Nunca te he besado

Capítulo 4

El club de lectura de los jueves

El club de lectura de los jueves

"interior de Café Entre Letras, donde al fondo se reúne el club de lectura de los jueves."

🎧 Recomendado para leer este capítulo: "la chica de ayer" – Nacha Pop

—¡Te dije que apartaras el dedo, zoquete! —me soltó enfurruñada mientras sujetaba mi índice amoratado.

—¿Y cómo se supone que iba a sujetarlo? —protesté entre el fastidio y el dolor.

Aquel cuadro de clavos e hilos parecía una idea preciosa... hasta que recordabas que éramos unos críos armados con martillos en mitad de una clase de manualidades.

Yo había querido hacerme el superhéroe que ayuda a su chica... y terminé siendo socorrido por ella.

—Nunca te he besado. Capítulo 1. Manuel Storm

P bajó las escaleras interiores con la carpeta roja bajo el brazo y el pelo todavía húmedo de la ducha. Nada más pisar la cafetería, vio a Rosa observando el rincón del fondo con un nivel de emoción francamente preocupante.

La camarera levantó apenas la barbilla.

—Presta atención. Mira quién está ahí.

P siguió la dirección de su mirada y se encontró a una presencia conocida sentada frente a Manuel. La anciana, regordeta y sonrosada, llevaba una blusa estampada en tonos neutros y el pelo recogido en un enorme moño gris. En los pies calzaba unas manoletinas planas de cuadritos, tan acolchadas y cómodas que recordaban inevitablemente a las típicas zapatillas de estar por casa. Tras las gruesas gafas de pasta negra, sonreía con esa dulzura entrañable que en el pueblo siempre precedía a un interrogatorio completo.

Cerró los ojos un segundo.

—¿Qué hace doña Paquita hablando con lord Vinagre?

Rosa soltó una risa contenida.

—Nos hemos apostado veinte euros. A ver quién de las dos saca más información antes de que el señor Ojos Bonitos salga por esa puerta.

P dejó la carpeta sobre la barra.

—Estáis fatal —murmuró, negando con la cabeza.

—Yo digo que tu vecinito viene aquí por un corazón roto. Tiene cara de escuchar música triste mirando la lluvia.

—Rosa... por favor —exclamó, poniendo los ojos en blanco.

—¿Qué? Tú míralo bien. Ese hombre carga peso emocional seguro.

—Ni los dramas lo soportarían, créeme, hermana —replicó mientras cogía un vaso de agua mientras Rosa seguía observando la escena con avidez.

—¿Qué te apuestas a que doña Paquita ya se ha presentado? —continuó recreando una vocecilla imitándola—. "Hola, soy Paquita, la de la mercería. Igual te coso un botón que te arreglo un bajo".

Le dio un codazo rápido a P, provocándole una mirada asesina.

—Hermana, ya estamos. No puedes evitarlo ni cinco minutos, ¿no?

Rosa sonrió sin el menor arrepentimiento.

—Vamos, mujer... yo el bajo se lo arreglaba encantada —añadió mientras se mordía el labio.

P estuvo a punto de atragantarse con el agua.

—No sé quién me da más miedo: tú o la señora Paquita.

—Doña Paquita es peor. Esa mujer es el C.N.I. del pueblo con permanente y bolso de ganchillo.

Como si la hubieran invocado, la anciana apareció a pasos lentos junto a la barra con expresión triunfal.

—¿Tienes lo mío, querida? —la voz de la mujer se dirigió a Rosa.

—Claro que sí —respondió alcanzándole la bolsa de papel con los bollos y el café para llevar.

La camarera se inclinó inmediatamente hacia delante.

—A ver, desembucha.

Doña Paquita sonrió orgullosa de sí misma.

—Profesor de literatura en un colegio distinguidísimo de Londres. Está aquí por un año sabático... y porque necesita poner un poco en orden su vida, aunque eso ya es de mi cosecha, por lo que he intuido en su forma de expresarse.

Rosa abrió mucho los ojos.

—Lo sabía. Drama emocional. Dame mis veinte euros.

—Niña, espera, que aún hay más —añadió la anciana bajando la voz—. Educado, guapo, bien plantao... y tiene perras.

P levantó ambas manos al aire con resignación absoluta.

—De verdad... quién os entienda que os compre.

Doña Paquita ignoró el comentario con dignidad impecable mientras daba un sorbo a su café.

—Ah, y lo he invitado al club de lectura.

Rosa dio un pequeño golpe emocionado sobre la barra.

—¡Sabía que podía confiar en usted!

P dejó caer la cabeza hacia atrás con los brazos cruzados.

—Claro. Fantástico. Justo lo que necesitábamos: un petulante engreído en el club. Ah ah ah... No. Dimito, vais a manejar la asociación vosotras sólitas. Yo me planto. Sois unas cotillas de manual. Y me temo que voy a salir perjudicada de vuestros jueguecitos detectivescos.

Rosa soltó una carcajada mientras doña Paquita recogía su bolsa.

—Ay, hija, peor sería aburrirse.

La anciana se encaminó hacia la puerta y, antes de salir, alzó la voz hacia el rincón del fondo.

—¡Manu! Nos vemos el jueves, ¿verdad, cariño?

Él levantó la vista del portátil justo a tiempo para verla marcharse.

Alzó una mano educadamente, aceptando desde la distancia por un instante sus ojos se cruzaron con los de P, sostuvo la mirada apenas un segundo antes de volver a bajar la vista hacia el ordenador, como si aquello no hubiera significado nada.

Ella seguía junto a la barra, observándolo con resignación absoluta.

La despedida con las chicas fue breve. Antes de que pudiera forcejear con la puerta, una mano se adelantó desde fuera y le abrió paso a doña Paquita.



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En el texto hay: primer amor, amigos y cafe, amor humor

Editado: 07.09.2026

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