Una lavandería. Calzoncillos sucios y un descubrimientov
El Club de los Jueves
Manu, preferiría ser atropellado por un tráiler antes que asistir al club de lectura.
P, preferiría tragarse una cafetera entera antes que soportarlo.
🎧 Recomendado para leer este capítulo: "La vereda de la puerta de atrás" – Extremoduro.
🎧 Bonus track para amenazas indirectas y violencia emocional gratuita: "Rata inmunda" – Paquita la del Barrio.
—Está bien, te lo dejo. No hace falta que me mires con ojos de perro chico —le dije mientras ponía en sus manos el último tesoro de mi colección.
—¿Pero si yo solo te he preguntado quién era el del semblante cadavérico? —preguntó ella, asombrada.
—Skeletor.
—Ah, vale. Me gusta.
Nunca prestaba nada que tuviera que ver con literatura. Ni libros, ni cómics, ni una sola página de mi estantería.
Pero ella... ella siempre había sido la excepción.
—Nunca te he besado. Manuel Storm.
El aire de la mañana acariciaba el rostro de Manu y hacía que, sumido en la concentración de la posición de loto, se relajara todavía más.
Aquel día había empezado siendo casi perfecto.
Agua caliente.
Desayuno impecable.
Y su hora contemplativa frente al amanecer iba camino de convertirlo en un día diez.
«Mierda, es jueves. Toca lavandería y, encima, no puedo negarme a ir a esa estúpida reunión».
Lo dicho. Un día casi perfecto.
Los siguientes intentos de alcanzar la relajación absoluta se vieron interrumpidos por pensamientos intrusivos.
«Eres gilipollas, tío. Te dejaste engatusar por la ancianita de palabras suaves y mira dónde estás ahora».
Una última exhalación, precedida por su mantra preferido, hizo escena en ese momento.
«Tienes 5 minutos más antes de que la reina del caos haga su ruidosa aparición, disfrútalos»
Craso error.
La puerta de P se abrió y cerró con un sonoro portazo.
Manu apretó aún más los ojos cerrados.
—Entiendo, entiendo... Cuando me dijeron que me llamarían por el tema de la cafetera no pensé en estas horas. Apenas son las ocho.
Y ahí estaba el ruido con patas, con una toalla en la cabeza, vestida solo con una camiseta blanca y la cabeza inclinada mientras sujetaba el teléfono entre la oreja y el hombro.
Con el rabillo del ojo siguió la figura de su vecina.
Se dirigía hacia la pared contigua de la casa y, de pronto, abrió una pequeña compuerta cuya existencia Manu desconocía por completo.
Tras ella aparecieron una lavadora y una secadora colocadas una sobre otra.
—¿Venir ahora? Claro, si no tienes otro hueco... bien, ajá...
P seguía enfrascada en la conversación telefónica mientras Manu contemplaba la escena con una expresión que empezaba a transformarse lentamente en tragedia griega.
Ella abrió la lavadora. Sacó un puñado de ropa húmeda. La olió.
La observó con visible decepción.
Volvió a meterla dentro.
Después se dirigió a la secadora. Abrió la puerta. Miró en el interior unos segundos.
Y entonces sacó un tanga blanco de algodón.
Manu abrió un poco más los ojos.
P, con la misma naturalidad con la que alguien se coloca unos calcetines, se lo puso allí mismo.
Manu ya no estaba meditando. Estaba notando cómo su paz mental huía despavorida por los rincones, mientras, la vergüenza ajena entraba por la puerta grande de su existencia.
Ella seguía hablando por teléfono mientras se quitaba la toalla de la cabeza y se atusaba el pelo para airearlo.
—Bien, pero si me dices diez minutos, son diez minutos. Vivo arriba, así que solo tengo que bajar las escaleras internas para plantarme en la cafetería.
Manu estaba a un nanosegundo de expulsar el corazón por la boca, y no era broma; ya lo sentía en la garganta.
—Ok, le espero.
Colgó el teléfono y, con total naturalidad, metió la toalla en la lavadora, echó detergente y la puso en marcha.
—¿Desde cuándo tenemos lavandería? ¿Y por qué no he sido avisado de esto? —reclamó Manu desde el suelo.
—¡¡Joder!!
El salto de P fue igual de grande que el taco que acababa de escapársele por la boca.
—¿Y tú no sabes que espiar conversaciones privadas es un delito?
—Yo no... estaba aquí mucho antes de que tú entraras y te pusieras...
«Para, Manu. Que la lías».
—¿Me has visto...?
P intentó poner en orden sus palabras y también los insultos adecuados.
—Eres un obsceno depravado. No, si rarito ya se te veía, pero como para practicar voyeurismo no te creía tan capaz.
—Yo no soy el que anda semidesnudo por la casa. Respeto los espacios. Sigo las normas —aclaró Manu mientras señalaba con la barbilla la nota que aún seguía pegada en la puerta de P.
—¿Normas? ¿En mi casa? ¿En mi parte de la terraza?
—Es de lógica cuando se convive. El civismo manda, señorita enseñalotodo.
La cara de P pasó del blanco al rojo de furia en un abrir y cerrar de ojos.
—Además, tampoco he visto nada novedoso —replicó Manu con un tono condescendiente.
—Perfecto. ¿Y eso se supone que tiene que hacerme sentir más tranquila?