Nunca te he besado

Capítulo 2

Nunca te he besado
Capítulo 2
El Ente

Entre rutinas estrictas y silencios compartidos, cada rincón del apartamento parecía guardar pequeñas tensiones y secretos, esperando a estallar.
Canción recomendada 🎧 Enjoy the Silence – Depeche Mode
“Caos dentro del caos, un reflejo de la mente de Manuel Storm”.

—Os presento a X y viene de otra ciudad —dijo Luz, la profesora, mientras miraba con ternura a la niña que tomaba de la mano.
Ella miraba al resto de la clase como un animalito asustado, cuando fijó la vista en mí, buscando un ancla a la que aferrarse.
No pude apartar los ojos de ella hasta aquella terrible despedida.

Nunca te he besado. Capítulo 1—Manuel Storm

Los días de convivencia eran, cuanto menos, extraños. Desde el primer amanecer, Manuel comprendió que aquella casa no sería el refugio tranquilo que había imaginado. Había alguien —o algo— que quebraba su orden cartesiano.
La llamaba el ente. Porque eso era lo que parecía: una presencia sin cuerpo, una sombra que dejaba rastros —una taza fuera de lugar, el eco de una radio encendida en plena madrugada, pasos que se apagaban cuando él abría la puerta—, pero rara vez una figura humana.
Una mañana, harto de improvisaciones incómodas, escribió una nota.
Usó una hoja de papel cuadriculado, la arrancó con cuidado y la pegó en la puerta de ella, con cinta y precisión milimétrica.
Decía:
«Por favor, respeta los turnos de uso de la caldera y las zonas comunes.
Poseo una rutina férrea.
1. Me levanto a las seis y media, me doy una ducha, y a las ocho realizo mi sesión contemplativa en el balcón.
2. Ese espacio es parte de mi rutina de trabajo y necesito tranquilidad para concentrarme.
3. Soy una persona antisocial; cuanto menos nos veamos, mejor será para ambos.
4. Mantengamos todo limpio y ordenado: es una cuestión de higiene y convivencia responsable.
5. No me gustan los ruidos a deshora, ni los gritos, ni las peleas, ni las visitas inesperadas.
6. No tengo sal, azúcar ni nada que te sea de utilidad culinaria.
7. Ante una urgencia, contacta con el 112.»
Era su manifiesto doméstico. Una declaración de límites disfrazada de cortesía. Después de pegarla, se sintió satisfecho, incluso en paz: había marcado el territorio. Diez días más tarde, la nota seguía allí. Nadie la había retirado, nadie había respondido. Y desde luego, nada había cambiado.
Las noches continuaban llenas de ruidos, la caldera seguía fría, y en ocasiones juraría escuchar risas, conversaciones en voz baja o el arrastre de sillas a horas imposibles. El ente seguía allí, invisible, desafiante. Y cuanto más ignoraba su nota, más consciente se hacía él de su propia presencia.
Era como si su autoridad se desvaneciera cada vez que oía un ruido. Y, sin embargo, en medio de la irritación, algo en todo aquello lo mantenía vivo.
Manuel empezaba a sentirse invadido en su intimidad y sus normas. No era miedo exactamente, sino una incomodidad constante, la sensación de que alguien habitaba su entorno sin reconocer su existencia.
A veces pensaba que simplemente lo ignoraba; otras, que no era una mujer en absoluto, sino una presencia que se resistía a ser vista. La convivencia se convertía en una especie de pulso silencioso, donde él buscaba el orden y ella respondía con caos.
Y aunque cada día aumentaba su fastidio, había en esa batalla doméstica una tensión que lo mantenía vivo, una curiosidad que lo empujaba a entender quién —o qué— era realmente ese ente del caos.
Aquella mañana, Manuel despertó percibiendo algo distinto: una calma inusualmente cómoda. Por primera vez en días, tuvo la absurda impresión de que quizá la convivencia empezaba a estabilizarse.
El despertador sonó puntual, el móvil marcaba las seis y media, y el sol apenas se insinuaba tras las persianas. Realizó sus estiramientos con la disciplina de un reloj suizo: cuello, hombros, respiración controlada.
Se permitió incluso un pequeño pensamiento de optimismo: quizá hoy las cosas fluyan.
Entró en el baño, giró el grifo y esperó. El sonido del agua llenó el silencio y, por primera vez en muchos días, el vapor comenzó a empañar el espejo.
