar?
—Estoy en mi hora de descanso, que es sagrada y que vos estás invadiendo ahora mismo
con tu presencia y tus opiniones sobre cucharas.
Renata puso los ojos en blanco, pero se quedó sentada de todas formas, robando otra
aceituna del tarro mientras Matt fingía indignación cada vez que lo hacía.
1Habían pasado dos semanas desde la gala de inauguración. En ese tiempo se habían cruzado
más de lo que cualquiera de los dos hubiera admitido en voz alta: turnos que coincidían, la
costumbre extraña de que Renata pasara por el bar después de cerrar la cocina, "solo para ver si
quedaba algo interesante en la estación", según ella, aunque nunca le pedía nada. Matt había
empezado a guardarle, sin que se lo pidiera, un poco del jarabe de miel quemada que a ella tanto
le había gustado.
Ninguno de los dos había llamado a eso de ninguna manera en particular. Los dos, por
separado, habían decidido que no hacía falta ponerle nombre.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Renata, después de un rato de silencio cómodo que la
sorprendió a ella misma por lo cómodo que era.
—Depende de la pregunta.
—¿Por qué tenés fama de no quedarte nunca en ningún barco?
Matt dejó de masticar un segundo, y por primera vez desde que Renata lo conocía, algo
parecido a la sorpresa cruzó por su cara antes de que la sonrisa habitual volviera a acomodarse
en su lugar.
—¿Quién te contó eso?
—Todo el mundo. Es la conversación número uno del comedor de tripulación, después del
clima y de si el capitán realmente tiene un perro escondido en su camarote.
—El perro es verdad, por cierto. Lo vi.
—No cambies de tema.
Matt suspiró, se recostó contra el respaldo de la silla, y por un momento pareció considerar
en serio cómo responder antes de volver, casi como refugio, al humor.
—Me aburro fácil. Me gusta ver lugares nuevos. No hay ningún misterio, contra lo que
sugiere claramente el comedor de tripulación.
—¿Y este barco? ¿Te vas a aburrir de este también?
—Este barco todavía no decidí.
—¿Y cuándo decidís?
—Técnicamente, mi contrato termina en Barcelona.
Renata paró de masticar. —¿En Barcelona? Eso es en... —hizo la cuenta rápido en su
cabeza— ¿Ocho semanas?
2—Siete y media, si querés ser precisa, que evidentemente querés.
—¿Y no dijiste nada?
—¿A quién le tenía que decir? No sabía que estaba en la obligación de anunciarlo por
altoparlante.
—A mí, por ejemplo. —Lo dijo antes de pensarlo del todo, y se arrepintió apenas la frase le
salió de la boca, porque sonaba a mucho más de lo que ella había querido decir.
Matt la miró con una sonrisa que, por una vez, no era completamente irónica.
—¿Por qué a vos, específicamente?
—Porque... —Renata buscó una salida rápida, algo profesional, algo que sonara
razonable—. Porque compartimos estación de trabajo en las galas. Es información logística
relevante.
—Información logística relevante. Claro.
—Es en serio.
—Ajá.
—¿Vos por qué no me preguntás nada a mí?
—¿Sobre qué?
—Sobre mi contrato. Yo firmé por seis meses más.
Ahora fue el turno de Matt de quedarse un segundo en silencio, con una expresión que
Renata no supo leer del todo: algo entre sorpresa y una especie de respeto incómodo.
—Seis meses.
—Seis meses.
—¿Vos firmaste, así, sin dudar, seis meses en un barco?
—¿Por qué te sorprende tanto?
—Porque yo no firmo nada por más de una temporada desde hace años. La sola idea me da
como... —hizo un gesto vago con la mano, buscando la palabra— claustrofobia existencial.
—Yo tengo un plan. Seis meses acá, ahorro lo suficiente, junto la experiencia que necesito
en mi currículum, y a fin de temporada empiezo a buscar local para mi propio restaurante. Todo
calculado.
3—Todo calculado —repitió Matt, con una mezcla de asombro genuino y algo parecido a la
ternura que trató de disimular rápido detrás de otra sonrisa—. ¿Tenés, no sé, un cronograma?
¿Un Excel?
—Tengo un cuaderno.
—Por supuesto que tenés un cuaderno.
—¿Vos qué tenés?
Matt se tocó el bolsillo trasero por instinto, donde Renata sabía —porque lo había visto un
par de veces, sin darle demasiada importancia hasta ahora— que llevaba siempre un cuadernito
de tapa de cuero gastada.
—Yo también tengo un cuaderno —dijo, y por primera vez en la conversación, no sonó a