El que observa
El carro seguía ahí.
No se movía.
No se iba.
Jenny lo observaba desde la rendija mínima de la cortina, sin exponerse.
No era paranoia.
Era patrón.
Y los patrones… no mienten.
Se alejó despacio y caminó hacia la cocina, como si nada pasara. Abrió la nevera, tomó agua, bebió un sorbo.
Rutina.
Normalidad.
Pero su mente ya estaba corriendo.
Si la habían encontrado… no iban a apresurarse.
Iban a estudiar.
Esperar.
Ver sus errores.
—Entonces no les voy a dar ninguno —susurró.
En ese momento…
alguien tocó la puerta.
Una vez.
Seco.
Jenny se congeló.
No esperaba visitas.
Nadie debía saber que estaba ahí.
El segundo golpe fue más suave.
Más… paciente.
Su pulso se estabilizó.
Se acercó en silencio, sin hacer ruido, y miró por el ojo de la puerta.
Un hombre.
Desconocido.
Tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—Sé que estás ahí —dijo él, sin levantar la voz.
Jenny no respondió.
—No vengo a hacerte daño.
Silencio.
—Si quisiera… no estaría tocando.
Eso…
era cierto.
Pero no significaba que fuera aliado.
Jenny abrió la puerta lo justo.
—Habla.
El hombre no sonrió.
—Te están buscando.
—Ya lo sé.
Él la observó con atención.
—Entonces sabes que no tienes mucho tiempo.
Jenny sostuvo su mirada.
—¿Y tú quién eres?
Pequeña pausa.
—Alguien que no quiere que te encuentren primero.
Eso no era una respuesta.
Pero era suficiente para entender algo:
El juego… se estaba ampliando.