Agua caliente.
«Por fin», pensó, mientras el chorro caía sobre su espalda. Cerró los ojos, dejó que el agua recorriera su rostro, su cuello, su cabeza. Sintió el peso de la presión sobre el cuero cabelludo, como una especie de limpieza simbólica, una tregua entre él y la casa.
Y entonces ocurrió.
El agua, sin previo aviso, se volvió hielo. Una punzada gélida le golpeó la nuca, le cortó la respiración. Pegó un grito. Un chillido agudo, casi inhumano, que rebotó en los azulejos.
Se apartó de golpe, resbaló, cayó de espaldas contra la mampara, y el suelo se le hizo un campo de batalla de agua y jabón. Consiguió ponerse en pie, empapado, tiritando, con una pequeña toalla mal envuelta alrededor de la cadera.
Furioso, salió del baño y cruzó el pasillo dejando un rastro de agua detrás. Su única idea era una: la terraza. Allí estaba ella. Tenía que estar. La había oído moverse unos segundos antes.
Con la piel erizada y los pies deslizándose en el suelo frío, golpeó con el puño la puerta de cristal.
—¡¿Podrías, por favor, respetar los turnos de la caldera?! —gritó, entrecortado por el temblor—. ¡Una maldita vez, por favor!
Silencio.
Ni un movimiento al otro lado. Solo el rumor del viento colándose entre las macetas. Golpeó de nuevo, con más fuerza.
—¡Sé que estás ahí! —dijo, esta vez más bajo, casi con un rastro de súplica.
Nada.
Fue entonces cuando se dio cuenta: estaba completamente desnudo, apenas sostenido por la minúscula toalla, empapado, goteando sobre el suelo del mirador.
Un frío diferente, menos físico, lo invadió. El de la vergüenza.
Retrocedió en silencio, con el corazón desbocado de ira, y cerró la puerta detrás de sí.
—Definitivamente quiere que me vaya.
Por primera vez, la idea dejó de parecerle absurda.
Volvió al baño y terminó de arreglarse con la meticulosidad habitual: se peinó, repasó la barba y el bigote, ajustó las gafas.
Frente al espejo observó el perfume y los productos de cuidado alineados junto al lavabo, los mismos que durante años habían marcado el orden exacto de su higiene diaria.
Frunció ligeramente el ceño mientras volvía a mirarse en el espejo. Tenía peor cara, ojeras más hundidas y una expresión cansada que empezaba a resultarle incómodamente familiar.
—Mírate, colega… —murmuró señalándose el reflejo—. Esa cosa de al lado te está dejando hecho una mierda.
Bajó la mano despacio.
Hacía semanas que sus hábitos ya no consistían en cuidarse, dormir bien o mantener cierto orden mental. Ahora se limitaba a sobrevivir a aquella casa sin perder del todo la compostura.
—Venga, recomponte un poco.
Necesitaba volver a ser el hombre capaz de soportar el desorden de aquella convivencia sin desmoronarse del todo.
El pensamiento le devolvió una sensación mínima de control.
Se vistió con pantalón vaquero, camiseta y camisa de cuadros, y caminó descalzo hasta la cocina para prepararse el desayuno: poner agua para el té, hacer el sándwich, repetir el mismo orden de siempre. Pero al abrir el armario, el golpe: no había té. Una irritación punzante se mezcló con la sorpresa. No sabía arrancar la mañana sin té.
Por un instante actuó por impulso. Avanzó por el pasillo hacia la terraza con la taza vacía en la mano y el sándwich listo. Pero de repente se detuvo.
Su propio manifiesto lo miraba desde la puerta de su vecina, firme e inamovible.
La contradicción lo paralizó.
Decidió entonces una estrategia intermedia: se comería el sándwich y mantendría intacta la coherencia de sus propias reglas.
Mientras masticaba con desgana, recordó algo que la señora Patricia le había comentado semanas atrás. La dueña del edificio —siempre amable, siempre conciliadora— le había insistido en que no se preocupara por los desayunos. Su hija regentaba la cafetería de la planta baja y él, según sus propias palabras, «siempre estaría invitado».
Manuel nunca había terminado de decidir si aquella oferta era hospitalidad genuina o una forma elegante de suavizar sus constantes incomodidades dentro del edificio.
Pero en ese momento la idea adquirió otro matiz.
