POV: Nyra (Presente)
El olor de las hierbas secándose siempre me devolvía la calma, aunque ese día no funcionó del todo.
Las raíces de nethra crujían entre mis dedos mientras las cortaba en trozos iguales, tal como Eldra me había enseñado. Ni muy finos -para que no perdieran fuerza- ni demasiado gruesos -para que la cocción no se volviera inútil-. Ella decía que la herbolaria era un acto de paciencia, no de talento.
-Concéntrate -dijo sin mirarme-. Si tus pensamientos se adelantan a tus manos, las plantas lo sienten.
Asentí en silencio.
Nuestra casa estaba apartada del corazón del asentamiento, casi abrazada por la roca. El techo bajo retenía el calor del fuego, y las paredes oscuras guardaban más secretos de los que cualquiera imaginaría. Vivir con Eldra era habitar un espacio donde el mundo parecía respirar más despacio.
Ella se movía con la precisión de siempre. Sus manos, marcadas por los años y la luna, ordenaban frascos, colgaban ramilletes y avivaban el fuego sin desperdiciar un solo gesto. Nunca hacía nada de más. Nunca decía nada de más.
-Esta mezcla servirá para el invierno -continuó-. El frío será más severo este año.
-Siempre dices eso -murmuré.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro, breve, casi inexistente.
-Y siempre tengo razón.
Quise sonreír también, pero algo me lo impidió. Había notado su silencio desde el amanecer. No el habitual, cómodo y lleno de entendimiento, sino otro... más denso. Como si las palabras se le acumularan detrás de los ojos.
-¿Pasa algo? -pregunté al fin.
Eldra se detuvo. Solo un instante. El fuego chisporroteó, reclamando atención, pero ella no lo miró enseguida.
-Nada que no deba pasar -respondió.
Esa fue la primera señal de que mentía. Eldra no solía mentir; simplemente callaba. Cuando hablaba en rodeos, era porque el destino ya había tomado una decisión.
Volvió a moverse, aunque ahora sus pasos parecían más medidos. Guardó la mezcla de hierbas en un recipiente de piedra y lo selló con cera.
-Nyra -dijo entonces-. Debemos irnos preparando.
Levanté la vista.
-¿Para qué?
Sus ojos -uno claro como la luz lunar, el otro oscuro y profundo como la noche sin estrellas- se encontraron con los míos.
-El líder ha convocado al clan. Tiene un mensaje que dar.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. No supe por qué. Las convocatorias no eran raras, pero algo en su tono... algo en la manera en que evitó mirarme después, me hizo sentir pequeña otra vez. Como la niña que observaba desde lejos, aprendiendo a no esperar demasiado.
-Está bien -dije, limpiándome las manos-. Déjame cambiarme.
Eldra asintió, pero cuando me giré para ir a la habitación, sentí su mano detenerme con suavidad. No era un gesto común en ella.
-Pase lo que pase -dijo en voz baja-, recuerda esto: sobrevivir también es una forma de fortaleza.
La miré, confundida.
-Siempre sobrevivo -respondí.
Esta vez sí sonrió, pero había tristeza en ese gesto.
-Lo sé.
Salimos juntas al aire frío. La montaña nos recibió con su silencio eterno, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo -invisible, inevitable- comenzaba a moverse bajo mis pies.
Como si la luna, allá arriba, ya supiera lo que yo todavía no.
El silencio se asentó como una capa de escarcha sobre la manada.
Nadie se movía. Nadie respiraba de más. En Thalyra, incluso el cuerpo aprendía a callar cuando el líder estaba a punto de hablar.
-Ha llegado el momento de asegurar el futuro de Thalyra.
Un murmullo contenido recorrió al clan, más un desplazamiento de miradas que de voces. Nyra sintió cómo algo se tensaba en su pecho, una intuición incómoda, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
Nyx no reaccionó. Permaneció erguido, inmóvil, con la mirada fija al frente. Ya sabía que las decisiones importantes nunca eran personales. Siempre eran del clan.
-Las alianzas no solo se forjan con sangre y fuerza -continuó Arkeon-. También con promesas antiguas.
El frío que recorrió la espalda de Nyra no tuvo nada que ver con el clima. Fue un presentimiento oscuro, un eco que no supo nombrar.
Arkeon giró apenas el rostro, lo suficiente para mirar a su hijo.
-Nyx, cuando naciste, tu vida pendía de un hilo. Fuiste salvado por Eldra. Ese acto tuvo un precio.
El silencio se volvió insoportable.
Nyx no respondió, pero sus dedos se cerraron lentamente contra la palma de su mano, hasta que los nudillos palidecieron. No miró a su padre. Tampoco a Eldra. Mirar era aceptar, y todavía no estaba dispuesto a hacerlo.
-Como líder -prosiguió Arkeon-, acepté una condición. Cuando llegara el momento, serías unido en vínculo a la niña que ella protegió.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Nyra sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies. No retrocedió. No cayó. Pero algo dentro de ella perdió equilibrio.
Nyx giró el rostro de golpe.
El movimiento fue seco, controlado, como si cada músculo hubiera sido entrenado para no traicionarlo.
La miró.
Por primera vez en años, realmente la miró.
No era la mirada distante del niño que la ignoraba ni la indiferencia calculada del adolescente que había aprendido a no verla. Era la de un hombre que acababa de comprender el origen de su encierro.
Y lo que había en sus ojos no era sorpresa.
Era comprensión tardía.
Y algo más oscuro.
-¿Ella? -preguntó, con voz baja, peligrosa.
Arkeon no desvió la mirada.
-Nyra será tu pareja.
El clan estalló en murmullos. Algunos de indignación abierta. Otros de incredulidad. Otros cargados de un rechazo que Nyra conocía demasiado bien. Sintió las miradas clavarse en su espalda, en su nuca, en su existencia entera.
Nyx dio un paso adelante.
-No -dijo.
No gritó. No perdió el control. Su voz no tembló.
Pero el aire alrededor pareció tensarse, como una cuerda a punto de romperse.