POV: Nyra
Habían pasado varios días desde el anuncio del líder, y aun así, en la cabaña de Eldra, el mundo parecía empeñado en fingir que nada había cambiado.
Yo también.
El olor de las raíces hervidas se impregnaba en el aire antes incluso de que el agua comenzara a temblar dentro del cuenco de piedra. Era un aroma áspero, amargo, que se quedaba en la garganta si respiraba demasiado hondo. Me aferré a él como a una excusa: mientras trabajara, mientras siguiera haciendo lo que siempre había hecho, lo demás podía esperar.
—No las cortes tan finas —dijo Eldra sin mirarme—. Si se disuelven demasiado rápido, pierden fuerza.
Obedecí en silencio, ajustando la presión del cuchillo contra la raíz oscura. Mis dedos ya sabían cuánto apretar, dónde detenerse. Aun así, cada corrección suya se sentía como una prueba. Siempre lo era.
La cabaña estaba en penumbra, como casi todo en Thalyra. La luz apenas se filtraba por la abertura estrecha entre las piedras, reflejándose en los frascos alineados contra la pared: vidrio opaco, hueso pulido, pequeños recipientes sellados con cera. Cada uno guardaba algo que podía salvar o condenar a alguien, dependiendo de quién lo usara.
Eldra se movía con la precisión de siempre. Alta, encorvada apenas por los años, sus manos nudosas no temblaban cuando machacaba las hierbas en el mortero. Sus ojos —uno verde oscuro, el otro gris azulado— parecían no perder detalle, aunque jamás daban la sensación de observarte de verdad. Como si miraran siempre un poco más allá.
—Puedes retrasarlo —dijo de pronto, con voz neutra—. Pero no evitarlo.
Mis dedos se tensaron apenas.
—No estoy retrasando nada —respondí, sin levantar la vista.
Eldra no replicó de inmediato.
—La unión va a ocurrir —continuó—. Hoy, mañana o cuando el clan decida que ya esperó lo suficiente.
Seguí cortando las raíces, concentrada en no cometer errores.
—Mientras tanto —añadí—, hay ungüentos que preparar. Personas que se lastiman. Cosas que sí puedo hacer.
Ella dejó el mortero a un lado y me observó entonces. No con dureza. Tampoco con compasión abierta.
—Eso es lo que te mantiene en pie —dijo—. Pero no confundas estabilidad con negación.
No respondí.
Volvimos a la rutina. Yo removía la mezcla con una vara de hueso; ella añadía gotas medidas de un líquido espeso, oscuro como la noche sin luna. Afuera, el viento golpeaba contra la roca, colándose por cada rendija. Era un sonido familiar, constante. Sin embargo, esa mañana se sentía distinto. Más cargado. Más atento.
—¿Has notado algo raro? —pregunté sin pensarlo, mientras colocaba las raíces cortadas en el cuenco.
Eldra no respondió de inmediato.
El silencio se alargó lo suficiente como para incomodarme.
—La manada está inquieta —dijo al fin—. Cuando el silencio cambia, es porque algo se mueve debajo.
No explicó más. Nunca lo hacía.
Seguimos trabajando cuando el sonido llegó.
No fue un grito ni un cuerno. Fue peor: un pulso grave, profundo, que vibró en la piedra misma de la cabaña. Tres golpes espaciados, firmes. El llamado del líder.
Mi mano se detuvo sobre el cuenco.
Afuera, el viento pareció retirarse por un instante, como si incluso la montaña escuchara.
Eldra fue la primera en moverse. Limpió sus manos con un paño áspero, con gestos medidos, demasiado controlados. No dijo nada, pero su espalda estaba más rígida que antes.
—Nos llaman —murmuré, aunque no hacía falta decirlo.
Ella asintió apenas.
—No nos hagamos esperar.
Salimos de la cabaña y el aire frío me golpeó el rostro. El cielo estaba cubierto, grisáceo, sin luna visible. A lo lejos, las sombras comenzaban a desplazarse: miembros del clan saliendo de sus refugios, cerrando capas, ajustando armas, siguiendo el mismo impulso silencioso.
Nadie hablaba demasiado.
Caminé junto a Eldra, pero sentía la distancia igual. No física. Algo más profundo. Como si ya no compartiéramos exactamente el mismo lugar, aunque nuestros pasos coincidieran.
A medida que nos acercábamos al claro central, la sensación se intensificaba. Miradas que se deslizaban hacia mí y se apartaban rápido. Otras que no disimulaban. Murmullos bajos, interrumpidos al pasar.
No había ocurrido nada todavía.
Y aun así, ya me sentía fuera de sitio.
El círculo de piedra comenzaba a formarse. Hombres y mujeres ocupaban sus lugares sin indicaciones, como si el cuerpo supiera dónde debía estar. Yo me detuve un segundo, dudando, hasta que Eldra apoyó brevemente su mano en mi antebrazo.
—Aquí —dijo, señalando un punto cercano al borde.
No era el centro. Nunca lo era.
Nos colocamos allí. Eldra cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la mirada. Más callada que de costumbre. Más cerrada. Su silencio pesaba más que cualquier advertencia.
Busqué algo conocido para anclarme: el sonido de las pisadas sobre la grava, el olor de la tierra húmeda, el roce de las capas. Respiré hondo.
Fue entonces cuando lo sentí.
No lo vi aún, pero su presencia atravesó el claro como una línea tensa.
Nyx.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Los hombros se me tensaron, el pulso se aceleró apenas. Cinco años sin mirarlo de frente no habían sido suficientes para borrar esa sensación.
Apreté los dedos contra la tela de mi túnica.
Todavía no había palabras.
Todavía no había condena.
Solo ese silencio expectante, cargado, en el que todos parecían saber que algo estaba por caer…
y yo, una vez más, no sabía si tenía un lugar donde resguardarme cuando eso ocurriera.
El silencio terminó cuando Arkeon dio un paso al frente.
No levantó la voz. No lo necesitó. Su presencia bastó para que el murmullo final se extinguiera por completo. El claro quedó inmóvil, expectante, como si todos contuvieran el aliento al mismo tiempo.
—Ha llegado el momento —dijo— de preparar el Ritual de Unión.