Nyx

El precio de la vida

En Nytheria, el mundo no era indulgente con los débiles.

El planeta respiraba a través de extremos: desiertos abrasados por soles implacables, selvas que devoraban a quienes se internaban sin permiso... y, al oeste, más allá de las rutas transitadas, las Montañas de Hielo, una extensión de roca negra, nieve perpetua y viento cortante donde incluso la luz parecía llegar cansada.

Allí vivían los Thalyra, los Cazadores Nocturnos del clan Elerys.

Su territorio se alzaba en lo más alto de las montañas, entre acantilados afilados y pasos imposibles. Las viviendas no buscaban imponerse al paisaje, sino desaparecer en él: casas bajas, de piedra oscura, encajadas entre rocas, cubiertas de nieve y sombras. Desde lejos, el asentamiento parecía una herida cerrada en la montaña. Desde dentro, era silencio, disciplina y vigilancia constante.
Los Thalyra no celebraban el ruido ni la ostentación.
Creían que el silencio era fuerza, que ver antes de actuar era sobrevivir, que las emociones debían reprimirse, porque una emoción mal controlada podía condenar a toda la manada. Aquí, la prioridad no era el individuo, sino el conjunto.

Y sin embargo, esa noche, el silencio estaba roto.

El viento aullaba con una violencia inusual, golpeando los muros de piedra como si quisiera arrancarlos de raíz. La nieve se acumulaba en remolinos furiosos, y las antorchas apenas resistían, temblando con una luz débil y anaranjada. Dentro de una de las casas más protegidas del asentamiento, la vida pendía de un hilo.

-Arkeon... -la voz fue apenas un susurro, quebrado por el dolor.

Arkeon estaba de pie junto al lecho, inmóvil como una estatua tallada en hielo. Alto, ancho de hombros, con el porte de un líder forjado en batalla, parecía ajeno al caos que lo rodeaba. Pero sus manos estaban tensas, los dedos clavándose en la piel de sus palmas hasta sangrar, aunque su rostro no mostrara nada.

Nada debía mostrarse.

En el lecho yacía Lyrana, su compañera. Su respiración era irregular, su frente perlada de sudor a pesar del frío brutal que se filtraba por las paredes. Su cabello oscuro se pegaba a su piel, y sus labios estaban pálidos, demasiado pálidos.

El parto había sido largo. Demasiado.

-No... no es normal -murmuró una de las ayudantes, retrocediendo cuando la sangre volvió a manchar las telas.

Entonces, la puerta se abrió.

El viento entró como un animal salvaje antes de ser contenido por una figura envuelta en pieles oscuras. Eldra avanzó sin prisa, apoyándose en su bastón, con la mirada fija y penetrante. Sus ojos de distinto color recorrieron la escena en un instante, evaluando, midiendo, comprendiendo.

-Cierren la puerta -ordenó-. Y salgan.

-Pero-

-Ahora.

Nadie discutía a Eldra. No los guerreros. No el líder. No la muerte.

Cuando quedaron solos, Eldra se acercó al lecho. Sus manos, fuertes y nudosas, se apoyaron sobre el vientre de Lyrana. Cerró los ojos un segundo más de lo habitual.

Cuando los abrió, había algo distinto en su expresión.

-El niño está en peligro -dijo-. Y ella también.

Arkeon no se movió.

-Sálvalos.

No fue una súplica. Fue una orden. Una que escondía, bajo la dureza, una grieta invisible.

Lyrana soltó un gemido ahogado y buscó la mano de Arkeon. Él la tomó de inmediato, como si ese contacto fuera lo único que lo mantenía en pie.

-Escúchame -susurró ella, reuniendo fuerzas que no tenía-. Si tienes que elegir...

-No -la interrumpió.

Ella negó lentamente.

-Mírame.

Arkeon lo hizo.

Por un instante, la máscara del líder se resquebrajó apenas lo suficiente para que Lyrana viera el miedo. No el miedo a la muerte. El miedo a quedarse solo.

-Prométemelo -dijo ella-. Salva a nuestro hijo.

Eldra observaba en silencio.

-Él vivirá -continuó Lyrana-. Tiene que vivir. Tú lo guiarás. Será fuerte... será mejor que nosotros.

Su respiración se volvió más superficial.

-Quiero que lleve su nombre... -susurró-. Nyx. Porque nació en la noche... y sobrevivirá a ella.

Un grito atravesó la habitación.

El llanto de un recién nacido rompió el aire helado como una herida abierta.

Eldra lo sostuvo con firmeza, envolviéndolo en telas gruesas. El niño respiraba, pero débilmente. Su piel estaba fría. Demasiado fría.

-No -murmuró Eldra, cerrando los ojos-. No todavía.

La luna estaba alta cuando la curandera comenzó su trabajo. Ungüentos, palabras antiguas, energía contenida. El ritual no era vistoso, no era ceremonial. Era brutal y preciso, como todo lo que realmente importaba.

Arkeon observaba en silencio.

No preguntó.

No interrumpió.

Cuando Eldra finalmente se detuvo, el niño respiraba con más fuerza.

Pero Lyrana no.

-Lo siento -dijo Eldra, sin suavizar la verdad.

Arkeon no reaccionó de inmediato.

Se acercó al lecho. Tomó el rostro de Lyrana entre sus manos. Su frente tocó la de ella.

No lloró.

Los Thalyra no lloraban.

Pero algo se quebró en lo más profundo de su ser.

Cuando tomó al niño en brazos, lo hizo con rigidez. Nyx estaba vivo. Su hijo estaba vivo.

Y, en algún rincón oscuro e inconfesable de su mente, nació una emoción que jamás permitiría ver la luz.

Una sombra silenciosa.

Porque Lyrana estaba muerta.

Y Nyx había sobrevivido.

Eldra abandonó la vivienda del líder sin volver la vista atrás.

La muerte aún pesaba en el aire, espesa, invisible, como una capa que se adhería a la piel. Dentro quedaban Arkeon, su hijo recién nacido y el silencio obligatorio que imponía la filosofía Thalyra. Afuera, el viento arrastraba la nieve por los senderos estrechos, borrando huellas con una paciencia cruel.

Antes de cruzar el umbral, Eldra se detuvo.

-Arkeon.

El líder alzó la mirada. Su rostro era piedra. Sus ojos, sombra.

-El niño vivirá -dijo ella, sin suavizar la voz-. Pero lo que he hecho esta noche no queda saldado con gratitud.




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