Si el ente de arriba no quería respetar unas normas básicas de convivencia, él tampoco tenía por qué seguir facilitándole las cosas.
Técnicamente no estaría rompiendo ninguna regla. Bajaría como un cliente más. Visible. Correcto. Educadamente incómodo.
Y, después de todo, había pagado un año entero en aquel cuchitril. Patricia le había dejado claro que tenía derecho a desayunar allí.
Quizá había llegado el momento de ejercerlo.
Si no respetaban las normas dentro de su propia casa, podía trasladar el conflicto al territorio que Patricia le había ofrecido como refugio. Presentarse cada mañana como cliente habitual. Ocupar espacio. Reclamar atención. Convertir su descontento en una incomodidad pública dosificada.
No era una amenaza real, pero sí una colección de pequeñas palancas sociales: la visibilidad constante, la molestia ritual y la presión derivada de su incómodo papel de «invitado».
Si la cafetería necesitaba parroquianos y la regente quería mantener las buenas relaciones con la comunidad del bulevar, su queja —bien escenificada— podría tener algún efecto. No era un boicot organizado ni una campaña, sino una venganza doméstica calculada: simbólica, pública y suficientemente incómoda como para devolver a la susodicha la sensación de que sus reglas podían tener consecuencias en el mundo real si no se respetaban.
Con la mente clara y lista para ejecutar aquella venganza de baja intensidad, Manuel terminó su sándwich y dejó la taza vacía sobre la encimera. Sabía que bajar y escenificar su indignación sería una forma de recuperar autoridad en su territorio y dejar en evidencia que no estaba dispuesto a ceder.
El teléfono vibró sobre la encimera, rompiendo el silencio como un zumbido inoportuno.
Miró la pantalla: Eric. Dudó en responder. Por un momento pensó en dejarlo sonar, pero algo en su sentido del deber lo obligó a deslizar el dedo.
—Manuel, buenas noticias. Adelantamos el lanzamiento. El libro sale en cuatro días.
Sintió cómo se le cerraba el pecho con esa presión familiar, ese nudo invisible que conocía demasiado bien. No era miedo. Era la vieja ansiedad que regresaba puntual cada vez que un trabajo suyo salía al mundo.
Había aprendido a esconderla bajo una fachada de control, de normas y orden, pero en el fondo sabía que esa rigidez era su única defensa.
Era un hombre hecho a sí mismo entre las paredes de un cubículo, como un caracol dentro de su propia concha.
Pero cuando sus criaturas de papel salían a la calle, el ruido lo devoraba.
No era solo la crítica literaria, sino la intromisión: querían saber de su vida, de su ropa, de su respiración.
Y esa masa, la prensa, el público, el eco de las redes, era algo que no podía dominar.
—Eric —dijo con voz firme—, estoy en mi año sabático. Necesito mi tiempo, mi tranquilidad. Las primeras entrevistas… que sean solo por correo o llamadas. No quiero que me vean.
—Intentaré… —comenzó el editor, con esa mezcla de entusiasmo y urgencia que siempre lo irritaba.
—No. Hazlo, si no quieres que esto en vez de ser un bestseller se convierta en una gran mierda. Contesta las preguntas difíciles. Que el contacto sea telefónico o por correo. Yo no doy la cara.
Eric hizo una pausa.
—Haré lo posible…
—Perfecto. Hazlo posible. Eso es todo lo que necesito escuchar.
Dejó el móvil sobre la mesa, todavía encendido, con la voz de su interlocutor diluyéndose al fondo.
Respiró hondo. En cuatro días, todo volvería a empezar. El ruido. Las preguntas. Las cámaras.
Y él, como siempre, intentando mantenerse a flote sin perder el control.
Se dijo que, al menos, aún le quedaba una pequeña revancha doméstica.
Mañana bajaría a la cafetería. Por cortesía, por hambre o por orgullo.
Tal vez para demostrar —aunque solo fuera por un rato— que seguía siendo el dueño de su propio silencio.
Y entonces, casi sin querer, una idea cruzó su mente, fría y clara:
«De todo esto… podría salir una novela. Yo, como protagonista de mi propia y rocambolesca historia».



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Editado: 15.08.2026

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