Nunca te he besado

Capítulo 1

Nunca te he besado
Capitulo I
Termitas y vistas al paraíso.
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🎧 Recomendado para leer este capítulo: “River Flows in You” – Yiruma

“¿Sabes? Me gusta cuando ríes…”
A pesar de los años, sigo recordándola.
Me reconforta y… a veces, cuando las musas me abandonan, se convierte en mi inspiración.
—Nunca te he besado. Capítulo 1. Manuel Storm.

—Termitas, James. Sí, efectivamente… tenía termitas —dijo, dejando el pequeño macuto de ropa en el suelo del apartamento—. No sé ni cómo se me ocurrió hacerte caso, ni quién diablos me mandó pensar que esto era una buena idea.
—Pero bueno, ¿dónde estás ahora? ¿En un hotel? —preguntó James desde el otro lado del teléfono.
—No —respondió él con media sonrisa—. Me han cambiado esa lujosa casa por… cómo decirlo… tengo cajas de zapatos más grandes que el cuchitril donde me voy a meter.
—¡Joder! —replicó James—, sal de ahí. Te juro por Dios que cuando yo estuve aquel año, el lugar me parecía fantástico. Las vistas desde aquella terraza eran inmejorables.
Manu dejó escapar una sonrisa mientras giraba sobre sus pies y caminaba hacia la terraza. El suelo de madera crujía bajo sus pasos, y el aroma de jazmines que colgaban de las techumbres le dio un respiro. Apoyó la mano en la barandilla y miró al frente.
—Sí, la casa, el lugar, las vistas que me dijiste parecían preciosas… y lo eran… pero te juro que no tienen nada que envidiar a lo que estoy contemplando ahora mismo —dijo, mientras la luz del mediodía iluminaba las montañas y el mar del horizonte, y varias gaviotas surcaban el cielo—. Incluso este desastre tiene su encanto.
El lugar era pequeño, pero acogedor. La sala y el comedor se mezclaban en un solo espacio abierto, iluminado por un ventanal que daba al exterior. A la derecha, una puerta conducía al baño y a la habitación; a la izquierda, otra puerta se abría a un pequeño despacho. La cocina, tipo office, estaba justo frente a la sala, compacta pero funcional. Y a pesar del espacio reducido, la gran terraza ofrecía una vista que bien valía el sacrificio de aquel minúsculo lugar.
—¿Pero dónde te han metido? —preguntó James.
—A dos calles de la otra —respondió Manu con media sonrisa—. La tal María, la chica de la inmobiliaria, fue muy agradable. Habló con la dueña y me dijo que mientras buscaba algo mejor, podía quedarme aquí. Todo esto tiene su gracia, y además servirá para mis futuros trabajos. Han de venir para terminar de formalizar unos papeles.
James se echó a reír a carcajadas.
—Si supieran que tienen allí a Manuel Storm, el gran Manuel Storm, esa señora habría corrido a ofrecerte no un cuchitril, sino el Bulevar Esperanza entero.
—Descríbeme el sitio para hacerme una idea mental, Manu García —dijo James, socarrón.
—Hay dos apartamentuchos juntos en una primera planta, una gran terraza con vistas al paraíso, y abajo hay una cafetería que parece tener algunos… libros —contestó, con media sonrisa.
—Ah, el Café con Letras… buen ambiente. Las chicas que trabajan allí hacen agradable el sitio —dijo James, riéndose—. Pues mira, ya tienes tu rinconcito del escritor.
—Supongo que te habrás caracterizado para que nadie te reconozca —añadió James con tono burlón.
Un suspiro furtivo escapó de sus labios mientras se ajustaba las gafas. La barba y el bigote no ocultaban su nariz recta, la mandíbula marcada ni aquellos ojos gris verdosos con destellos ámbar, capaces de decir más de lo que él mismo permitía. Alto, de complexión firme y aspecto descuidado, vestía vaqueros, camiseta blanca y una chaqueta de lana oscura, intentando sentirse cómodo dentro de una versión de sí mismo que aún le resultaba ajena.
—No… no soy yo, desde luego —murmuró, acariciándose la barba ligeramente descuidada—. Sería complicado que me reconocieran así. He venido a perderme entre la gente normal. Nada más.
—A ver si te acostumbras demasiado al anonimato —bromeó James.
—Eso espero —dijo Manu—. En una semana sale el libro, y si me quedo en Londres me van a freír a entrevistas. Ya tengo suficiente con lo que dejé entre esas páginas.
Levantó los ojos hacia el jardín que rodeaba el edificio: peonías, geranios, rosas, naranjos, limoneros… incluso un bellotero y una dama de noche que perfumaba la mañana. A la izquierda, la escalera privativa que subía hasta su vivienda le recordaba que habría formas de entrar y salir sin ser visto.
Un gran portón de entrada parecía servir también para la carga y descarga de la cafetería. En ese momento, el portón se abrió y vio aparecer a María junto a una mujer mayor que imaginó enseguida como la dueña del lugar. Ambas caminaban hacia el apartamento de Manu.
—Tengo que colgar, ha vuelto la chica de la inmobiliaria… y creo que mi nueva casera. No traen muy buena cara, así que algo me dice que esto acaba de empeorar —gruñó en voz baja.
—No te acostumbres demasiado al sitio, que luego te costará salir —bromeó James.
—De aquí ya no me sacas ni con agua hirviendo; ya me veo sentado al atardecer tomando notas con un té. El lugar es inspirador —respondió Manu, mientras colgaba, apoyando los brazos sobre la barandilla y contemplando las vistas que bien valían cualquier sacrificio.
Permaneció de pie, respirando hondo mientras escuchaba los pasos que ascendían por la escalera exterior hacia el primer piso.
