Nyx

Lo que nunca fue elección

POV: Nyx

El clan aún murmuraba cuando me alejé.
No corrí. No bajé la cabeza. No aceleré el paso.

Un Thalyra no huye, incluso cuando todo en su interior se desmorona.

El frío mordía con fuerza en lo alto de las montañas de hielo, pero apenas lo sentía. Había un frío distinto, más profundo, instalado bajo la piel, en el centro del pecho, donde las marcas lunares parecían latir con un pulso propio.

Marcas.

Siempre dijeron que eran un honor.

Un signo de elección.

Esta noche entendí que también podían ser un grillete.

Me detuve en uno de los senderos altos, donde la roca se abría hacia el vacío. Desde allí podía ver las luces apagadas del asentamiento Thalyra: casas bajas, ocultas entre piedra y sombra, como si el clan entero existiera solo a medias, respirando en silencio para no ser visto.

Así debía ser un Cazador Nocturno.

Invisible. Controlado. Imperturbable.

Yo también debía serlo.

Respiré hondo, despacio, como me habían enseñado desde niño. Inhalar. Contener. Exhalar. Cada emoción debía pasar por ese filtro antes de existir.

Pero esta vez no funcionaba.

La imagen regresó sin permiso: el círculo del clan, las miradas clavadas en mí, el murmullo recorriendo la manada como un animal inquieto. Y luego ella.

Nyra.

De pie, inmóvil, con el rostro pálido, como si el mundo se hubiera desplazado un paso y ella hubiera quedado atrás.

No había gritado. No había suplicado. No había hecho nada que facilitara odiarla.

Eso era lo peor.

Mis manos se cerraron lentamente a los costados.

El compromiso no era una sorpresa. No del todo. Siempre supe que mi vida no me pertenecía. Un futuro alfa no elige: acepta. Cumple. Se somete a la voluntad del clan y a la de la diosa Luna.

Lo que no supe… fue el precio exacto.

Sentí las miradas otra vez. No de aprobación. No de respeto.

De evaluación.

Había sido expuesto.

No como líder en formación, sino como deuda viva. Como recordatorio de una promesa hecha antes incluso de que yo pudiera respirar por mí mismo.

Las marcas lunares ardieron, un calor plateado extendiéndose desde el cuello hasta el pecho. Bajo la luz de la luna siempre brillaban con intensidad, como si Thyra reclamara lo que era suyo.

Antes, ese brillo me había dado dirección.

Ahora me pesaba.

Arkeon no estaba conmigo, pero su presencia era imposible de ignorar. Era como el frío mismo: constante, firme, ineludible. Su voz aún resonaba en mi cabeza, seca, definitiva. Palabras que no dejaban espacio para la réplica.

Las decisiones importantes nunca eran personales.

Cerré los ojos un instante.

Desde niño aprendí a controlar cada gesto, cada pensamiento. A no desear lo que no podía tener. A no preguntar por qué.

Y aun así, esta noche algo se había resquebrajado.

No por el clan.

No por el liderazgo.

Sino porque, frente a todos, me arrebataron la única elección que un Thalyra debería conservar como sagrada: decidir a quién permitirle caminar a su lado.

Abrí los ojos.

La luna estaba alta, fría, perfecta.

Y por primera vez, no sentí devoción al mirarla.

Sentí distancia.

Sabía que Arkeon vendría.
Siempre lo hacía.

Y no necesité girarme para saber que estaba allí.

El aire cambió. No de temperatura, sino de peso.

Arkeon siempre llegaba así: sin prisa, sin ruido, como si el mundo tuviera que acomodarse a su presencia.

—Te apartaste antes de que terminara la reunión.

Su voz fue firme, neutra. No era un reproche. Era una observación.

Mantuve la vista fija en el horizonte de hielo.

—El anuncio ya había sido dado.

Silencio.

Pude sentirlo a mi espalda, erguido, inmóvil, con las manos seguramente cruzadas detrás de la espalda como siempre hacía cuando evaluaba una pieza antes de moverla.

—Mostraste debilidad —dijo.

La palabra no fue alzada. No fue cargada de emoción.
Fue exacta. Pulida. Irrefutable.

Mis dedos se tensaron apenas, pero no me volví.

—No levanté la voz —respondí—. No desafié tu autoridad. No alteré el orden del clan.

—Aun así, fallaste.

Esa vez sí me giré.

Arkeon estaba a pocos pasos, su figura recortada contra la luna. Su rostro no mostraba enojo. Ni decepción. Solo esa serenidad dura que siempre había confundido con fortaleza.

—Permitiste que lo personal se filtrara —continuó—. Frente a todos.

—Lo personal fue impuesto —dije, midiendo cada sílaba—. Y aun así, me mantuve dentro del rol que se espera de mí.

Su mirada se clavó en la mía, fría, penetrante.

—Un futuro líder no se limita a cumplir —replicó—. Anticipa. Contiene. Neutraliza.
Cada palabra era una corrección. No un diálogo.

—La manada observaba —añadió—. Y vio vacilación.

Sentí las marcas lunares arder de nuevo, como si reaccionaran a su juicio.

—Vieron un Thalyra obedecer —respondí—. Incluso cuando la decisión lo atravesaba.

Arkeon dio un paso más cerca.

—Vieron a un hijo recordar que no eligió su destino.

La frase cayó como un golpe seco.

Por un instante, pensé que diría algo más. Que suavizaría el tono. Que, al menos una vez, hablaría como padre.

No lo hizo.

—Tu deber está por encima de cualquier incomodidad —sentenció—. Eso te lo enseñé desde niño.

Asentí lentamente.

Eso era cierto.

—Entonces no confundas control con debilidad —dije—. Me contuve porque era lo correcto.

Sus ojos se entrecerraron apenas. Un gesto mínimo, casi imperceptible.

—El control no se nota —respondió—. Se asume.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, tenso, contenido, como una cuerda estirada al límite sin romperse todavía.

Parecía una conversación medida.
Demasiado correcta.
Demasiado limpia.

Y ambos sabíamos que, debajo de esa superficie, algo estaba esperando estallar.

El silencio se alargó demasiado.




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