POV: Nyx
El día después del anuncio no trajo claridad. Trajo peso.
Nyx ajustó las correas de cuero sobre su antebrazo izquierdo con movimientos mecánicos, precisos, como si el cuerpo recordara una rutina que la mente se resistía a aceptar. El metal frío de la hoja descansaba contra su costado; no era un arma nueva, tampoco especial. Era la misma que había usado desde que tuvo edad para cazar, desde que el deber empezó a moldearle los huesos antes que las decisiones.
Afuera, la montaña respiraba despacio.
El aire era denso, cortante, cargado de escarcha. Las cumbres de hielo se alzaban como sombras inmóviles contra un cielo aún oscuro, donde la luz tardaba en llegar. En lo más alto de las montañas de Elerys, el día siempre parecía una concesión mínima, casi un error. El frío no se iba nunca del todo. Se infiltraba en la piedra, en la piel, en el pensamiento.
Nyx salió de la vivienda sin mirar atrás.
No necesitaba despedidas. Nadie las esperaba.
El sendero descendía entre rocas afiladas y grietas profundas, un entramado que los Thalyra conocían desde la infancia. Allí habían aprendido a caminar sin dejar huella, a respirar sin ruido, a observar antes de existir. El silencio es fuerza. La frase no era un lema: era una condena aprendida.
Esta caza no era distinta a las otras.
Y, sin embargo, lo era en todo.
No cazaba por alimento. No cazaba por necesidad inmediata. Cazaba porque el ritual había comenzado, porque el clan observaba incluso cuando no estaba presente, porque cada paso que diera desde ese momento sería leído como una prueba.
Dominio.
Autocontrol.
Liderazgo.
Las palabras se le acumulaban en el pecho como piedras.
Las marcas lunares descendían desde su cuello hasta el centro del torso, ocultas bajo la ropa gruesa, pero presentes como una presión constante. No brillaban a la luz del día, pero Nyx las sentía igual. No como orgullo. Nunca como orgullo. Eran una carga grabada en la piel, un recordatorio de lo que debía ser, no de lo que era.
Pensó en el ritual.
En la unión.
En lo irreversible.
Nyra apareció en su mente sin permiso, como lo hacía siempre desde la noche del anuncio. No como un rostro concreto, sino como una idea impuesta, un vínculo sellado antes de que pudiera elegir. No la pensó con deseo ni con curiosidad. La pensó como se piensa una frontera: algo que limita, que encierra, que define sin preguntar.
Una carga.
El viento descendió entre los acantilados y le golpeó el rostro. Nyx apretó la mandíbula, ajustó el paso. El frío era conocido. El entorno no le exigía explicaciones. La montaña no pedía emociones, solo resistencia.
Pensó en su padre.
En Arkeon de pie frente al clan, voz firme, mirada impenetrable. En la manera en que había pronunciado el anuncio como si se tratara de una ley natural, no de una decisión que quebraba algo. En cómo el deber siempre se imponía antes que cualquier otra cosa. Antes que el afecto. Antes que la elección.
Antes que él.
Nyx respiró hondo, dejando que el aire helado le quemara los pulmones. Necesitaba eso. El dolor físico era más fácil de ordenar que el ruido interno.
Porque algo estaba fallando.
Lo sentía en la rigidez de los hombros, en la tensión constante de las manos, en la forma en que los pensamientos ya no obedecían con la precisión de antes. El control —su control— se deslizaba lentamente, como nieve suelta sobre piedra.
Y no podía permitirse perderlo ahora.
Esta caza no era una simple prueba ritual. Era un mensaje. Para el clan. Para su padre. Para sí mismo. Si fallaba, no solo pondría en duda su fuerza. Pondría en duda su derecho a liderar. Pondría en duda que fuera digno de las marcas que llevaba.
Nyx se internó más en la montaña, dejando atrás las viviendas ocultas entre la roca. La noche empezaba a retirarse, pero la oscuridad seguía siendo densa entre los picos.
No había marcha atrás.
El ritual estaba en marcha.
Y con él, la grieta que ya no podía ignorar.
La montaña se cerraba a su alrededor a medida que avanzaba. El sendero se volvía más angosto, más abrupto, y el viento comenzaba a soplar con una constancia molesta, levantando partículas de nieve que arañaban la piel expuesta. Nyx redujo el paso, no por cansancio, sino por cálculo. La caza exigía silencio, lectura del terreno, paciencia.
Fue entonces cuando escuchó pasos detrás de él.
No se volvió de inmediato. No hizo falta.
—Si ibas a desaparecer sin decir nada, podrías haberlo hecho mejor —dijo una voz conocida, con ese tono entre burlón y despreocupado que no intentaba ocultar del todo la preocupación—. Dejaste huellas demasiado obvias.
Nyx exhaló despacio.
—No te pedí que vinieras.
Kael apareció a su lado, ajustándose la capa oscura sobre los hombros. Era apenas más bajo que Nyx, de complexión fuerte pero menos imponente, con una forma de moverse más relajada, como si la montaña no fuera una amenaza constante sino un viejo conocido con el que se podía negociar.
—Lo sé —respondió—. Por eso vine.
Siguieron caminando juntos, sin mirarse demasiado. El crujido de la nieve bajo las botas marcaba un ritmo irregular, interrumpido por ráfagas de viento. Kael observaba el terreno con atención, aunque no con la rigidez de un ritual. Para él, la caza seguía siendo caza, no una sentencia.
—Elegiste mal día para hacerlo solo —añadió Kael al cabo de un momento—. El clima está cambiando.
Nyx no respondió de inmediato. Ajustó la empuñadura del arma, dejó que la mirada recorriera la pendiente que se abría más adelante.
—No importa —dijo al fin—. Tenía que hacerlo hoy.
Kael ladeó la cabeza, estudiándolo.
—Claro. Tenías.
El énfasis no pasó desapercibido.
Caminaron unos metros más en silencio. El terreno comenzaba a mostrar rastros: marcas recientes, apenas visibles para alguien que no hubiera crecido allí. Kael las señaló con un gesto breve.