Capítulo 23
Kai
El sol de la mañana se filtraba suave por las cortinas de la sala. Timi estaba hecho un ovillo sobre el sofá.
—Hoy te quedas cuidando la casa, bebé —le dijo en voz baja.
Noah entrelazó sus dedos con los míos y salimos hacia El Rincón del Expresso. Me decidí que hoy lo acompañaría. Cuando llegamos, abrí la puerta y el olor a café nos envolvió como un abrazo viejo.
—Hogar dulce hogar —dijo Noah, girando sobre sus talones
—Este lugar huele a ti —le susurré y rodeando su cintura por detrás.
—Espero que eso sea bueno —bromeó, dándome un codazo suave.
Sacamos las cajas de productos de limpieza. Y su playlist favorita que llenó el local con música suave y alegre. Noah empezó por las vitrinas, limpiando cada estante con movimientos casi hipnóticos.
—Kai, no vale barrerme los pies, ¿eh? No quiero que me barras de tu vida —dijo, alzando una ceja en tono burlón.
—Imposible barrer algo que es parte de mío —le respondí besándolo.
Limpiábamos y reíamos. En un momento, Noah resbaló un poco en el suelo mojado, y yo, reflejo puro, lo sostuve entre mis brazos. Un coqueteo interno.
—¿Listo para abrir, amor? —le pregunté, y él se acercó a mí.
—Listo… pero necesito mi beso de la suerte.
No tuvo que pedírselo dos veces. Le tomé de la cintura y lo besé con calma.
Cuando giré el cartel de "Cerrado" a "Abierto". No pasó mucho antes de que los primeros clientes comenzaran a llegar.
—Buenos días, bienvenidos al Rincón del Expresso —saludaba Noah, desde la barra, mientras yo servía cafés.
—Me acerqué a la barra—. Amor parece que tienes competencia, todos me piden mi número.
—¿Y?... ¿Te interesa alguno?
—Sí, el dueño del lugar,
Al mediodía, tomé de la mano de Noah y le llevé a la mesa que me senté la primera vez que vine.
—Reservé esta mesa para nosotros. Amor, cuando termine esta semana, quiero que planeemos nuestro primer viaje. Solo tú y yo. Quiero verte caminar por calles nuevas, probar dulces que no conozcas, y robarte besos en cada esquina.
—Kai… ¿y tu trabajo?
—Mi trabajo siempre estará allí, pero tú… tú eres mi prioridad. Quiero darte un pedacito del mundo, aunque sea solo un fin de semana.
—Entonces hagámoslo, mafioso. Viajemos —Noah se levantó, se acercó a mí y, sin importarle si había clientes mirando, me besó.