ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 24

Capítulo 24

Kai

Esa mañana se sintió… pesada. No por cansancio, no por trabajo. Era porque no quería separarme de Noah, había mañanas en las que me costaba levantarme porque quería quedarme atrapado en su abrazo.

Pero el deber llamaba. Otra vez.

Estaba dándole vueltas a esa idea cuando sentí unos pequeños saltos en la cama.

—Timi… no, no ahora… —murmuré, pero él no me hizo caso.

El cachorro, como si entendiera la importancia de la misión, se abalanzó sobre Noah, dándole pequeños lametones en la cara.

—Timi… para… —gruñó Noah con pucheros—. No es justo… es muy temprano…

Me reí en voz baja y me levanté, dejando que ellos dos siguieran su guerra mientras me metía a la ducha. El agua caliente me despejaba, pero nada me despertaba tanto como saber que, al bajar, encontraría a Noah en la cocina.

Nuestra pequeña rutina de pareja.

Cuando bajé, la mesa ya estaba puesta. Dos tazas de café humeando, un par de tostadas con mermelada, y Noah, sentado con su sonrisa más hermosa, la que es más dulce que podía porque aún tiene rastros de sueño en los ojos. Timi estaba a su lado, con la mirada fija en su porción, como si supiera que le tocaba un pedazo de pan por buen comportamiento.

—Buenos días, cariño. ¿Cómo dormiste? —me preguntó Noah, cruzando las piernas bajo la mesa.

—Bien… hasta que recordé que tengo que ir a trabajar —respondí con un suspiro dramático, ganándome su puchero más adorable.

No resistí. Me incliné y lo besé en ese puchero como si con eso pudiera arrancarle la molestia.

—Sabes, amor… hoy trataré de volver antes —le prometí, acariciando su mejilla.

Desayunamos entre risas, hablando de cualquier tontería, como siempre. Noah me contó un sueño absurdo donde dinosaurios voladores destruían la ciudad desde el cielo.

—Noah, de verdad tienes que dejar de ver esas cosas antes de dormir —me burlé, mientras le pasaba la mermelada.

—¡No!

Terminamos de desayunar así, entre carcajadas, y yo deseé con todas mis fuerzas que el reloj se detuviera. Pero no. El deber llamaba, y yo ya estaba en la entrada, poniéndome los zapatos.

Timi y Noah estaban ahí, como cada mañana, en esa especie de ritual que se había vuelto sagrado.

Me agaché, rascándole la cabeza a Timi.

—Pórtate bien con mamá —le dije en broma al cachorro.

Noah sonrió entre nuestro beso, al final me despidió con esos ojos que decían: “vete ya, pero vuelve pronto”. Así que me fui. Pero me prometí volver antes. No solo se lo había prometido a él. Me lo había prometido a mí mismo.

Pero el trabajo… el trabajo no perdona. Mi oficina era la misma de siempre. La rutina también. Revisar si los deudores ya habían hecho el pago, si no, mandar a mis hombres a buscarlos. Pero hoy, justo hoy, uno de ellos no había entendido las reglas.

Lo trajeron, medio temblando, murmurando excusas que ya conocía.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre un deudor inteligente y uno tonto? —le pregunté, cruzándome de brazos.

Él no respondió.

—El deudor inteligente paga a tiempo. El deudor tonto… vende sus órganos. Y si no son suficientes, los de su familia también.

Se quedó pálido.

—Pero no te preocupes, tengo buenos contactos en el mercado negro. Sabes, los riñones son más caros de lo que piensas.

Le di la oportunidad de pagar, claro. Siempre doy una oportunidad. Pero la advertencia quedó clara.

Como le había prometido a Noah, solucioné rápido para desocuparme rápido. Y salí de la oficina temprano.

Quería llegar a casa, pero… el destino tenía otros planes. Cuando llegué al estacionamiento, escuché unos maullidos.

Maullidos pequeños, débiles.

Seguí el sonido hasta un callejón, y ahí estaban: tres cachorros, acurrucados junto al cuerpo de su madre. Maullaban en voz baja, mientras ellos solo… se aferraban a ella. Mi corazón se apretó. No solo era una escena cruel, también. Era una escena triste, pero también de supervivencia.

No lo dudé. Busqué una caja que había cerca, la acomodé con la tela de mi chaqueta, y coloqué a los gatitos dentro. Se acurrucaron, temblando. Subí la caja al auto y los llevé directo a la veterinaria. Por suerte, estaban bien. Solo necesitaban calor, comida, y alguien que los cuidara.

Sin querer, cayó la noche. Maldije en silencio. No le dejé un mensaje, Noah estaría preocupado. Pero cuando algo en mí decía que debía hacer algo… no podía ignorarlo.

Así que, con la caja en brazos, crucé la puerta de casa.

Allí estaban.

Noah y Timi, esperándome. Pero esta vez no con sonrisas. Me miraban mal. Incluso Timi parecía saber que había llegado más tarde de lo normal.

—¿Dónde estabas? —preguntó Noah, cruzado de brazos, con ese tono que, aunque serio, no podía ocultar la preocupación.




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