En seguida, Ángel vuelve a recordar al joven taxista que le habló, que casi muere al recibir varios impactos de bala, y que Dios lo salvó...
De inmediato, Ángel le dice a su esposa:
— ¡Yo tuve un encuentro con Dios!
— ¿Qué es lo que dices amor?
— Si, lo que escuchaste, fue con Dios; tuve un encuentro con Dios.
— No entiendo nada de nada... ¿realmente sabes lo que dices?
— Claro. Ahora lo sé, porque me acorde nuevamente del joven taxista que recibió muchos disparos, y tuvo una oportunidad de viva gracias a Dios.
— Eso no me lo habías contado.
— No, porque yo no preste mucha atención... yo entre a ese taxi con el dolor de estómago que tenía, y el joven estaba escuchando adoraciones, y cantaba muy fuerte; tanto que me incomode, porque yo no entendía que Javier estaba sintiendo a Dios.
— ¿Javier?
— Si, el taxista se llama Javier... él me dijo que la vida le cambio completamente, porque el antes era una persona que le hacía mucho mal a las personas, pero desde que Dios le dio esa oportunidad de vida, se convirtió a Dios.
— Entonces; no íbamos a encontrar al hombre.
— No, así no... tengo que buscar a alguien como Javier para que me lleve a donde se congrega.
De un momento a otro, Karla arruga su rostro, diciendo a Ángel:
— ¿Cómo así? ¿Qué estás pensando?
— ¿Por qué te enojas Karla?
— No estoy enojada.
— No mientas, tu rostro te delata... hace segundos estabas muy contenta por mi sanidad y de todo lo que te estaba contando de esa experiencia que tuve, y de un momento a otro tu rostro cambió abruptamente, como si yo fuera tu enemigo.
— Estas imaginando cosas.
— No lo creo.
Karla se levanta, y le dice a su esposo:
— Estoy cansada de tanto caminar, me voy a costar.
— Bueno, bueno, ve...
Karla se va a costar, mientras Ángel piensa en lo que le sucedió en la playa. Cuando se acuerda que antes de eso un hombre le robó su cartera, y dice:
— Oh, no...
El día siguiente, Karla se despierta, y ve a su esposo sentado en la cama, y le pregunta:
— ¿Qué tienes?
— Recordé que ayer mismo antes de mi sanidad hecha por Dios; un hombre se acercó por dé tras mío, y robo mi cartera.
— No se llevó dinero, porque toda la plata la tengo yo.
— Pero si se llevó mi cedula de identificación.
— Ah... ¿qué vamos hacer?
— Nada, somos nuevos en esta ciudad y no conocemos nada, el que se robó mi cartera debe estar muy lejos.
— Bueno, te toca sacar de nuevo tu cedula.
— Toca... bueno, arreglémonos para ir a desayunar...
— Bueno...
Después de asearse y desayunar, y también de comunicarse con Clemente e Ilma, para contarles con gran alegría el milagro de la sanidad, Ángel y Karla salen en el carro a pasear por la ciudad...
Bahía de Santa Marta, Ángel y Karla recorren el lugar. Cuando Ángel, quien va manejando; ve al hombre que le robó, y le dice rápidamente a su esposa:
— ¡Ese es el hombre que me robó la cartera!
Karla mira a donde le apunto su esposo, diciéndole:
— ¿Estas seguro que es él?
De inmediato, Ángel detiene su carro. Cuando Karla le pregunta con mucha preocupación:
— ¿Qué vas hacer?
— ¿Qué crees que voy hacer?
— Amor es peligroso, ese hombre puede llevar un cuchillo, o una pistola.
Ángel se baja del carro, diciéndole a Karla:
— Maneja tu.
— ¡Hazme caso Ángel! No te le acerques a ese hombre, puede estar armado.
En seguida, Ángel pasa la calle, mientras el hombre está mirando un tarro de basura. Cuando mira a Ángel que viene hacia él, como con algo en la mano, y lo reconoce que le robó, y de inmediato sale a correr...
Ángel también corre, y persigue al ladrón, mientras Karla los sigue desde el carro con bastante enojo por lo que está haciendo su esposo...
El ladrón corre por la calle veinte, y Ángel también corre por esa calle, esquivando a varias personas...
Karla también entra por esa calle, y alcanza a Ángel, y le grita desde el carro:
— ¡PARA YA! ¡ENTRA AL CARRO!
En ese instante, Karla detiene el carro por un semáforo en rojo, mientras Ángel sigue correteando al ladrón. Cuando este se cansa de correr e intenta esconderse en una parte de muchos árboles, pero Ángel lo descubre.
El ladrón ve que Ángel no tiene nada en sus manos, y saca una navaja, diciendo:
— ¿Quieres problemas?
— Solo necesito que me devuelvas la cédula, queda te con lo demás.
— ¿Qué demás, sino tenías nada de dinero?
El ladrón saca la billetera de Ángel, y con rabia se la pega en el pecho, diciéndole también:
— Debería de golpearte por no andar con dinero.
Ángel se soba el pecho donde le cayo su cartera, y la recoge del suelo, diciéndole al ladrón:
— No andaba con dinero, porque me estaba muriendo, y cuando me la robaste, estaba en las últimas.
— Si no tienes dinero para darme vete de mí vista.
— Yo te puedo dar dinero.
— ¿De dónde? Si desde ayer revise esa cartera, y está más vacía que mi estómago.
— Ah, así que tienes hambre.
— Claro, pero primero quiero tranquilizarme.
— ¿Cómo te vas a tranquilizar?
— Pues necesito dinero.
Ángel cae en cuenta de lo que le dice el ladrón, y le expresa:
— Yo no te voy a dar dinero para vicio, si es para comida sí.
— Ya tienes tu cartera, vete, yo buscaré por ahí como comprar algo para tranquilizarme y después comeré.
— Necesitas ayuda.
— ¿Tú me vas ayudar? ¿Ni mis padres me ayudaron a salir de esto, ahora tú me vas ayudar?
— Claro que, si puedo, porque a mí me han ayudado.
— Que bueno por ti, que bueno que tu familia te ayudo.
— Me ayudo Dios.
El ladrón lo queda mirando fijamente y se queda callado. Cuando Ángel le sigue diciendo:
— Tuve un encuentro con Dios, y por eso estoy aquí, sano; como si no me hubiera pasado nada... en ese momento en que me robaste la billetera, en ese preciso momento, estaba muy mal, estaba muriendo, y en la playa tuve el encuentro con Dios, y fui sanado de mi enfermedad.