La ciudad ya no es segura
Jenny no durmió.
Se quedó sentada en el suelo, apoyada contra la pared frente a la puerta, con el objeto aún en la mano. El silencio había vuelto, sí… pero ya no era tranquilidad. Era espera.
Cada sonido del edificio la hacía tensarse. Un ascensor, pasos lejanos, una puerta cerrándose en otro apartamento… todo parecía demasiado cercano.
Cuando por fin amaneció, la luz no trajo calma.
Solo claridad.
Y con ella, la certeza de algo que no podía ignorar:
Tenía que irse.
No mañana.
No después.
Ahora.
Se levantó con movimientos rápidos, precisos. Tomó una mochila, metió lo esencial: documentos, dinero, un cambio de ropa. Nada más. No había tiempo para apegarse a nada.
Ese lugar ya estaba comprometido.
Y quedarse… era un error.
Antes de salir, se detuvo un segundo frente al espejo.
Elena la miraba.
Perfecta. Construida. Falsa.
Jenny sostuvo esa mirada unos segundos.
—Se acabó —susurró.
Y salió.
La calle estaba llena de vida.
Gente caminando, autos pasando, conversaciones normales. Todo parecía igual… pero para ella, todo había cambiado.
No caminaba.
Calculaba.
Miraba reflejos en vitrinas, medía distancias, detectaba movimientos fuera de lugar. Cada rostro desconocido era una posible amenaza.
Había aprendido bien.
Demasiado bien.
Giró en una esquina… y se detuvo.
Un auto negro.
Motor encendido.
Vidrios oscuros.
No estaba antes.
Su pulso se aceleró.
No miró directamente.
Siguió caminando.
Pero cambió de ritmo.
De dirección.
De ruta.
Dentro del auto, alguien habló.
—Se mueve.
—Déjala —respondió otra voz—. Que corra.
Jenny sintió la mirada en su espalda sin necesidad de confirmar.
Aceleró.
Entró a una tienda. Salió por otra puerta.
Cruzó la calle sin mirar el semáforo.
Se mezcló entre la gente.
Pero no importaba.
Sabían cómo seguirla.
Mientras tanto…
Andrés ya no estaba en su país.
El avión había aterrizado horas antes.
No había anunciado su llegada.
No había dejado rastro.
Pero ya estaba ahí.
Más cerca de lo que ella imaginaba.
—Ubicación —ordenó.
—La perdimos hace 20 minutos —respondió una voz por el auricular.
Silencio.
Peligroso.
—Entonces no la perdieron —dijo con frialdad—. La están empujando.
Eliander, a su lado, lo miró.
—Quieren que se mueva.
Andrés asintió apenas.
—Quieren sacarla de su escondite.
Jenny entró en el metro.
Puertas cerrándose.
Gente apretada.
Perfecto para desaparecer.
O para quedar atrapada.
Se apoyó en una barra, intentando regular la respiración.
Miró alrededor.
Rostros desconocidos.
Normales.
Pero algo no encajaba.
Un hombre.
Quieto.
Demasiado quieto.
Mirándola sin disimular.
El tren arrancó.
Jenny desvió la mirada… pero ya era tarde.
Él sonrió apenas.
Y eso fue suficiente.
Las puertas se abrieron en la siguiente estación.
Jenny salió sin pensar.
Caminó rápido.
No corrió.
Nunca correr.
Pero cada paso era más rápido que el anterior.
Subió las escaleras.
Salió a la calle.
Y entonces…
una mano la sujetó del brazo.
Firme.
Precisa.
No violenta…
pero imposible de ignorar.
Jenny giró con el impulso listo para defenderse—
Y se detuvo.
Sus ojos se abrieron.
El mundo se quedó en silencio.
Porque la persona frente a ella…
no era quien esperaba.
—¿Ya terminaste de huir?
La voz era baja.
Conocida.
Demasiado conocida.
Su corazón se detuvo un segundo…
y luego golpeó con más fuerza que nunca.
Andrés.
Estaba ahí.
Frente a ella.
Real.
Y más peligroso que nunca.
El caos no había terminado.
Apenas…
acababa de encontrarlos otra vez.