Al girar la cabeza, vio aparecer primero a María, la joven de la inmobiliaria, acompañada esta vez por una mujer de aspecto sereno y elegante que rondaba los sesenta. Caminaba despacio, con la tranquilidad de quien conoce cada rincón del edificio.
—Manu, ella es Patricia —dijo María al llegar a la terraza—, la dueña del apartamento.
Patricia le dedicó una sonrisa amable antes de tenderle la mano.
—Discúlpame, Manu, pero ha surgido un pequeño inconveniente —dijo Patricia con amabilidad—. Cuando le comenté a María que el estudio estaba disponible, no pretendía causarle ninguna molestia. Ella me aclaró que usted necesitaba un lugar tranquilo, con privacidad. Puede quedarse aquí sin pagar mientras encuentra algo más adecuado… pero debo advertirle que no estará solo en esta casa.
Manu frunció el ceño y soltó un suspiro silencioso, agachando la vista un instante. «Perfecto… justo lo que no necesitaba ahora», pensó. Levantó los ojos hacia Patricia y María, mostrando calma mientras evaluaba la situación.
—No hay problema —dijo finalmente—. Puedo pagar el alquiler de todo un año si es necesario. Y con este paisaje, créanme, vale la pena el gasto. Pero dejé claro que quería un espacio para mí solo.
Patricia asintió con pena.
—Sí, como ve, la vivienda tiene lo mínimo. No hay mucho lujo —explicó Patricia con voz tranquila—. Antes, esto era la casa de mi madre. Cuando falleció, decidimos organizar dos apartamentos en la planta de arriba, dejando el bajo para la cafetería.
Manu la escuchaba con atención, evaluando la situación y los gestos de la mujer.
—La idea era que, cuando alguna de mis hijas se independizara, pudiera vivir aquí cómodamente… La planta superior tenía más desarreglos que arreglos, así que terminamos dividiéndola en dos viviendas pequeñas para cubrir la mayoría de las carencias. Y la planta baja, que antes había sido un taller de composturas, acabó convirtiéndose en la cafetería que ve ahora —explicó Patricia con calma.
María añadió rápidamente:
—Cuando le expliqué a Patricia tus condiciones sobre el alojamiento, ella misma se dio cuenta de que este no cumple todos esos requisitos, pero puede quedarse aquí sin pagar todo el mes. Mientras tanto, le buscamos algo mejor.
Manu soltó un suspiro silencioso y asintió levemente. «Bueno… al menos hay intención», pensó, intentando equilibrar su deseo de privacidad con la realidad de la situación.
—Lo que quería comunicarle es que ya hay otra persona que vive al lado. No le molestará, es muy reservada, apenas hace ruido… pero tendrán que compartir la terraza, ya que pertenece al mismo edificio.
Manu levantó los ojos un instante, dejando que un leve gesto de resignación cruzara su rostro. «Vamos de mal en peor… esto va a ser interesante», murmuró para sí mismo y alzó ligeramente la voz, marcando un punto de comprensión.
—Vamos a ver si nos entendemos —dijo—. Ustedes me prometieron una serie de comodidades en una casa que apenas ocupé tres días, y que casi se me cae encima por las termitas. Lo único que me ha convencido de quedarme aquí son las vistas. Y ahora me dicen que no solo no cumple con las exigencias que necesito, sino que lo primordial —la intimidad— tampoco existe. Tengo que compartir la terraza.
Patricia asintió con suavidad.
—Descuide, hablamos con ella. No le molestará. La terraza y la caldera serán lo único que compartan, ni se verán.
Manu bajó la cabeza, exhaló y añadió con un dejo de sarcasmo.
—Y la caldera también… ¿alguna otra sorpresa que deba saber?
Ambas mujeres se miraron, negando con la cabeza.
Manu dio un paso atrás, giró sobre sí mismo y observó la terraza, dejando que el aire del mediodía le recordara por qué había aceptado quedarse. Resopló de nuevo y, con tono más calmado, continuó.
—No puedo acomodarme a otra casa que no tenga este escenario. Pero quiero dejar algo en claro: he de hablar con la inquilina para establecer unas normas de convivencia. Para que ninguno de nosotros se encuentre incómodo con las manías del otro.
—Sí, sí, claro que sí —respondió Patricia—. Es mi hija. Trabaja abajo, en la cafetería. Tranquilo, hablaré con ella. Además, el café irá de parte de la casa. Usted está invitado siempre que vaya.
Manu les dedicó una leve sonrisa, aceptando el gesto. Por fin, un pequeño respiro en medio del caos que acababa de llegar a su vida.
—No se preocupe, hablaré con mis hijas para que todo marche bien y no haya escándalos en la cafetería. De verdad, no tiene que pagar nada —añadió María, intentando tranquilizarlo.
—Abonaré el dinero a la inmobiliaria; estará pagado un año, aunque yo me quede aquí solo tres meses. Pero necesito que lo que hemos hablado se cumpla —insistió Manu.
Ambas asintieron de nuevo, comprendiendo la firmeza de su tono.
Manu echó un vistazo alrededor, evaluando el pequeño apartamento: una cama modesta, una mesa y dos sillas, la cocina con lo justo —pocos platos, un microondas, un horno, apenas utensilios para un servicio mínimo— y todo impecablemente limpio. Con las manos en la cintura, se relajó momentáneamente.
—Bueno… esto se convirtió en una pesadilla —murmuró para sí mismo—. Yo que venía a relajarme y resulta que ya estoy viviendo el argumento de mi nueva novela.



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Editado: 15.08.2026

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